**Defendió a un anciano humillado en el vestíbulo y perdió su oportunidad, sin saber que acababa de salvar al dueño de la empresa**
PARTE 1 — La mujer que perdió una oportunidad por defender a un anciano
—Si vuelve a empujarlo, primero tendrá que pasar sobre mí.
El enorme vestíbulo de cristal de Grupo Santillán, en Santa Fe, quedó completamente en silencio.
Renata Cruz sostenía del brazo a un anciano que acababa de perder el equilibrio. Su carpeta de diseños estaba tirada sobre el brillante piso de mármol, pero ella ni siquiera pensó en recogerla. Lo único que le importaba era que aquel hombre no terminara en el suelo.
Frente a ella, Patricia Ledesma, directora de comunicación corporativa, la observaba con una expresión de incredulidad. No estaba acostumbrada a que alguien se atreviera a cuestionarla.
—¿Sabe con quién está hablando? —preguntó Patricia con una sonrisa fría.
Renata miró al hombre mayor que todavía sostenía su bastón con dificultad.
—No. Pero sí vi que empujó a un señor porque caminaba lento.
El anciano bajó la mirada y apretó su bastón.
—Estoy bien, hija.
Renata negó con la cabeza.
—Pudo haberse lastimado.
Patricia soltó una pequeña risa llena de
desprecio.
—¿Trabaja aquí?
Renata tragó saliva antes de responder.
—Vengo a una entrevista para el área de diseño de empaques.
Durante unos segundos, Patricia miró la carpeta que Renata llevaba en las manos. Después sonrió como si acabara de encontrar la forma perfecta de castigarla.
—Entonces ya no tiene nada que hacer en esta empresa.
Las palabras golpearon a Renata más fuerte de lo que quería admitir.
Necesitaba ese empleo.
Vivía en Iztapalapa con su abuela Elena, la mujer que la había criado desde que perdió a sus padres. Un año antes, la salud de doña Elena se había deteriorado y necesitaba una cirugía cardíaca que el seguro no cubría completamente.
Sin ahorros suficientes y sin familiares dispuestos a ayudar, Renata había aceptado una propuesta que parecía sacada de una novela.
Casarse durante un año con un desconocido.
El acuerdo era simple: ella recibiría dinero para pagar la operación de
su abuela y él conseguiría que su abuelo aceptara someterse a una cirugía.
Don Alfonso Santillán, fundador de Grupo Santillán, se negaba a entrar al quirófano hasta ver casado a su único nieto.
La ceremonia civil duró menos de veinte minutos.
Renata firmó usando su segundo nombre, Lucía.
El hombre que llegó con cubrebocas desde otra clínica se presentó como Alejandro.
Él la llamaba Lucía.
Ella lo llamaba Alejandro.
Nunca llegaron a vivir juntos ni a conocerse realmente. Solo hablaban por teléfono para preguntar por la salud de sus respectivos abuelos.
En tres semanas, el contrato terminaría y ambos podrían seguir sus vidas.
Pero esa mañana, Renata estaba a punto de perder su única oportunidad laboral por defender a un desconocido.
Patricia se acomodó el saco mientras esperaba que Renata bajara la cabeza.
Pero no lo hizo.
—Si aquí castigan a alguien por pedir respeto, prefiero irme —dijo Renata.
Patricia
entró al elevador sin responder.
Antes de que las puertas se cerraran, lanzó una última mirada llena de amenaza.
—No olvidaré su cara.
Renata sostuvo la mirada.
—Yo tampoco la suya.
Cuando el elevador desapareció, el anciano observó a Renata con curiosidad.
—Tenías miedo.
Renata soltó el aire lentamente.
—Claro que sí.
—Pero hablaste.
Ella miró hacia donde Patricia había desaparecido.
—Tener miedo no vuelve correcto lo incorrecto.
El anciano sonrió ligeramente.
—¿Cómo te llamas?
—Renata Cruz.
Ella no tenía idea de que acababa de defender a Don Alfonso Santillán, el fundador de la compañía donde acababa de perder una oportunidad.
Minutos después, un hombre joven entró rápidamente al vestíbulo.
—Abuelo, el médico dijo que debías descansar.
El anciano levantó la mirada.
—Y yo dije que quería conocer a tu esposa antes de que termine el año.
El joven quedó en silencio.
—Ese matrimonio fue solo un acuerdo.
Don Alfonso lo miró con seriedad.
—La mujer que firmó contigo es una persona, no una cláusula.
Una hora después, Renata entró a la sala de entrevistas.
Cuando escuchó el nombre del director general, sintió un escalofrío.
Emiliano Santillán.
La voz era demasiado parecida a la del hombre que conocía como Alejandro.
Pero no podía ser él.
El hombre amable de sus llamadas no podía ser el mismo director frío que ahora la miraba como si estuviera buscando una razón para rechazarla.