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DIEZ CENTAVOS Y UN MATRIMONIO SIN AMOR
Capítulo 4 / 5

Capítulo 4

PARTE 4: LA PUERTA ABIERTA

1683 palabras

Elena leyó la carta tres veces.

Había deseado recuperar su escuela desde la mañana en que Caleb llamó a su puerta. Ahora que la posibilidad estaba frente a ella, no sintió el alivio esperado.

Sintió miedo.

Guardó la carta en el bolsillo y pasó el resto del día dando lecciones. Nathan notó sus distracciones, aunque no preguntó. Samuel, todavía apoyado en una muleta, escribió tres veces la misma palabra con una letra al revés.

Al terminar, Caleb entró con una carga de leña.

—Llegó una carta para usted.

No era una pregunta.

—La escuela será reconstruida.

Él dejó la leña junto al fogón.

—Me alegra.

Su tono era tan neutro que Elena no pudo saber si hablaba en serio.

—Quieren que vuelva.

Caleb se quitó los guantes despacio.

—Era de esperarse. Pine Creek necesita una maestra.

—También me ofrecen alojamiento.

—Entonces tendrá todo lo que perdió.

La frase abrió un espacio frío entre ambos.

—¿Eso es

lo que piensa?

—Es lo que usted quería.

—Le estoy preguntando qué piensa ahora.

Caleb miró hacia la puerta, quizá temiendo que los niños escucharan.

—Nuestro acuerdo nunca le prohibió marcharse.

—Tampoco contestó mi pregunta.

Él apretó los guantes en una mano.

—No le pediré que renuncie a su vida para cuidar la mía.

Elena esperó algo más. Una palabra, un gesto, cualquier señal de que aquellos meses habían cambiado la naturaleza del matrimonio.

Caleb no se la dio.

—Entiendo —respondió ella.

Subió a su habitación y cerró la puerta con cuidado. Habría preferido que él fuera cruel. La indiferencia era más difícil de combatir.

A la mañana siguiente, aceptó el puesto por escrito.

La respuesta no tenía que ser definitiva. La escuela no abriría hasta la primavera. Sin embargo, una vez enviada la carta, la decisión adquirió un peso que no podía ignorar.

Los niños se enteraron dos días

después.

Samuel encontró en la cocina una lista de las pertenencias que Elena debía llevarse.

—¿Se va?

Ella se volvió. Nathan estaba detrás de él, inmóvil.

—La escuela abrirá de nuevo en primavera.

—Pero puede enseñarnos aquí —dijo Samuel.

—También hay otros niños que necesitan una maestra.

El pequeño dejó caer la hoja.

—Dijo que no iba a tirar las cosas de mamá.

—Y no lo haré.

—Es lo mismo.

—No, Samuel.

—Sí. Usted también se va.

Corrió escaleras arriba antes de que Elena pudiera detenerlo.

Nathan no se movió.

—Él sabía que esto pasaría —dijo.

—No he decidido cuándo…

—Papá dijo que podía irse.

Elena miró hacia el patio. Caleb reparaba una parte de la cerca.

—Su padre y yo hicimos un acuerdo.

—Los acuerdos son para el ganado y la tierra.

—Nathan.

—Las familias no deberían necesitar uno.

El muchacho salió de la cocina. Un momento después, Elena

lo vio cruzar el patio en dirección al granero.

Caleb entró al anochecer. Tenía un corte en el nudillo y una mancha de sangre seca en la manga.

—Samuel no quiere cenar.

—Ya lo sé.

—Nathan tampoco.

—También lo sé.

Caleb la observó.

—No puede permitir que la castiguen por volver a su trabajo.

—No me están castigando. Están asustados.

—Tendrán que acostumbrarse.

Elena dejó el cucharón sobre la mesa.

—¿Eso hizo usted cuando murió Rebecca? ¿Les enseñó a acostumbrarse?

El rostro de Caleb se endureció.

—No es lo mismo.

—Para Samuel sí. Tiene siete años. No distingue entre una mujer que muere y una que prepara un baúl. Sólo sabe que alguien a quien empezó a querer dejará de estar aquí.

—Usted no es su madre.

Elena retrocedió como si él la hubiera golpeado.

Caleb cerró los ojos.

—No quise decir…

—Sí quiso.

—Elena.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre. Demasiado tarde.

—Usted me pidió que fuera su madre cuando le resultó conveniente —dijo ella—. Quiso que los alimentara, los educara, estableciera reglas y corriera detrás de ellos cuando estuvieran en peligro. Pero en cuanto ese vínculo le exige algo a usted, vuelve a recordarme que esto es un acuerdo.

—¿Qué quiere que haga? ¿Que le ruegue que se quede?

—Quiero que diga la verdad.

—La verdad es que usted extraña la escuela.

—Sí.

—Y que merece recuperarla.

—También.

—Entonces no tengo derecho a impedírselo.

—No le estoy pidiendo que me lo impida.

Caleb la miró como si las palabras fueran un territorio desconocido.

—No sé qué me está pidiendo.

Elena sintió que la furia se transformaba en cansancio.

—Eso es precisamente lo que no puedo seguir explicándole.

Pasó la noche en vela.

Al amanecer, ensilló una yegua y salió en dirección a Pine Creek para hablar con el consejo. Quizá podría enseñar sólo ciertos días. Tal vez los alumnos de la zona podían reunirse en la propiedad durante el invierno siguiente. Hasta ese momento, Elena había pensado que debía elegir entre la escuela y la familia. De pronto comprendió que nadie le había demostrado que las dos cosas fueran incompatibles.

El cielo estaba despejado al iniciar el trayecto, pero en la montaña el tiempo no obedecía pronósticos ni deseos.

A medio camino empezó a nevar.

Elena consideró regresar. Entonces recordó que Caleb viajaría esa mañana al pastizal del norte con Amos y varios hombres. La propiedad quedaba tan lejos como Pine Creek.

Continuó.

Llegó al pueblo cerca del mediodía. El consejo aceptó escuchar su propuesta: si ella conseguía un espacio adecuado, algunos niños de las granjas alejadas podrían asistir a una escuela provisional en el valle de Warren hasta que reconstruyeran el edificio. Después, Elena regresaría a Pine Creek tres días por semana y otra maestra se encargaría de los alumnos menores durante los restantes.

No era perfecto, pero tampoco exigía abandonar una parte de su vida para conservar la otra.

Elena salió de la reunión con la primera esperanza clara que había sentido en días.

La nieve seguía cayendo.

En el establo del pueblo, el encargado intentó detenerla.

—El paso alto ya debe estar cubierto.

—Conozco la ruta baja.

—Si el arroyo creció, no podrá cruzarlo.

Elena pensó en enviar un mensaje y pasar la noche en Pine Creek. Luego imaginó a Nathan y Samuel creyendo que se había ido sin despedirse.

—Debo volver con mis hijos.

Las palabras salieron antes de que pudiera examinarlas.

Mis hijos.

El hombre le prestó una manta adicional y le indicó que no abandonara el sendero.

Elena llegó al arroyo al caer la tarde. La corriente no se había congelado por completo. El agua oscura golpeaba bloques de hielo y cubría parte del vado.

La yegua se negó a avanzar.

—Vamos —murmuró Elena—. Sólo un poco más.

El animal dio dos pasos. En el tercero resbaló.

Elena cayó al agua.

El frío le arrancó el aire de los pulmones. Se aferró a una roca mientras la corriente tiraba de sus faldas. La yegua logró alcanzar la otra orilla, pero Elena no podía sentir las piernas.

Con un esfuerzo desesperado, se arrastró hasta la nieve.

Su ropa estaba empapada. Faltaba más de una hora para llegar a la casa y la oscuridad descendía con rapidez.

Entonces escuchó un caballo.

Caleb apareció en el sendero.

Saltó de la montura antes de llegar a ella.

—¡Elena!

La levantó de la nieve. Sus manos recorrieron el rostro, los hombros y los brazos de Elena como si necesitara comprobar que seguía entera.

—¿Está herida?

—No.

—Está congelada.

Caleb se quitó el abrigo, la envolvió y la cargó hasta su caballo.

—Puedo montar sola.

—No puede caminar.

—La yegua…

—Encontrará el camino.

Elena intentó protestar otra vez, pero Caleb la colocó frente a él sobre la silla. La sujetó con un brazo y emprendió el regreso.

—¿Cómo supo dónde buscarme?

—Volví temprano. Nathan dijo que había ido a Pine Creek. La tormenta empeoró.

—Pudo mandar a Amos.

—No.

Aquella palabra contenía algo que Elena no había escuchado antes.

Caleb apretó el brazo alrededor de su cintura.

—No podía mandar a otro.

Elena apoyó la cabeza contra su pecho. Debajo de la ropa húmeda y el cuero, escuchó el corazón del hombre golpeando con violencia.

—Conseguí conservar la escuela —murmuró—. Sin dejar la casa.

—No hable.

—Los niños del valle pueden venir algunos días. Cuando construyan la nueva escuela…

—Elena, por favor.

La voz de Caleb se quebró.

Ella guardó silencio.

Nathan y Samuel esperaban en la entrada con lámparas. Al verlos, Samuel trató de correr a pesar de su pierna lastimada. Nathan lo sostuvo.

Caleb llevó a Elena hasta su habitación. La cocinera que acudía dos veces por semana la ayudó a quitarse la ropa mojada, mientras los niños calentaban mantas y agua.

Elena tembló durante horas.

En algún momento de la noche despertó y encontró a Caleb sentado junto a la cama, exactamente como había estado al lado de Samuel.

—La fiebre —dijo Elena.

—No tiene.

—Entonces duerma.

—No puedo.

Ella observó su rostro agotado.

—Encontró a Samuel. También me encontró a mí.

—A Rebecca no.

Elena comprendió.

Extendió una mano fuera de las mantas. Caleb la miró, pero no se atrevió a tomarla.

—No soy Rebecca —dijo ella.

—Lo sé.

—Y quererme no borraría lo que sintió por ella.

El pecho de Caleb se elevó con una respiración profunda.

—Eso también lo sé.

—Entonces, ¿qué le da tanto miedo?

Él tomó finalmente su mano.

—Que algún día vuelva a sentarme junto a una cama y no pueda hacer nada.

—Eso puede ocurrir aunque no me quiera.

Caleb bajó la mirada hacia sus dedos unidos.

—Ya ocurrió.

Elena esperó.

—La quiero desde antes de saber qué hacer con ese sentimiento —confesó—. La quise cuando se enfrentó a Samuel por el pan. Cuando convirtió mi mesa en una escuela. Cuando corrió al bosque sin abrigo. La quise cada vez que me obligó a mirar cosas que yo llevaba años evitando.

Elena sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—No me pidió que me quedara.

—Creí que amarla significaba dejarla ir.

—A veces significa abrir la puerta —respondió Elena—. Pero también decir que uno espera que la otra persona decida volver.

Caleb llevó la mano de Elena hasta sus labios.

—Entonces vuelva. No por el acuerdo ni por la casa. No sólo por los niños.

Se inclinó hacia ella.

—Vuelva por mí.

Capítulo completado

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