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DIEZ CENTAVOS Y UN MATRIMONIO SIN AMOR
Capítulo 1 / 5

Capítulo 1

PARTE 1: LA PROPUESTA DE CALEB WARREN

1584 palabras

Elena Mercer tenía diez centavos en el bolsillo cuando Caleb Warren apareció en la puerta de su miserable habitación y le propuso un matrimonio en el que, según él, no habría amor.

El día anterior, un incendio había reducido a cenizas la escuela de Pine Creek. Esa misma mañana, el consejo del pueblo le informó que ya no podía seguir pagándole como maestra. Antes de terminar la semana también tendría que abandonar el pequeño cuarto que alquilaba sobre la tonelería.

Y el invierno ya descendía desde las montañas de Colorado.

Caleb ocupaba casi todo el marco de la puerta. Era un hombre enorme, de hombros anchos, con nieve derretida en el abrigo y olor a cuero, caballo y madera recién cortada en la ropa. Se quitó el sombrero, pero no perdió tiempo con cortesías.

—Tengo dos hijos.

Elena cruzó los brazos.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Uno tiene diez años. El otro, siete. Su madre murió hace cuatro años.

Ella esperó. El silencio se llenó con los golpes de los toneleros que trabajaban abajo.

—Se están volviendo salvajes —continuó Caleb.

Elena arqueó una ceja.

—¿Salvajes?

—No obedecen. Apenas leen. Se pelean. Samuel duerme algunas noches en el establo porque dice que las camas son para mujeres.

Elena quiso reír, pero no encontró nada gracioso.

—¿Qué espera que haga yo?

—Enseñarles.

Caleb hizo una pausa.

—Y ser su madre.

La risa que escapó de Elena fue amarga.

—¿Vino al pueblo a comprar una?

El hombre no pestañeó.

—Necesito una mujer capaz de criar a mis hijos. Usted necesita un techo, fuego y suficiente comida para pasar el invierno.

Aquello la hirió porque era cierto.

No había comido desde la noche anterior. Sus antiguos alumnos habían perdido libros, pupitres y escuela; ella había perdido lo único que le daba independencia. Ya había vendido su reloj y empeñado el broche de su madre. En el fondo del bolsillo sólo quedaban dos monedas de cinco centavos.

Caleb la miró directamente.

—Le estoy pidiendo que

se case conmigo.

Elena estuvo a punto de echarlo. En ese preciso instante, su estómago gruñó con tanta fuerza que ambos lo oyeron.

Caleb no sonrió.

De algún modo, eso hizo que la humillación fuera peor.

—Tendrá una habitación separada —dijo—. Comida, ropa adecuada para el invierno y seguridad.

—Qué romántico.

—No intento serlo.

Todo Pine Creek conocía a Caleb Warren. Poseía una casa de piedra y madera al otro lado de la montaña, además de casi tres mil acres de pastos, bosque y ganado. No era un hombre sociable, pero pagaba sus deudas, trabajaba junto a sus empleados y jamás había dado motivos para que alguien dudara de su palabra.

Aun así, estaba ofreciéndole matrimonio como si negociara la contratación de una institutriz.

—¿Qué espera de mí como esposa?

—Nada que usted no quiera dar.

Elena frunció el ceño.

—Explíquese.

—No compartiré su habitación. No exigiré obligaciones de esposa.

Si algún día eso cambia, tendrá que ser porque ambos lo queramos.

—¿Y si nunca cambia?

Algo cruzó por el rostro de Caleb, una sombra tan rápida que Elena no alcanzó a comprenderla.

—Entonces cumpliré el acuerdo de todos modos.

No era amor. Ni siquiera era cortejo.

Era supervivencia.

Elena se acercó a la ventana. En la calle, una mujer sujetaba a su hijo mientras pasaba una carreta cargada de leña. Más allá de los tejados, las nubes se acumulaban sobre las montañas.

Podía rechazar a Caleb y conservar el orgullo. Después tendría que buscar trabajo en algún pueblo lejano, si lograba atravesar los caminos antes de que la nieve los cerrara. También podía aceptar y entregar su vida a un desconocido y a dos niños que no la habían pedido.

—Quiero seguir enseñando —dijo sin volverse—. No seré una criada a la que sus hijos puedan ignorar.

—Tendrá autoridad dentro de la casa.

—No sólo dentro de la casa. Si voy a hacerme responsable de ellos, usted no puede desautorizarme cuando se enoje.

Caleb tardó unos segundos.

—Si no estoy de acuerdo con usted, lo hablaremos en privado.

—Y quiero dinero propio.

Él asintió.

—Recibirá una cantidad cada mes.

—No como limosna.

—Como parte del acuerdo.

Elena metió la mano en el bolsillo y cerró los dedos alrededor de sus dos monedas.

—Póngalo por escrito.

Por primera vez, Caleb pareció sorprendido.

—¿No confía en mi palabra?

—Apenas lo conozco.

Él sostuvo su mirada y después inclinó la cabeza.

—Tiene razón.

Menos de una hora más tarde, firmaron un acuerdo sencillo ante el juez de paz. Luego pronunciaron votos legales en una oficina que olía a tinta, tabaco y lana mojada. No hubo flores ni invitados. La esposa del juez, conmovida o escandalizada, les regaló una rebanada de pastel de manzana que ambos comieron de pie.

Antes de terminar el día, Elena guardó todas sus pertenencias en un baúl maltratado y subió a la carreta de un hombre cuyo apellido acababa de adoptar.

El viaje duró casi tres horas. Dejaron atrás las últimas casas de Pine Creek y ascendieron entre pinos cargados de nieve. La propiedad de Caleb apareció al final de un valle estrecho: una casa sólida de dos pisos, establos, corrales, un granero y varias construcciones menores protegidas por una loma.

El lugar era más grande de lo que Elena había imaginado, pero también más solitario.

Los niños aparecieron entre los árboles mientras Caleb descargaba el baúl.

Parecían dos pequeños forajidos.

Nathan, de diez años, era delgado y serio. Tenía el cabello oscuro de su padre y una mirada de abierto resentimiento. Samuel, de siete, llevaba barro seco en las botas y una mancha negra cruzándole la mejilla.

El menor se limpió la nariz con la manga. Después escupió deliberadamente sobre la tierra helada delante de Elena.

Ella lo miró.

Samuel le sostuvo la mirada.

—Samuel —dijo Caleb.

—¿Qué?

—Sabes qué.

El niño no respondió.

Nathan observó el baúl y luego el vestido sencillo de Elena.

—No necesitamos otra madre.

Las palabras le dolieron más de lo que esperaba, quizá porque Elena tampoco sabía si podía convertirse en una.

Respiró despacio.

—Qué alivio. Yo tampoco esperaba tener dos hijos esta mañana.

Nathan parpadeó, desconcertado. Caleb se cubrió la boca con la mano, aunque no lo bastante rápido para ocultar por completo su reacción.

La primera cena fue peor.

Elena había enseñado lectura y números durante años. Eso no significaba que supiera cocinar bien para tres personas hambrientas. El pan de maíz quedó negro por debajo y casi crudo en el centro.

Samuel lo examinó con asco.

—Parece estiércol de vaca.

—Samuel —advirtió Elena.

El niño levantó el pedazo de pan y lo lanzó al otro extremo de la mesa.

Algo se rompió dentro de ella.

Tomó la sartén de hierro y la dejó sobre la madera con tanta fuerza que ambos muchachos dieron un salto.

—¡Basta!

Nathan abrió mucho los ojos. Samuel dejó de sonreír.

Elena estaba temblando.

—Yo no pedí venir aquí. No quería perder mi escuela ni quedarme sin trabajo. Y ciertamente no soñaba con casarme con un desconocido y subir a una montaña para que dos niños me trataran como basura.

Los hermanos guardaron silencio.

Elena señaló sus platos.

—Pasé una hora quitando la suciedad que ustedes dejaron pegada aquí.

Luego señaló el pan quemado.

—Así que van a comerlo.

Samuel abrió la boca.

Elena se inclinó hacia él.

—Y si vuelves a tirar comida, puedes pasar hambre hasta que seas capaz de pedirla con respeto.

En cuanto terminó de hablar, comprendió lo que había hecho. Había gritado a dos niños que perdieron a su madre. La vergüenza le cayó encima.

Miró a Caleb, esperando que la acusara de tratar mal a sus hijos. Esperó incluso que le ordenara marcharse.

Él tomó el pan quemado. Cortó un pedazo, lo masticó y tragó.

—Está quemado —dijo.

Elena bajó la vista.

Caleb tomó otro bocado.

—Coman su cena.

Nathan obedeció primero. Samuel tardó unos segundos, pero finalmente recogió su pan.

Aquella noche ninguno volvió a desafiarla.

Eso no significaba que Elena hubiera ganado su cariño. Nathan seguía observándola como si esperara que desapareciera. Samuel probaba los límites todos los días.

Pero ella comenzó a enseñarles.

Primero en la mesa y luego junto al fuego. Nathan fingía odiarlo, aunque cada noche permanecía unos minutos más frente a los libros. Samuel decía que las letras eran inútiles, pero empezó a escribir su nombre con trazos enormes y torcidos.

Caleb rara vez interfería. Cuando Elena imponía una regla razonable, él la respaldaba. Cuando no estaba de acuerdo, esperaba hasta que los niños estuvieran lejos para decírselo.

Poco a poco, la casa dejó de parecer un lugar donde cuatro desconocidos sobrevivían bajo el mismo techo.

Sin embargo, Elena estableció una norma que repetía casi todos los días:

—No se alejen de la casa cuando empiece a nevar.

Las montañas podían cambiar en minutos. Había barrancos ocultos, hielo fino, árboles derribados y trampas para animales colocadas lejos de los senderos.

Durante tres semanas, los niños obedecieron.

Hasta aquella tarde.

Elena estaba amasando pan cuando descubrió que Samuel no se encontraba dentro.

—¿Nathan?

El muchacho levantó la cabeza del libro.

—Salió.

Elena se quedó inmóvil.

—¿A dónde?

Nathan palideció.

Antes de que respondiera, un grito atravesó el bosque.

Elena salió corriendo sin siquiera tomar su abrigo.

—¡Samuel!

La nieve le cortaba el rostro. Nathan corría detrás de ella.

Entonces llegó otro grito, mucho más débil.

Elena cruzó los pinos y se detuvo.

Samuel estaba tendido sobre la nieve. Una trampa de hierro le sujetaba la pierna.

Y la sangre comenzaba a extenderse sobre el blanco.

Capítulo completado

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