PARTE 2 — La asistente que nadie pudo quebrar
Emiliano sintió algo extraño en cuanto Renata empezó a hablar.
Capítulo 2
PARTE 2 — La asistente que nadie pudo quebrar
Emiliano sintió algo extraño en cuanto Renata empezó a hablar.
La voz.
Los gestos.
Incluso la manera en que fruncía el ceño cuando algo le molestaba.
Por un momento le recordó demasiado a Lucía, la mujer con la que llevaba casi un año casado por contrato y a quien solo conocía por llamadas telefónicas.
Pero descartó la idea de inmediato.
Era absurdo.
Patricia tomó la palabra antes de que pudiera pensarlo más.
—Esta candidata me faltó al respeto y armó un escándalo en recepción.
Renata no bajó la mirada.
—Evité que un señor se cayera después de que usted lo empujó.
Patricia abrió la boca para responder, pero Emiliano extendió la mano.
—Su currículum.
Renata se lo entregó.
Había ganado dos premios universitarios y desarrollado una propuesta de empaques fáciles de abrir para personas con artritis.
Emiliano revisó cada página.
—La vacante de diseño está congelada. Sin embargo, necesito una asistente temporal en dirección. Tendrá un mes para demostrar lo
que puede hacer. Después podrá participar en un concurso interno.
Patricia se tensó.
—Emiliano, no me parece conveniente.
Él ni siquiera la miró.
—No le pedí su opinión.
Renata aceptó.
No podía darse el lujo de rechazar un trabajo. Las medicinas de su abuela seguían llegando cada mes y las cuentas no esperaban.
Pero apenas llevaba unas horas dentro de la empresa cuando apareció el siguiente problema.
Mauricio Peña, director de operaciones, la interceptó junto al archivo.
Se acercó demasiado.
—Una chava como tú puede subir rápido si sabe caerle bien a la gente correcta.
Antes de que Renata pudiera apartarse, Mauricio le puso una mano en la cintura.
La reacción fue inmediata.
¡Paf!
La bofetada resonó en el pasillo.
Minutos después, Mauricio estaba frente a Emiliano contando una versión completamente distinta.
—Intentó seducirme. Cuando la rechacé, me golpeó.
Renata sintió que le hervía la sangre.
Mauricio cruzó los brazos.
—Llevo nueve años aquí. Todos conocen mi reputación.
Emiliano observó la marca roja que los dedos del hombre habían dejado en la muñeca de Renata.
Luego preguntó:
—¿Hay cámaras en ese pasillo?
Mauricio palideció.
La grabación mostró exactamente lo ocurrido.
Emiliano cerró la computadora.
—Está despedido.
Renata creyó por un segundo que hablaba de ella.
—Yo solo me defendí.
Emiliano levantó la mirada.
—Estoy hablando con él.
Los guardias sacaron a Mauricio del edificio.
Desde el otro lado del pasillo, Patricia lo vio marcharse.
Sacó el celular y le escribió un mensaje:
“Vamos a destruirla”.
Esa noche, Renata llamó a Alejandro.
No sabía que, al otro lado de la llamada, Emiliano estaba sentado dentro de su carro.
—Mi nuevo jefe es insoportable.
Emiliano se aflojó la corbata.
—¿Tan malo?
—Frío, mandón y convencido de que siempre tiene razón. Es como una computadora metida en un traje carísimo.
Emiliano tuvo que
contener una sonrisa.
—Tal vez también tenga alguna cualidad.
—Hoy me defendió.
—Entonces quizá no está completamente perdido.
Renata soltó una carcajada.
Ninguno de los dos entendía todavía que hablaban de la misma persona.
Con el paso de las semanas, Renata se volvió indispensable.
Recordaba las alergias de los inversionistas, horarios de vuelos, reuniones, preferencias y detalles que nadie más parecía notar.
Emiliano empezó a admirar no solo su eficiencia, sino la forma en que trataba a todos igual, desde un director hasta la persona que limpiaba los pasillos.
Patricia observaba esa cercanía con una rabia que crecía cada día.
Su oportunidad llegó durante el lanzamiento de una nueva línea de sueros dermatológicos llamada Esencia Viva.
Renata debía recoger el expediente final del laboratorio.
Mientras caminaba por el corredor, una becaria se mareó.
Renata dejó la carpeta unos segundos sobre una mesa para ayudarla.
No vio a Mauricio entrar con un gafete antiguo.
El hombre tomó el expediente y lo reemplazó por otro.
Durante la reunión, Patricia abrió la carpeta.
Su expresión cambió.
—¡Esta fórmula podría causar reacciones graves!
Todos voltearon hacia Renata.
—Ese no es el documento que recogí.
Patricia cruzó los brazos.
—Usted era responsable de transportarlo.
—Revisen las cámaras.
Patricia sonrió.
—Las cámaras de ese corredor no funcionan.
Daniel, asistente de Emiliano, levantó lentamente la vista de su tableta.
—Fueron reemplazadas hace tres semanas.
El silencio fue absoluto.
La grabación mostró a Mauricio entrando, cambiando los documentos y alejándose.
La policía lo detuvo.
Pero Mauricio se negó a decir quién lo había ayudado.
Renata esperaba que, después de todo aquello, Emiliano por fin reconociera que ella había sido víctima de una trampa.
En cambio, él la llamó a su oficina.
—La investigación demuestra que usted no alteró el expediente.
Renata esperó.
—Pero dejó información confidencial sin vigilancia.
Ella lo miró sin creer lo que escuchaba.
—Ayudé a una becaria que estaba a punto de desmayarse.
—Un minuto fue suficiente para poner en riesgo todo el lanzamiento.
Renata apretó la mandíbula.
—Alguien intentó destruir mi nombre y usted todavía está buscando cómo culparme.
—Estoy hablando de responsabilidad.
—No. Está protegiendo su orgullo.
La frase golpeó a Emiliano justo donde más le dolía.
Y en vez de reconocerlo, tomó la peor decisión posible.
—Su periodo de prueba termina hoy.
Renata sintió un nudo en la garganta.
No discutió.
Recogió sus cosas y salió del edificio conteniendo las lágrimas.
Desde el Metrobús llamó a Alejandro.
—Me despidieron. Probaron que me tendieron una trampa y aun así mi jefe me culpó por ayudar a otra persona.
Dentro de su automóvil, Emiliano cerró los ojos.
Cada palabra le caía como una piedra.
—Ese hombre es un idiota.
Renata soltó una risa amarga.
—Un idiota arrogante. Los tipos como él llaman decisión estratégica a cualquier injusticia que no quieren admitir.
Emiliano no pudo dormir esa noche.
A la mañana siguiente, don Alfonso entró a su oficina sin tocar.
—¿Despediste a la muchacha que me defendió?
—Cometió una negligencia.
Don Alfonso golpeó el piso con el bastón.
—Ayudó a alguien. Tú preferiste salvar tu autoridad antes que admitir que tu propia empresa permitió que regresara un acosador.
—El expediente era importante.
El anciano lo fulminó con la mirada.
—Las personas también, carajo.
Emiliano guardó silencio.
Horas después llamó a Renata.
Ella aceptó regresar, pero no sin condiciones.
—Quiero una auditoría de seguridad y que todas las denuncias de acoso sean revisadas por una firma externa.
Emiliano arqueó una ceja.
—Negocia demasiado para ser asistente temporal.
Renata respondió sin titubear:
—Y usted escucha muy poco para dirigir a cuatro mil empleados.
Por primera vez, Emiliano sonrió de verdad.
Y sin que ninguno de los dos lo notara, algo entre ellos empezó a cambiar.
Capítulo completado
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