Todos volteamos hacia ella.
Capítulo 2
Todos volteamos hacia ella.
Renata cerró los ojos.
—No.
—Sí.
Elena desbloqueó su celular y abrió otro archivo.
—El anuncio dice que la propiedad tiene “permiso de operación turística vigente” y que el servicio incluye transporte desde el aeropuerto, vigilancia, personal de limpieza y acceso a un muelle privado.
Miré la casa.
No había muelle.
No había vigilancia.
No había personal.
No había permisos.
—Eso es una estafa —dije.
—No exactamente —respondió Elena—. La empresa sí existe. La cuenta bancaria también. Pero la dirección fiscal es la de la oficina de Mauricio en Monterrey.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Elena me miró con una mezcla de miedo y lástima.
—La empresa no está a nombre de Renata ni de Mauricio.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿A nombre de quién?
Elena abrió un documento.
—A nombre de Eleanor Hayes.
Durante unos segundos no comprendí.
Mi nombre aparecía en la pantalla, escrito
con mis dos apellidos. También estaba mi dirección de Monterrey, mi RFC, una firma digital y un número de identificación que reconocí de inmediato.
—Eso no puede ser.
Mauricio se pasó la mano por la cara.
—Mamá…
—¿Qué hiciste?
—No hice nada malo.
—¿Por qué la empresa está a mi nombre?
Renata intervino:
—Porque era más sencillo fiscalmente. Tú eres la propietaria, así que tenía lógica que la empresa estuviera vinculada contigo.
—Yo no autoricé esto.
—Firmaste.
—¿Qué firmé?
Nadie respondió.
Elena miró a Mauricio.
—Diles lo demás.
—Cállate, Elena.
—No, ya basta. Yo creí que usted sabía. Pensé que era parte del acuerdo.
—¿De qué acuerdo? —pregunté.
Elena apretó los labios y soltó las palabras de golpe:
—La casa no se compró para usted.
El mar golpeó las rocas abajo, una vez, dos veces.
—¿Cómo que no?
—Se compró para venderla después de seis meses. La empresa iba a
levantar su valor con las reservaciones y las publicaciones. Luego la iban a traspasar a un grupo de inversionistas. Usted sólo era la titular inicial porque tenía buen historial y podía comprobar el origen del dinero.
Miré a Mauricio.
No reconocía su rostro.
—¿Me usaste para conseguir un crédito?
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
—El banco no aprobaba el préstamo a nuestro nombre. Renata tenía deudas y yo acababa de cerrar un negocio. Tú tenías ahorros, buen historial y…
—Mi dinero salió de mi cuenta.
—Te lo íbamos a devolver.
—¿Cuándo?
—Cuando se vendiera.
—¿Y si no se vendía?
Mauricio guardó silencio.
Renata levantó la barbilla.
—No tienes por qué preocuparte. El mercado está fuerte.
—No te pregunté a ti.
Su expresión se endureció.
—Usted siempre ha sido muy desconfiada.
La palabra “usted” no me dolió por respeto. Me dolió porque en su boca significaba que ya no era
su suegra, ni la madre de su marido, ni siquiera una persona. Era un obstáculo.
—Devuélvanme los documentos —dije.
Mauricio negó con la cabeza.
—No los tenemos aquí.
—Entonces llámame a la notaría.
—Está cerrado.
—Marca.
—Mamá, tranquilízate.
—Marca.
La gente afuera había dejado de descargar cosas. Todos fingían no escuchar, pero nadie se movía.
Mauricio sacó su celular.
No marcó a la notaría.
Marcó a alguien más.
—¿Bueno? —dijo, alejándose unos pasos.
Yo miré a Renata.
—¿Qué planeaban hacer esta noche?
—Una sesión de contenido.
—¿Y mañana?
—Llegaban los primeros huéspedes.
—¿Cuántos?
—Doce.
—¿Y los otros diez?
—El domingo.
Me reí otra vez.
—Quieren meter a doce desconocidos en mi casa mientras yo duermo en Monterrey.
—No son desconocidos. Son clientes.
—Precisamente.
Renata sostuvo mi mirada.
—No puede cancelar las reservaciones.
—Observa.
Saqué mi celular y abrí la aplicación del banco. Revisé las transferencias recientes. Había cinco movimientos que yo no reconocía: pagos a una empresa de publicidad, a una agencia de viajes y a un despacho contable. Todos habían salido de una cuenta empresarial vinculada a mi RFC.
Me sudaron las manos.
—¿Cómo obtuvieron acceso a mis cuentas?
Renata sonrió apenas.
—Usted nos entregó las contraseñas para pagar los servicios.
No recordaba haberlo hecho.
Entonces sí recordé algo: una tarde, en mi departamento de Monterrey, Mauricio había tomado mi computadora porque “la página del banco estaba fallando”. Renata había estado preparando café en la cocina. Yo había ido al balcón a contestar una llamada.
Quince minutos.
Sólo quince.
—Voy a llamar a mi abogado.
—¿Cuál abogado? —preguntó Renata.
—El mío.
—Usted no tiene abogado para esto.
—Lo tendré.
—No le conviene hacer una denuncia.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo.
—Pues no te lo pedí.
Renata se acercó. Su perfume era dulce, pesado, demasiado conocido.
—Si usted denuncia a la empresa, también van a investigar sus declaraciones fiscales, sus movimientos bancarios y el origen del dinero. Puede terminar con una deuda enorme.
Ahí estaba.
La trampa.
No sólo habían usado mi nombre. Habían diseñado todo para que yo pareciera responsable.
Mauricio regresó de la llamada.
—El administrador de la plataforma ya recibió una queja —dijo.
—¿De quién?
—De nosotros.
—¿Ustedes se quejaron de mí?
—Dijimos que estabas alterada y que no eras apta para manejar la propiedad.
Lo miré fijamente.
—¿Qué significa eso?
Renata levantó el celular y me mostró un documento.
Era una solicitud para declararme incapaz de administrar mis bienes.
Mi nombre aparecía al final.
La firma parecía mía.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Cuándo hicieron esto?
—Hace dos semanas —respondió Mauricio.
—¿Por qué?
—Porque después del accidente empezaste a olvidar cosas.
—Olvidé el cumpleaños de una vecina.
—También olvidaste pagar el predial.
—Porque tú me dijiste que ya lo habías pagado.
—Mamá…
—Y olvidé dónde puse las llaves porque tú cambiaste la cerradura de mi departamento.
Elena se cubrió la boca.
Renata palideció.
Yo di un paso hacia ellos.
—¿Qué accidente?
Mauricio no respondió.
—¿Qué accidente, Mauricio?
Él miró al suelo.
Renata contestó:
—El que tuviste el año pasado. El golpe en la cabeza.
—Me caí en el baño.
—Te encontraron inconsciente.
—Y me recuperé.
—No completamente.
—El neurólogo dijo que estaba bien.
—El neurólogo que tú contrataste —dijo Renata—. No el que nosotros consultamos.
—¿Consultaron a un neurólogo sin mí?
—Nos preocupamos por ti.
—No. Se preocuparon por lo que podían obtener.
Mauricio empezó a llorar.
Lo hizo en silencio, con la cara torcida, como cuando era niño y se lastimaba. Por un segundo apareció mi hijo, el pequeño que dormía abrazado a un dinosaurio de plástico. El niño al que yo había criado sola durante varios años, después de que su padre se fue con otra mujer.
Pero desapareció en cuanto recordé la firma falsa.
—Váyanse —dije.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.