—Mamá…
—Todos.
Capítulo 3
—Mamá…
—Todos.
Ahora.
—No puedes correr a los invitados.
—No son mis invitados.
—La gente pagó.
—Que les devuelvan su dinero.
—No tenemos todo.
—Entonces vendan sus carros.
Renata apretó la mandíbula.
—No tiene idea de con quién se está metiendo.
—Y tú no tienes idea de cuánto tiempo llevo esperando que me digas la verdad.
La frase la desconcertó.
A mí también.
Porque era cierto.
Durante años había visto cómo Renata aislaba a Mauricio de sus amigos, cómo controlaba sus gastos, cómo revisaba sus mensajes y cómo convertía cada conversación familiar en una negociación. Yo había querido creer que mi hijo era feliz. Había confundido su silencio con paz.
Pero faltaba algo.
Algo que no podía explicar.
—Eleanor —dijo Mauricio, y por fin usó mi nombre en lugar de “mamᔗ, por favor, entra. Podemos arreglarlo.
—No.
—Si sales de aquí y llamas a la policía, todo se acaba.
—Eso es lo
que quiero.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez en mucho tiempo, sí.
Cerré la puerta.
Escuché gritos, golpes contra el vidrio y la voz de Renata diciendo que yo estaba enferma. Luego el sonido de varias camionetas alejándose. Sólo una se quedó.
La de Mauricio.
No abrí.
A las nueve de la noche, llamé a mi abogado, el licenciado Arturo Beltrán, un hombre de casi setenta años que había llevado los asuntos de mi familia desde que mi padre murió.
—¿Está segura de que quiere denunciar hoy? —preguntó.
—Estoy segura de que quiero que todo quede registrado hoy.
—Voy para allá.
—Arturo, necesito que revises algo. La empresa Mar de Fondo Experiencias está a mi nombre.
Hubo un silencio largo.
—¿Quién le dio esa información?
—Mi nuera. Y mi hijo.
—No mueva nada de la casa. No borre archivos. No toque la computadora.
—¿Por qué?
—Porque si
hicieron lo que sospecho, la fiscalía va a necesitar la escena completa.
—¿Qué sospechas?
—Que no sólo falsificaron una firma.
A las diez y media llegó acompañado de una joven abogada llamada Sofía. Traían una carpeta negra, una computadora y un sobre sellado.
Antes de entrar, Arturo me tomó del brazo.
—¿Usted se siente en condiciones de continuar?
—Sí.
—Entonces escúcheme con atención. Lo que vamos a revisar puede ser muy difícil.
—Ya no me queda mucho que perder.
—Eso cree usted.
Dentro de la casa, conectaron la computadora a la red. Sofía revisó los registros del sistema de seguridad. Yo no había instalado cámaras visibles, pero el técnico me había recomendado sensores y una cámara escondida en el pasillo, enfocada hacia la entrada, por seguridad.
—Aquí hay grabaciones de hace tres semanas —dijo Sofía—. ¿Quién tenía acceso?
—Mauricio y Renata. El código se lo di a mi hijo para
que pudiera ayudarme.
Sofía abrió un video.
Aparecieron Mauricio y Renata entrando a la casa. Renata llevaba una caja. Mauricio cargaba una computadora.
La grabación no tenía audio, pero se veía claramente cómo abrían cajones, fotografiaban documentos y conectaban la computadora a la pantalla de la sala.
Luego, Renata sacaba algo de la caja.
Un sobre.
Lo colocaba sobre la mesa.
Sofía pausó la imagen.
—¿Reconoce ese sobre?
Lo reconocí.
Era el sobre en el que yo guardaba mi acta de nacimiento, mi pasaporte y una copia certificada de la escritura de un terreno que había heredado en Veracruz.
—¿Por qué tenían eso?
Arturo frunció el ceño.
—¿Qué terreno?
—Uno pequeño, cerca de Tecolutla. Mi madre me lo dejó. Nunca lo vendí.
Sofía siguió revisando los videos.
En otra grabación, Mauricio y Renata aparecían frente a la computadora. Renata escribía algo mientras él miraba.
Después imprimían varios documentos.
Uno de ellos era la solicitud de incapacidad.
Otro era un contrato de compraventa.
Arturo acercó la imagen.
—Haga zoom.
Sofía lo hizo.
El contrato mencionaba dos propiedades: la casa de playa y el terreno de Veracruz.
El comprador era una sociedad llamada **Grupo Altamar del Golfo**.
El precio conjunto era ridículamente bajo.
—Esto no está firmado —dije.
—Todavía —respondió Arturo.
Sofía revisó los archivos borrados de la computadora que Renata había dejado conectada.
—Hay una carpeta protegida. Voy a intentar recuperarla.
Pasaron varios minutos.
Finalmente apareció un archivo de audio.
Arturo me miró.
—¿Quiere escucharlo?
Asentí.
La voz de Renata llenó la sala.
—Cuando la declaremos incapaz, Mauricio quedará como tutor provisional. La empresa se transfiere a Altamar y luego vendemos la casa. El terreno de Veracruz cubre el resto de las deudas.
La voz de Mauricio respondió:
—¿Y mi mamá?
—Va a una residencia. No puede vivir sola.
—No quiero hacerle eso.
—¿Quieres que nos quedemos en la calle? ¿Quieres que sus deudas nos hundan?
—Ella no sabe nada de las deudas.
—Porque no entiende cómo funcionan las cosas. Además, después del golpe ya firma lo que sea.
La grabación se cortó.
Yo permanecí inmóvil.
Arturo apagó el audio.
—Esto es fraude, falsificación, administración fraudulenta y probablemente tentativa de despojo.
—¿Probablemente?
—Necesitamos saber algo más. ¿Quién es Grupo Altamar del Golfo?
Sofía ya estaba buscando en su computadora.
—La empresa se constituyó hace seis meses. El representante legal es un hombre llamado Esteban Lara.
Arturo le quitó el teclado.
—¿Esteban Lara? ¿El notario?
—¿Lo conoce?
Arturo me miró.
—Es el mismo notario de la compraventa de esta casa.
El silencio que siguió fue distinto. Más profundo. Más oscuro.
La compra se había hecho en una notaría recomendada por Renata. Yo había ido una sola vez. El notario, un hombre amable de traje gris, había explicado cada documento con rapidez. Mauricio se había sentado junto a mí y me había dicho dónde firmar.
—¿La escritura está registrada? —pregunté.
—Sí —respondió Arturo—. Pero hay que revisar el folio.
Sofía abrió el registro público.
La pantalla tardó en cargar.
Entonces apareció una anotación reciente.
**Gravamen por cuatro millones de pesos.**
Capítulo completado
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