—¡Tu mamá recibe diez mil cada mes, Roberto!
Capítulo 1
—¡Tu mamá recibe diez mil cada mes, Roberto!
¡Diez mil! ¡Y la mía apenas recibe mil! ¿Me puedes explicar qué clase de justicia es esa?
Yasmin estampó los papeles sobre la isla de mármol blanco con tanta fuerza que una pluma cayó al suelo.
Roberto levantó la cabeza.
Por un instante, el hombre alto y musculoso, vestido con un saco azul rey y una camisa blanca impecable, pareció no entender lo que acababa de escuchar. Su barba cuidadosamente recortada se tensó cuando bajó la mirada hacia los estados de cuenta esparcidos sobre la piedra.
La cocina de su casa en un exclusivo vecindario de San Antonio, Texas, estaba bañada por la luz cálida de las lámparas empotradas. Todo lucía perfecto: los gabinetes blancos, las sillas de diseñador, las obras de arte enmarcadas y la bolsa de viaje negra colocada sobre la mesa del comedor.
Todo, excepto su matrimonio.
Yasmin, con su cabello oscuro cayéndole en ondas sobre los
hombros y su conjunto negro de satén con ribetes blancos, señaló una transferencia bancaria.
—No me digas que no sabes de qué estoy hablando —exigió—. Aquí está. Cada mes. Diez mil dólares a la cuenta de tu mamá.
Roberto se puso de pie lentamente.
—Baja la voz, Yasmin.
—¿Que baje la voz? ¡Llevo tres años bajando la voz para no incomodarte!
Él miró hacia el pasillo, como si temiera que alguien estuviera escuchando.
—No hagas un escándalo por dinero.
Yasmin soltó una risa amarga.
—¿Dinero? ¿Sabes cuánto le mandaste a tu mamá el mes pasado? Doce mil.
¡Doce mil dólares! Mientras mi mamá está contando monedas para comprar sus medicamentos.
Roberto apretó la mandíbula.
—Tu mamá no es mi responsabilidad.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Yasmin parpadeó, incrédula.
—¿Perdón?
—Me escuchaste.
—¡Pero soy tu esposa!
Roberto extendió las manos, exasperado.
—Y yo pago los gastos de esta casa.
Pago los servicios, el seguro y hasta la colegiatura de tu sobrino. ¿Qué más quieres que haga?
—¡Quiero que trates a mi familia con la misma consideración con la que tratas a la tuya!
Él recogió uno de los documentos y lo dejó caer sobre la isla.
—Mi mamá trabajó toda su vida para sacarme adelante.
—¡Mi mamá también!
—Mi mamá nunca me pidió nada.
Yasmin sintió que algo se le rompía en el pecho.
—¿Nunca te pidió nada? Roberto, tu mamá vive en una casa de cuatro habitaciones que tú pagaste. Tiene una camioneta nueva.
Viaja a Cancún dos veces al año. ¿Y todavía quieres hacerme creer que no te pide nada?
Él guardó silencio.
Ese silencio fue peor que cualquier insulto.
Yasmin abrió una carpeta azul y sacó otra hoja.
—Mira esto. Es el estado de cuenta de nuestra cuenta conjunta. La semana pasada retiraste dieciocho mil dólares.
Roberto miró el documento.
Por primera vez, la furia de su rostro cedió ante algo parecido al miedo.
—¿De dónde sacaste eso?
—Del correo electrónico que llega a mi dirección. La misma dirección que usamos para pagar las cuentas de esta casa.
—No tenías derecho a revisar mis movimientos personales.
—¡Estamos casados! ¡La mitad de ese dinero también es mío!
Roberto dio un paso hacia ella.
—No vuelvas a hablarme como si yo fuera un ladrón.
Yasmin no retrocedió.
—Entonces deja de esconderme cosas.
Él respiró hondo, intentando recuperar el control. Se acomodó los puños de la camisa y miró los papeles como si fueran basura.
—Ya basta. Mi madre necesita ese dinero.
—¿Para qué?
—No tienes por qué saberlo todo.
—¿Está enferma?
Roberto no respondió.
—¿Tiene deudas?
Nada.
—¿Está ayudando a alguien?
Él golpeó la isla con la palma de la mano.
—¡Te dije que basta!
Yasmin se sobresaltó, pero no lloró. Había llorado demasiadas veces a solas, en el baño de su propia casa, con el agua de la regadera abierta para que Roberto no la escuchara.
Aquella noche, decidió que no volvería a hacerlo.
—Mi mamá vive en un departamento donde el aire acondicionado apenas funciona —dijo, con la voz temblorosa—. Cuando hace calor, duerme con una toalla húmeda en la frente. La semana pasada me llamó porque no podía comprar todos sus medicamentos. Y yo tuve que decirle que esperara hasta mi próximo cheque.
Roberto apartó la mirada.
—Puedo mandarle otros mil.
Yasmin lo miró fijamente.
—¿Otros mil?
—Sí. Mañana.
—Tu mamá recibe diez veces más que eso.
—No compares situaciones que no entiendes.
—¡Entonces explícame!
Roberto se pasó una mano por la cabeza calva y caminó hacia la mesa del comedor.
Allí estaba su bolsa de viaje negra.
Yasmin la observó.
—¿Qué es eso?
—No te preocupes.
—¿Te vas a algún lado?
—Necesito salir de esta casa.
Él tomó la bolsa por el asa.
Yasmin se colocó frente a la puerta que conducía al vestíbulo.
—No vas a salir de aquí sin explicarme qué está pasando.
Roberto la miró con una frialdad que ella jamás le había visto.
—Tu familia debería empezar a pagar sus propios gastos.
—¿Y qué significa eso?
Él pasó junto a ella, pero se detuvo antes de llegar a la puerta.
—Significa que, si tu madre merece recibir lo mismo que la mía, entonces quizá todos deberíamos conocer la verdad sobre quién ha estado pagando realmente por esta familia.
Yasmin sintió que se le helaban las manos.
—¿Qué verdad?
Roberto bajó la mirada hacia la bolsa negra.
Después volvió a mirarla.
—La verdad que tu propia madre lleva años ocultándote.
Y, antes de que Yasmin pudiera hacer otra pregunta, su teléfono comenzó a sonar sobre la isla de mármol.
En la pantalla apareció un nombre.
*Mamá.*
Yasmin contestó de inmediato.
—¿Mamá? ¿Qué pasó?
Al otro lado de la línea se escuchó una respiración agitada.
Después, la voz quebrada de su madre.
—Mija, necesito que escuches lo que voy a decirte. Roberto ya sabe que guardé los documentos.
Yasmin miró a su esposo.
Roberto había dejado de moverse.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué documentos, mamá? —preguntó Yasmin.
La respuesta llegó en un susurro.
—Los documentos de la casa que tu esposo cree que le pertenece.
Roberto soltó el asa de la bolsa.
Yasmin comprendió que los diez mil dólares mensuales no eran el verdadero secreto.
Capítulo completado
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