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DIEZ CENTAVOS Y UN MATRIMONIO SIN AMOR
Capítulo 3 / 5

Capítulo 3

PARTE 3: LO QUE PERMANECÍA CERRADO

1218 palabras

Durante dos días, la tormenta mantuvo aislada la propiedad.

Samuel deliraba por momentos. Llamaba a su madre, se despertaba llorando y después negaba haberlo hecho. Elena refrescaba su frente, cambiaba los vendajes y vigilaba las líneas rojizas que podían anunciar una infección.

Caleb casi no se apartaba de la cama.

No volvió a acusarla. Tampoco se disculpó.

Al amanecer del tercer día, Elena encontró al hombre dormido en una silla, inclinado hacia adelante, con una mano cerrada alrededor del borde del colchón. Samuel respiraba con más tranquilidad y la fiebre había empezado a bajar.

Elena colocó una manta sobre los hombros de Caleb.

Él despertó de inmediato.

—¿Qué pasa?

—Nada. La fiebre está cediendo.

Caleb tocó la frente de su hijo. Cerró los ojos unos segundos.

—Gracias a Dios.

—El médico todavía debe revisarlo.

—Sí.

Elena se dirigió a la puerta.

—Señora Warren.

Era la primera vez que la llamaba así sin que hubiera alguien más presente.

Ella se

volvió.

Caleb miró a Samuel, no a ella.

—Lo que dije en la cocina fue injusto.

Elena esperó.

—Tuve miedo —continuó él—. Cuando vi la sangre… fue como si hubiera regresado cuatro años.

—¿Rebecca murió aquí?

Caleb asintió.

—Una infección en los pulmones. El médico no logró cruzar la montaña durante cinco días.

De pronto, su insistencia en que alguien fuera por el doctor, incluso en plena tormenta, adquirió otro significado.

—Yo estaba sentado en esa misma silla —dijo—. Convencido de que, si permanecía despierto, podría impedir que muriera.

La voz se le quebró en la última palabra. Caleb se puso de pie y caminó hasta la ventana.

—Después de enterrarla, creí que podía mantener a los niños a salvo dándoles comida, una casa y trabajo cuando fueran mayores. No sabía qué decirles. Cada vez que Nathan preguntaba por ella, yo encontraba algo que reparar. Cada vez que Samuel lloraba,

lo llevaba conmigo al establo.

Elena entendió entonces cómo dos niños habían aprendido que las camas eran para mujeres y que el dolor debía esconderse entre animales y herramientas.

—Ellos no necesitan que tenga todas las respuestas —dijo—. Necesitan saber que pueden hacerle las preguntas.

Caleb soltó una respiración pesada.

—Usted hace que parezca sencillo.

—No lo es.

—Para usted, tal vez.

—Yo sé enseñar letras y fracciones. No sé ser madre. Hace tres noches le grité a Samuel por un pedazo de pan.

Caleb la miró por encima del hombro.

—Fue un pan terrible.

Elena intentó contenerse, pero terminó riendo en voz baja.

—Verdaderamente terrible.

La sonrisa de Caleb apareció y desapareció con una rapidez que la hizo desear verla de nuevo.

El médico llegó esa tarde, agotado y con nieve hasta las rodillas. Examinó a Samuel, limpió otra vez la herida y confirmó que el hueso estaba intacto.

—Tendrá una cicatriz y deberá guardar reposo varias semanas —dijo—. Si la fiebre sigue bajando, conservará la pierna.

Nathan, que escuchaba desde el pasillo, se sentó en el suelo de puro alivio.

Esa noche Caleb llevó al desván la caja de Rebecca. La colocó frente al fuego y llamó a sus hijos.

Nathan se tensó al verla. Samuel intentó incorporarse.

—Creí que no querías abrirla —dijo el mayor.

—Me equivoqué.

Caleb retiró la tapa. Dentro había vestidos cuidadosamente doblados, cartas, una Biblia, dos cintas para el cabello y un retrato de una mujer de rostro amable. En el fondo encontraron un estuche vacío con la forma de un cuchillo pequeño.

—No tenemos que encontrarlo hoy —dijo Caleb—. Cuando llegue la primavera, iremos juntos a buscarlo.

Samuel miró a Elena.

—¿Ella también?

La pregunta la sorprendió.

Caleb no contestó por ella.

—Si quiere venir —dijo.

Elena se sentó junto a Samuel.

—Vendré.

El niño tomó una de las cintas. Era azul, con los bordes desgastados.

—Mamá se la ponía los domingos.

—También los martes —dijo Nathan—. Cuando hacía calor.

—Los martes no son especiales.

—Para ella sí.

Caleb sacó una carta y la sostuvo varios segundos antes de empezar a leer. Su voz era áspera al principio, pero se suavizó a medida que avanzaba. Rebecca hablaba de una vaca que había roto una cerca, de la primera palabra de Samuel y de Nathan, que a los seis años quería construir una casa en un árbol.

No había secretos ni grandes revelaciones. Sólo una vida cotidiana que la muerte había interrumpido.

Elena escuchó desde un extremo del sofá. No sintió celos de la mujer del retrato. Sintió gratitud. Rebecca había amado a aquellos niños antes que ella y había dejado rastros de ese amor por toda la casa.

A partir de esa noche, algo cambió.

Caleb comenzó a cenar con ellos incluso cuando el trabajo se acumulaba. Nathan leía en voz alta mientras Samuel se recuperaba. Elena mejoró su pan de maíz después de tres nuevos intentos y recibió un solemne “ya no parece estiércol” como máximo elogio.

Una tarde, Samuel le pidió ayuda para escribir una carta.

—¿Para quién?

Él cubrió la hoja con el brazo.

—Es privada.

Elena le mostró cómo formar las palabras sin preguntar más. Cuando terminó, Samuel dobló el papel y lo guardó en la caja de Rebecca.

Días después, mientras cambiaba las sábanas, Elena encontró un dibujo debajo de su almohada. Mostraba cuatro figuras tomadas de la mano frente a una casa. La más alta tenía una barba enorme. La figura junto a ella llevaba un vestido azul.

En la parte superior, con letras torcidas, Samuel había escrito: FAMILIA.

Elena guardó el dibujo en el cajón. No estaba preparada para reconocer cuánto significaba.

Conforme Samuel sanaba, Caleb y ella pasaban más tiempo juntos. Él le enseñó a conducir el trineo y a reconocer cuándo un arroyo estaba realmente congelado. Elena le enseñó a revisar las cuentas de la propiedad de una manera menos caótica.

—Tiene gastos anotados en tres cuadernos diferentes —dijo una noche.

—Sé dónde está cada cosa.

—Ayer buscó durante veinte minutos el pago del herrero.

—Pero lo encontré.

—Estaba dentro de un libro sobre enfermedades del ganado.

—Un lugar perfectamente razonable.

Ella levantó la vista y descubrió que Caleb sonreía.

Había calidez en esa sonrisa. Y algo más que la hizo bajar los ojos hacia las cuentas.

Una noche, al terminar, Caleb dejó una pequeña bolsa sobre la mesa.

—Su dinero del mes.

Elena contó las monedas. La cantidad acordada estaba completa.

Sacó del bolsillo los diez centavos con los que había llegado a la casa y los colocó junto al resto.

—¿Los conservó? —preguntó Caleb.

—Quería recordar que no estaba indefensa cuando acepté su propuesta.

—Tenía diez centavos.

—Eran míos.

Caleb consideró la respuesta.

—Debí entenderlo desde el principio.

—¿Entender qué?

—Que usted no vino aquí para que la salvaran.

Elena sintió un calor inesperado en el pecho.

—No. Vine porque necesitaba una oportunidad.

—¿Y la encontró?

Ella miró el fuego, los libros apilados y el juguete de madera que Samuel había dejado debajo de una silla.

—Todavía estoy decidiéndolo.

Caleb asintió, pero la decepción en su rostro fue evidente.

Tres días más tarde, el camino a Pine Creek volvió a abrirse. Un mensajero llevó una carta para Elena.

La escuela sería reconstruida en primavera.

El consejo quería que retomara su puesto.

Le ofrecían además una habitación sin costo en la casa de una viuda del pueblo.

Por primera vez desde su boda, Elena podía marcharse sin arriesgarse a pasar hambre.

Capítulo completado

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