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Mi nuera me dio una bofetada en mi propio porche. Diez horas después, hice temblar su imperio.
Capítulo 3 / 5

Capítulo 3

La verdadera Elena Salazar

932 palabras

A las cuatro de la tarde fui a la estación de policía a presentar la denuncia por la bofetada.

Renata no apareció, pero Santiago sí. Se sentó en la sala de espera con los hombros hundidos.

—No debiste venir —le dije.

—Necesitaba verte.

—Ya me viste.

—Mamá, yo no sabía lo de la casa en Monterrey.

—Pero sí sabías lo de la cuenta de Esteban.

—Te juro que no.

—¿Por qué no me dijiste que Renata me estaba investigando?

—Porque tenía miedo.

—Siempre tienes miedo cuando necesitas hacer lo correcto.

Le di la espalda.

—Si quieres ayudarme, dime dónde está ella.

—No lo sé.

—¿Dónde está tu hermana Claudia?

Santiago tragó saliva.

—En Monterrey.

—¿Vive en esa casa?

—No.

—¿Quién vive ahí?

Su rostro perdió el color.

—No puede ser.

—¿Qué?

—Elena.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

—¿Quién es Elena?

Santiago miró hacia los policías, luego bajó la voz.

—La hija de Renata.

—Renata no tiene una hija.

—Eso es lo que te dijo.

El corazón comenzó a

golpearme con fuerza.

—Santiago, habla claro.

—Renata tuvo una hija antes de conocerme. Siempre dijo que la niña murió al nacer. Yo nunca vi un acta, nunca vi un certificado. Cuando descubrí la casa, le pregunté. Me dijo que sólo era una maniobra financiera.

—¿Y tú le creíste?

—Quería creerle.

—¿Dónde está esa niña?

Santiago abrió la boca, pero no alcanzó a responder.

Un hombre vestido de gris apareció en la entrada de la estación. Era alto, de unos cincuenta años, con barba corta y una cicatriz que le cruzaba la ceja.

—¿Beatriz Salazar?

—Sí.

—Soy Arturo Valdés.

Mauricio, que se encontraba a unos metros hablando con un agente, se volvió.

Arturo sacó una identificación.

—Soy investigador privado. Trabajé para su esposo.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Tomás Valdés murió.

—Mi padre murió. Yo heredé sus archivos.

—¿Por qué me buscó hasta ahora?

Arturo miró a Santiago.

—Porque él

no debía enterarse.

Santiago se puso de pie.

—¿Enterarse de qué?

Arturo abrió un sobre manila y me entregó una fotografía.

En ella aparecía Esteban, muchos años más joven, cargando a una bebé envuelta en una cobija blanca.

A su lado estaba una mujer que no reconocí.

Y detrás de ellos, escrito a mano, había una fecha: **12 de febrero de 1998**.

Yo tenía treinta y nueve años en esa época. Santiago tenía diecisiete.

—¿Quién es esa mujer? —pregunté.

—Se llamaba Mariana Ríos —dijo Arturo—. Era socia de Esteban en un proyecto de vivienda. También era la madre biológica de Renata.

Sentí un zumbido en los oídos.

—Eso no tiene sentido.

—Mariana murió en un accidente poco después del nacimiento de la niña. Pero antes de morir le pidió a Esteban que protegiera a su hija.

Santiago observaba la fotografía sin respirar.

—¿Renata es la bebé?

Arturo negó lentamente.

—No.

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el tráfico de la avenida.

—Renata no es la bebé —continuó—. Renata era la hermana mayor de Mariana. La bebé se llamaba Elena.

Miré la fotografía otra vez.

—¿Entonces dónde está Elena?

Arturo sostuvo mi mirada.

—En la casa de Monterrey.

Me quedé sin palabras.

Mauricio se acercó.

—Explíquese.

Arturo sacó más documentos.

—Esteban descubrió que Mariana había sido asesinada. No murió en un accidente. La empujaron desde un puente. La investigación apuntaba a una red de lavado de dinero que utilizaba proyectos de vivienda para mover capital. Renata estaba involucrada. Era joven, pero ya trabajaba para ellos.

—¿Renata mató a su hermana?

—No directamente. Pero entregó información sobre sus movimientos.

—¿Y la bebé?

—Esteban la sacó del país por un tiempo y luego la registró con otro nombre. Quería evitar que la red la encontrara. La niña creció bajo la protección de una familia en Querétaro.

Santiago se llevó una mano a la boca.

—¿Cómo se llama ahora?

Arturo miró a Mauricio.

—Elena Salazar.

Mi nombre.

—¿Por qué lleva mi apellido?

—Porque Esteban la registró como su hija.

Me tambaleé. Mauricio me sostuvo del brazo.

—¿Esteban tuvo otra hija? —pregunté.

—No —dijo Arturo—. Pero quería que, si alguna vez la encontraban, tuviera una familia legal. La niña es hija de Mariana y de un hombre que murió antes de que naciera.

—¿Por qué nunca me dijo?

Arturo sacó una carta doblada.

—Porque creyó que la estaban vigilando. Pensaba que, si usted sabía demasiado, también estaría en peligro.

Abrí la carta con manos temblorosas. Reconocí la letra de Esteban.

**“Beatriz: si estás leyendo esto, significa que ya no pude explicarte nada. Elena no es una intrusa ni una obligación. Es la niña que juré proteger. Algún día sabrás por qué escogí tu nombre. Confío en que la amarás como me amaste a mí.”**

Las lágrimas que había contenido desde la bofetada finalmente cayeron.

Santiago leyó por encima de mi hombro.

—¿Por qué Renata está buscando a Elena?

Arturo respondió:

—Porque Elena heredó algo mucho más importante que una casa.

Mauricio revisó los documentos.

—¿La cuenta suiza?

Arturo asintió.

—La cuenta pertenece a una estructura de fideicomisos creada por Esteban y Mariana. Hay casi **diecisiete millones de dólares**. El dinero proviene de proyectos legales, no de lavado. Esteban lo protegió durante años para que quedara a nombre de Elena cuando cumpliera veinticinco.

—¿Cuántos años tiene?

—Veinticuatro.

Sentí que todo encajaba de pronto. Renata había vendido la casa, vaciado el dinero y comprado otra propiedad a mi nombre para crear una cadena de documentos. Quería localizar a Elena y tomar control del fideicomiso antes de que cumpliera veinticinco.

—¿Dónde está Renata ahora? —pregunté.

Arturo sacó su celular.

—En Monterrey. Con Claudia. Y no están solas.

Capítulo completado

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