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¡Tu mamá recibe diez mil al mes y la mía solo mil! — La verdad que Roberto ocultaba iba a destruir a su familia
Capítulo 2 / 10

Capítulo 2

La casa que no era de Roberto

1319 palabras

—¡Cuelga el teléfono, Yasmin!

La voz de Roberto retumbó en la cocina.

Yasmin se apartó de él y sujetó el celular con ambas manos.

—Mamá, no cuelgues. ¿De qué estás hablando?

Su madre, Elena, respiró profundamente al otro lado de la línea.

—Mija, ¿estás sola?

Yasmin miró a Roberto.

—No. Roberto está aquí. Y dice que sabe de qué documentos hablas.

—Entonces pon el altavoz —respondió Elena—. Es hora de que los dos escuchen la verdad.

Roberto se acercó rápidamente.

—Elena, no hagas esto.

Yasmin levantó la cabeza.

—¿Por qué le tienes miedo a una conversación con mi mamá?

—Porque no sabes en qué te estás metiendo.

—¡Pues ayúdame a entenderlo!

Elena habló antes de que Roberto pudiera contestar.

—Hace siete años, cuando ustedes estaban comprometidos, tu esposo vino a verme. Me dijo que quería construir una vida contigo y que necesitaba ayuda para comprar una casa.

Yasmin frunció el ceño.

—Me dijiste que

papá había dejado un dinero para eso.

—Tu papá dejó dinero, sí. Pero no el que Roberto cree que yo le regalé.

Roberto cerró los ojos.

—Elena, por favor.

—No me pidas por favor después de lo que hiciste —contestó ella—. No después de haber usado el nombre de mi hija para quitarme lo que era mío.

Yasmin sintió un escalofrío.

—Mamá, ¿qué hizo?

Elena guardó silencio unos segundos.

—La casa donde ustedes viven se compró con un fideicomiso que tu padre creó antes de morir. Yo aporté el dinero para la compra y la escritura quedó registrada a mi nombre mientras ustedes terminaban de pagar el préstamo.

Yasmin miró lentamente alrededor de la cocina.

Aquella casa. Las ventanas enormes. El jardín perfectamente cuidado. La escalera de madera que Roberto presumía ante sus socios.

Todo parecía cambiar de significado.

—Pero Roberto siempre me dijo que la casa era suya —murmuró.

—Lo sé, mija.

Roberto dio un golpe seco sobre la mesa.

—¡Porque yo pagué las mensualidades!

—Y nadie te lo ha negado —respondió Elena—. Pero pagar una hipoteca no te convierte automáticamente en dueño de una propiedad que está legalmente a nombre de otra persona.

Yasmin lo miró.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

Roberto se pasó la mano por la barba.

—Porque quería protegerte.

—¿De qué? ¿De mi propia madre?

—¡De perderlo todo!

Elena soltó una risa triste.

—No, Roberto. Querías protegerte tú.

Yasmin sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Mamá, necesito que me expliques lo de los diez mil dólares.

—Eso también está relacionado con la casa.

Roberto agarró el teléfono e intentó quitárselo.

Yasmin retrocedió.

—¡No me toques!

Él se quedó inmóvil.

Durante siete años, Yasmin había confundido sus silencios con paciencia, sus órdenes con seguridad y sus decisiones unilaterales con la forma en que

funcionaba un matrimonio.

Pero aquella noche, por primera vez, vio al hombre que había detrás de todo eso.

Un hombre aterrorizado de perder el control.

—Elena —dijo Roberto, con una calma forzada—, si le cuentas todo ahora, vas a arruinar tu relación con tu hija.

—Tú llevas años haciéndolo por mí —contestó Elena—. Solo que ella todavía no se había dado cuenta.

Yasmin se sentó lentamente en una de las sillas.

—Mamá, sigue hablando.

—Hace cinco años, Roberto me pidió que firmara unos documentos. Dijo que eran necesarios para refinanciar la hipoteca. Yo confié en él porque era tu esposo. Me llevó los papeles a la clínica donde yo trabajaba y me dijo que, si no firmaba ese día, ustedes podían perder la casa.

Roberto apretó los dientes.

—No fue así.

—Tengo una copia de lo que firmé —continuó Elena—. Y también tengo los correos donde me explicaste para qué necesitabas mi firma.

Yasmin levantó la vista.

—¿Qué firmaste?

—Una autorización limitada para gestionar el préstamo. Pero después descubrí que alguien había presentado otros documentos ante el banco. Documentos que yo nunca había autorizado.

El silencio se volvió insoportable.

Roberto miró hacia la ventana.

—Eso es una acusación muy grave.

—Por eso guardé las pruebas.

—¿Qué pruebas? —preguntó Yasmin.

Elena respondió con una precisión que hizo temblar a su hija.

—Copias de las escrituras, las transferencias bancarias, los correos y un documento que demuestra que Roberto intentó cambiar la titularidad de la propiedad sin mi consentimiento.

Yasmin se llevó una mano a la boca.

—¿Intentó quedarse con tu casa?

—Intentó convertirla en algo que pudiera usar como garantía para conseguir dinero.

Roberto se rio brevemente.

Pero la risa sonó falsa.

—Tu madre no entiende cómo funcionan los negocios.

—Entonces explícanos por qué intentaste cambiar la escritura —dijo Yasmin.

Él no contestó.

En lugar de eso, abrió la bolsa negra y sacó una carpeta de cuero marrón.

La puso sobre la mesa.

—Muy bien. Quieren la verdad. Aquí está.

Yasmin observó cómo él sacaba varias hojas.

—Estos son los pagos de la hipoteca —dijo Roberto—. Durante años he puesto mi dinero en esta casa. Yo he mantenido a tu familia. Yo he pagado las facturas médicas de tu madre cuando tú no podías hacerlo.

—¿Y eso te daba derecho a mentirnos? —preguntó Yasmin.

—¡Me daba derecho a proteger lo que era mío!

Elena intervino desde el teléfono.

—Entonces, ¿por qué me enviaste diez mil dólares todos los meses durante los últimos dos años?

Yasmin se quedó paralizada.

—¿Qué?

Roberto giró la cabeza hacia el teléfono.

Elena continuó.

—¿De verdad creíste que no iba a preguntarme por qué me enviabas tanto dinero?

Yasmin miró a su esposo con una expresión completamente distinta.

—¿Tú le mandabas diez mil dólares a mi mamá?

—No —respondió Roberto demasiado rápido.

—Acabo de escucharla decirlo.

—Tu madre está confundida.

Elena soltó un suspiro.

—No estoy confundida, Roberto. El dinero llegaba a mi cuenta. Y cada mes me pedías que lo transfiriera a otra cuenta para pagar gastos que, según tú, estaban relacionados con la propiedad.

Yasmin sintió que la cabeza le daba vueltas.

—¿Qué cuenta?

Elena pronunció cuatro palabras.

—La cuenta de tu suegra.

Roberto cerró la carpeta de golpe.

Yasmin lo miró como si acabara de convertirse en un desconocido.

—¿Mi suegra recibe diez mil dólares de mi mamá?

—No es lo que parece —dijo él.

—¡Entonces dime qué es!

Roberto abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Elena habló de nuevo.

—Yasmin, hay algo más. Algo que descubrí hace apenas tres días.

—¿Qué cosa, mamá?

—Fui al banco para pedir una copia de los movimientos. El gerente me mostró una transferencia que nunca autoricé. Una transferencia de ciento veinte mil dólares.

Yasmin se levantó de la silla.

—¿Ciento veinte mil?

—Sí, mija. Y cuando pregunté quién había recibido ese dinero, me dieron el nombre del beneficiario.

Roberto retrocedió un paso.

Por primera vez, Yasmin vio que no estaba intentando ocultar vergüenza.

Estaba intentando ocultar pánico.

—Mamá —susurró ella—, ¿quién recibió el dinero?

Elena tardó un segundo en responder.

—Tu suegra, Patricia.

Yasmin giró lentamente hacia Roberto.

—¿Tu mamá recibió ciento veinte mil dólares de la cuenta de mi mamá?

Roberto apretó los puños.

—No entiendes lo que estás haciendo.

—No. Lo que no entiendo es por qué llevas siete años mintiéndome.

Él tomó la bolsa negra y caminó hacia la puerta.

—Voy a salir de aquí. Mañana hablaremos cuando estés más tranquila.

—No vas a salir hasta que me digas la verdad.

Roberto se detuvo.

—Si sigo aquí, perderás mucho más que una casa.

Yasmin sintió que el estómago se le hundía.

—¿Qué significa eso?

Él la miró por encima del hombro.

—Pregúntale a tu madre qué pasó con los documentos que firmó hace cinco años.

La llamada se interrumpió.

Yasmin miró la pantalla.

*Llamada finalizada.*

—¿Mamá? ¿Mamá?

No hubo respuesta.

Entonces llegó un mensaje de Elena.

Era una fotografía de un documento legal con una firma al pie.

La firma de Roberto.

Debajo, Elena había escrito:

«Mija, antes de que él se vaya, revisa la última página. Porque el nombre que aparece como propietario no es el mío… ni el suyo».

Yasmin amplió la imagen.

Leyó el nombre.

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