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DIEZ CENTAVOS Y UN MATRIMONIO SIN AMOR
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

PARTE 2: LA REGLA QUE SAMUEL ROMPIÓ

1439 palabras

—¡No te muevas!

—gritó Elena.

Samuel tenía las manos alrededor de la trampa. Cada vez que intentaba abrirla, los dientes de hierro se hundían más en su pantalón y en la carne de la pantorrilla.

—No puedo sacarla —sollozó—. No puedo…

Elena se dejó caer de rodillas. El aire helado le atravesó el vestido y las medias, pero apenas lo notó.

—Mírame. No toques la trampa. Mírame a mí.

El niño tenía el rostro blanco y los labios azulados.

Nathan llegó jadeando.

—Yo le dije que no viniera —balbuceó—. Se lo dije.

Elena examinó el mecanismo. Había visto trampas semejantes en las granjas de algunos alumnos, pero nunca había abierto una. Las dos palancas laterales debían presionarse al mismo tiempo. Con las manos desnudas y los dedos entumidos no tendría fuerza suficiente.

—Nathan, vuelve por tu padre.

—Está en el pastizal norte.

—Entonces ve al establo. Busca a Amos o a cualquier trabajador.

Diles que traigan una barreta, mantas y el trineo pequeño.

Nathan miró a su hermano.

—No quiero dejarlo.

—Yo me quedaré con él.

—Pero…

Elena lo sujetó por los hombros.

—Samuel necesita que corras más rápido de lo que has corrido en tu vida.

Eso bastó. Nathan dio media vuelta y desapareció entre los árboles.

Elena se quitó el chal y envolvió con él el torso de Samuel. Luego introdujo un pedazo de rama entre las mandíbulas de la trampa para impedir que se cerraran más.

—Me duele —dijo el niño.

—Lo sé.

—¿Voy a perder la pierna?

Elena sintió miedo, pero no permitió que apareciera en su voz.

—No si hacemos las cosas bien.

Samuel cerró los ojos.

—Papá va a matarme.

—Tu padre no va a matarte.

—Usted sí quiere.

—En este momento estoy considerándolo.

El niño abrió los ojos, horrorizado. Elena mantuvo la expresión seria hasta que

él comprendió que era una broma. De su garganta salió una risa débil, interrumpida por un gemido.

La nieve caía cada vez con más fuerza. Elena no podía distinguir las huellas por las que había llegado. El viento descendía entre los árboles con un silbido grave.

—¿Por qué viniste hasta acá? —preguntó.

Samuel apretó la mandíbula.

—Quería encontrar el cuchillo de mamá.

Elena creyó haber escuchado mal.

—¿Qué cuchillo?

—El pequeño. El que tenía flores en el mango.

Nathan había mencionado una caja con pertenencias de su madre, guardada en el desván. Elena nunca la había abierto.

—¿Por qué iba a estar aquí?

Samuel señaló con la barbilla un pino caído.

—Nathan dijo que mamá lo perdió cerca de este árbol antes de enfermarse. Quería encontrarlo antes de que usted tirara sus cosas.

Elena sintió un golpe seco en el pecho.

—Yo no voy a tirar nada de su madre.

—Las mujeres nuevas tiran las cosas viejas.

—¿Quién te dijo eso?

Samuel apartó la mirada.

—Nadie.

Quizá lo había oído en el pueblo. Tal vez había construido esa idea a partir de conversaciones que los adultos creían que no entendía. En cualquier caso, había arriesgado la vida para proteger un recuerdo.

Elena limpió la nieve que se acumulaba en sus pestañas.

—Escúchame. No vine a borrar a tu madre. Nadie puede hacerlo.

Samuel la miró con desconfianza.

—Entonces, ¿por qué se casó con papá?

La respuesta más sencilla habría sido una mentira. Elena podía decir que Caleb y ella se querían, que todo había ocurrido como debía. Pero aquel niño ya había sufrido demasiado a manos de verdades incompletas.

—Porque yo había perdido mi casa y mi trabajo. Tu padre necesitaba ayuda. Hicimos un acuerdo.

—¿No lo quiere?

—Apenas lo conozco.

—Él tampoco la quiere.

La frase dolió más de lo razonable.

—No —admitió Elena—. Supongo que todavía no.

Samuel comenzó a tiritar con violencia. Elena lo estrechó contra su cuerpo y frotó sus brazos.

Pasaron varios minutos antes de que escuchara voces.

Caleb apareció entre los árboles con Nathan detrás. Amos, un trabajador de barba gris, cargaba una barreta.

Al ver la sangre, Caleb perdió el color.

—Samuel.

El niño intentó mostrarse valiente.

—Estoy bien.

Caleb se arrodilló al otro lado de la trampa. Sus manos temblaron una sola vez antes de aferrarse al hierro.

—Cuando la abra, saque su pierna —dijo a Elena.

—Lo haré.

Amos colocó la barreta. Entre los dos hombres presionaron los resortes. La trampa cedió apenas unos centímetros.

—Ahora.

Elena sostuvo la rodilla de Samuel con una mano y tiró de su bota con la otra. La tela desgarrada se atoró en uno de los dientes.

Samuel gritó.

—Otra vez —ordenó Caleb.

Los hombres aplicaron más fuerza. Elena liberó la pierna y cayó hacia atrás con el niño encima.

Caleb se quitó el cinturón y lo usó para asegurar una venda alrededor de la herida. Después tomó a su hijo en brazos.

—¿Puedes sentir los dedos?

Samuel movió el pie y lanzó un gemido.

—Sí.

El alivio en el rostro de Caleb duró muy poco.

—Hay que llevarlo a la casa.

El trineo se deslizó despacio entre los árboles. Elena caminó a su lado hasta que tropezó.

Caleb volvió la cabeza.

—¿Dónde está su abrigo?

Ella miró su vestido cubierto de nieve, como si acabara de recordarlo.

—No tuve tiempo.

Caleb entregó a Samuel a Amos, se quitó el suyo y lo puso sobre los hombros de Elena.

—Estoy bien.

—No le pregunté.

El abrigo conservaba el calor de su cuerpo. Elena quiso discutir, pero sus dientes empezaron a castañear.

El médico más cercano estaba en Pine Creek y la tormenta ya cerraba el paso principal. Caleb limpió la herida con agua hervida mientras Amos enviaba a uno de los trabajadores por una ruta más baja.

Samuel gritó hasta quedarse ronco.

Elena permaneció junto a él. Le dio la mano, le contó historias y lo obligó a responder preguntas para mantenerlo despierto. Caleb trabajaba en silencio, con la camisa manchada de sangre y los músculos de la mandíbula tensos.

Al terminar, cubrió al niño con mantas.

—La trampa atravesó la piel, pero no parece haber roto el hueso.

—¿Parece? —preguntó Elena.

—No soy médico.

Ella escuchó la culpa detrás de la respuesta.

Nathan permanecía en la puerta. Nadie le había pedido que entrara. Nadie le había dicho que podía acercarse.

Elena extendió una mano hacia él.

—Samuel necesita a su hermano.

Nathan corrió hasta la cama y se sentó en el suelo. Samuel dejó caer una mano. Nathan la sostuvo.

—Te dije que no fueras —murmuró.

—Ya sé.

—Eres un idiota.

—Ya sé.

Elena salió de la habitación para dejarlos descansar.

Caleb la siguió hasta la cocina y cerró la puerta.

—¿Qué ocurrió?

Ella le contó lo que Samuel había dicho acerca del cuchillo y el temor de que destruyera las pertenencias de su madre.

Caleb apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Debí sacar esas trampas hace años.

—¿Esa era suya?

—La puse antes de casarme con Rebecca. Creí haber retirado todas.

Por primera vez, Elena escuchó el nombre de la mujer que había vivido en aquella casa antes que ella.

—Samuel desobedeció —dijo—, pero no fue por capricho.

—Pudo morir.

—Sí.

Caleb alzó la cabeza. El miedo se había convertido en ira porque quizá era más fácil soportarlo de esa manera.

—Usted debía vigilarlos.

Elena tardó un instante en reaccionar.

—¿Qué dijo?

—Le confié a mis hijos.

—Yo estaba haciendo el pan que ellos comerían esta noche. Nathan estaba leyendo a seis pasos de mí y Samuel salió sin que ninguno lo oyera.

—Tiene siete años.

—Y usted es su padre.

Caleb dio un paso hacia ella.

—Yo estaba trabajando.

—Yo también.

El silencio quedó suspendido entre ambos.

Elena sintió que volvía a estar en aquel cuarto sobre la tonelería, escuchando a un hombre rico explicar lo que esperaba recibir a cambio de techo y comida.

—No me contrató como carcelera —dijo—. Sus hijos aprendieron a desaparecer mucho antes de que yo llegara. Samuel duerme en el establo, Nathan carga una culpa que no corresponde a un niño y ninguno confía en que los adultos vayan a quedarse. Eso no empezó conmigo.

Caleb se quedó inmóvil.

Elena señaló hacia la habitación.

—Si necesita culpar a alguien para no sentir miedo, cúlpeme. Pero mañana seguirán siendo sus hijos. Tendrá que decidir si quiere conocerlos o sólo impedir que mueran.

Caleb abrió la boca, pero no respondió.

Elena subió a su habitación. Se quitó el vestido mojado y descubrió que apenas podía mover los dedos. Permaneció bajo las mantas, furiosa consigo misma porque, a pesar de todo, deseaba que Caleb tocara la puerta.

No lo hizo.

A la mañana siguiente, Samuel despertó con fiebre.

El médico todavía no llegaba.

Y la nieve había borrado por completo el camino a Pine Creek.

Capítulo completado

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