**Defendió a un anciano humillado en el vestíbulo y perdió su oportunidad, sin saber que acababa de salvar al dueño de la empresa**
PARTE 3 — El brazalete que reveló demasiado
Después de que Renata regresó, la relación entre ella y Emiliano dejó de ser una guerra constante.
Seguían discutiendo.
Pero ahora también se escuchaban.
Durante una cena de negocios en Polanco, Renata evitó que uno de los inversionistas probara un mole con almendras.
—Es alérgico —advirtió justo antes de que levantara el tenedor.
El hombre palideció.
Emiliano también.
Aquella intervención salvó no solo al inversionista, sino un contrato importante.
Con el paso de los días, Renata empezó a descubrir que detrás del director severo había otra persona.
Emiliano cuidaba a don Alfonso con auténtica preocupación.
Visitaba discretamente a empleados hospitalizados.
Ayudaba sin publicarlo.
Y aunque seguía siendo terco y demasiado controlador, Renata empezó a verlo de otra manera.
La atracción entre ambos se volvió cada vez más difícil de ignorar.
Había un problema.
Los dos estaban casados.
Y faltaban pocos días para que terminara el matrimonio contractual de Renata con Alejandro.
Una tarde recibió un paquete.
Dentro había un brazalete elegante que había pertenecido a la madre
de su esposo.
Junto a él venía una nota:
“Gracias por tratar a mi abuelo como un ser humano y no como un problema”.
Renata sonrió.
Dos días después llegó a la oficina usando el brazalete.
Cuando Emiliano lo vio, se quedó inmóvil.
—¿Es nuevo?
Renata tocó la joya.
—Me lo envió mi esposo.
Algo parecido a los celos apareció en la cara de Emiliano.
—Parece barato.
Daniel, que estaba a unos metros, casi dejó caer la tableta.
—Señor, es exactamente el brazalete que usted mandó restaurar para su esposa.
Renata miró primero a Daniel.
Luego a Emiliano.
—Qué coincidencia.
Emiliano respondió demasiado rápido.
—Seguro existen miles iguales.
A partir de ese momento, los dos comenzaron a unir piezas.
Las operaciones de sus abuelos.
Las fechas.
Las llamadas.
Las cosas que ambos habían dicho.
Pero la posibilidad era tan absurda que ninguno se atrevió a pronunciarla.
Una tarde, después de
una reunión, Emiliano le pidió a Renata que se quedara.
Cuando estuvieron solos, respiró hondo.
—Tengo que decirte algo. Estoy casado.
Renata se quedó quieta.
—Yo también.
—Mi matrimonio fue un acuerdo para convencer a mi abuelo de operarse.
El color desapareció del rostro de Renata.
—El mío también. Acepté para pagar la cirugía de mi abuela.
Se miraron en silencio.
Era como si el piso se hubiera movido bajo sus pies.
Emiliano fue el primero en reaccionar.
—Hablaré con mi esposa. Terminaré el contrato de manera correcta.
Renata asintió.
—Y yo hablaré con mi marido. Hasta entonces, no puede pasar nada entre nosotros.
Ninguno vio a Patricia en el pasillo.
Había escuchado cada palabra.
Durante años, Patricia había esperado convertirse en algo más para Emiliano.
Ahora entendía que estaba a punto de perderlo.
Y decidió hacer algo mucho peor que intentar despedir a Renata.
La envió a recoger unos
documentos a un hotel de Reforma.
—Habitación 406 —le dijo—. El proveedor los dejó ahí.
Renata llegó sin sospechar nada.
Cuando abrió la puerta, Mauricio la esperaba.
El hombre había preparado un difusor con un sedante.
Su plan era dejarla inconsciente, tomar fotografías comprometedoras y destruir su reputación para siempre.
Renata empezó a sentirse mareada.
—¿Qué hiciste?
Mauricio cerró la puerta.
Ella intentó llegar al pasillo, pero las piernas comenzaron a fallarle.
Con las últimas fuerzas tomó su celular y mandó un mensaje de voz.
—Hotel Imperial… habitación 406… Mauricio…
El mensaje llegó a Daniel.
En cuanto lo escuchó, llamó a Emiliano.
Emiliano llegó acompañado por la policía antes de que Renata perdiera por completo el conocimiento.
Mauricio fue detenido.
Y esta vez su celular habló por él.
Los mensajes revelaron todo.
La manipulación del expediente.
El fraude de la fórmula.
La participación de Patricia.
Y el plan del hotel.
Horas después, Patricia fue arrestada frente a los empleados de Grupo Santillán.
Mientras los agentes se la llevaban, gritó:
—¡Todo esto por una asistente!
Emiliano la miró con una frialdad que ella nunca había visto.
—No. Por fraude, acoso y poner vidas en peligro.
Renata despertó en un hospital de la colonia Roma.
Su abuela Elena estaba sentada a un lado de la cama.
Don Alfonso también había llegado.
Pero no estaba solo.
Junto a él había un notario con una vieja carpeta entre las manos.
—Encontramos esto en una caja de seguridad relacionada con Patricia —explicó el hombre.
Renata frunció el ceño.
El notario abrió la carpeta.
—Ella ocultó las copias del acta cuando descubrió que el señor Santillán estaba casado. Pensó que podría provocar una separación y acercarse a él.
Colocó el documento frente a Renata.
Ella bajó la mirada.
Leyó el nombre de su esposo.
Emiliano Alejandro Santillán.
Al otro lado de la cama, Emiliano leyó el nombre de su esposa.
Renata Lucía Cruz.
Los dos levantaron la mirada al mismo tiempo.
—¿Tú eres Alejandro? —susurró Renata.
Emiliano apenas logró responder.
—¿Tú eres Lucía?
Don Alfonso comenzó a reír con lágrimas en los ojos.
—Pasaron un año enamorándose de la persona con la que ya estaban casados. Neta, ustedes dos son más complicados que una telenovela.
Pero todavía faltaba un detalle.
El contrato matrimonial vencía esa misma noche.
Y los documentos del divorcio ya estaban listos.