Yasmin regresó a casa con una sola idea en la cabeza: no iba a firmar nada, no iba a discutir sin testigos y no iba a permitir que Roberto la sorprendiera otra vez.
Capítulo 5
Yasmin regresó a casa con una sola idea en la cabeza: no iba a firmar nada, no iba a discutir sin testigos y no iba a permitir que Roberto la sorprendiera otra vez.
Cuando abrió la puerta, encontró a su esposo sentado en el comedor.
Patricia estaba a su derecha.
Sobre la mesa había tres carpetas, dos vasos de agua y una pluma negra colocada exactamente en el centro.
La escena parecía preparada para una reunión de negocios.
Roberto se levantó.
—Llegas tarde.
Yasmin cerró la puerta.
—No sabía que tenía una cita contigo.
Patricia cruzó los brazos.
—No empieces otra vez, Yasmin.
Ella dejó su bolso sobre una silla, pero conservó la carpeta de los documentos en la mano.
—¿Qué quieren?
Roberto señaló la silla frente a él.
—Siéntate. Tenemos que arreglar lo del banco.
—¿Qué pasó con el banco?
Él intercambió una mirada con su madre.
Fue breve, pero Yasmin la vio.
—Hay un problema con una transferencia —explicó Roberto—. Una operación comercial que necesita tu autorización para completarse.
—¿La transferencia de doscientos ochenta y cinco mil dólares?
Roberto dejó de
sonreír.
Patricia bajó la mirada hacia los documentos.
—¿Quién te habló de eso? —preguntó él.
—¿Importa quién me lo dijo si el documento tiene mi nombre y una firma falsa?
Roberto se reclinó en la silla.
—No es una firma falsa. Es una autorización que firmaste hace tiempo.
—Entonces no tendrás problema en decirme cuándo.
Él guardó silencio.
Yasmin colocó la carpeta azul sobre la mesa y sacó la escritura de la casa.
—También quiero saber por qué mi nombre aparece en documentos que nunca he visto.
Roberto se frotó la frente.
—Esto se está saliendo de proporción.
—No. Lo que se está saliendo de proporción es que lleves años usando dinero de mi familia sin explicarme adónde va.
Patricia golpeó la mesa con los dedos.
—Tu marido intentó ayudarte. No tenía obligación de pagar los gastos de tu madre.
Yasmin giró hacia ella.
—¿Por qué sigues hablando de mi
madre como si fuera una desconocida? ¿No acabas de recibir ciento veinte mil dólares que salieron de su cuenta?
Patricia se puso de pie.
—¡Ese dinero era para una inversión familiar!
—¿Qué inversión?
—Una propiedad.
—¿A nombre de quién?
Patricia no respondió.
Yasmin miró a Roberto.
—¿A nombre de quién?
Él se levantó lentamente.
—Patricia no tiene que responder a tus interrogatorios.
—Entonces responde tú.
Roberto apoyó las manos sobre la mesa.
—La casa que quiero comprarle a mi madre no tiene nada que ver con nuestro matrimonio.
—Excepto por los cientos de miles de dólares que estás sacando de cuentas relacionadas con mi familia.
Él golpeó la mesa.
Los vasos de agua vibraron.
—¡Yo construí todo esto!
Yasmin retrocedió un paso.
—¿Construiste qué? ¿Una vida conmigo o una historia en la que todos te debíamos algo?
Roberto la miró fijamente.
Durante unos segundos, su expresión fue tan fría que
Yasmin sintió que estaba viendo a un extraño.
—¿Quieres la verdad? —preguntó él—. Muy bien. La verdad es que, si no hubiera sido por mí, tu familia habría perdido mucho de lo que tenía.
—¿Por qué?
—Porque tu padre dejó deudas, obligaciones y problemas que nadie quería resolver. Yo los resolví.
Yasmin recordó las palabras de su madre sobre el fideicomiso.
—¿Qué deudas?
—No entiendes cómo funcionaban las cosas antes de que yo llegara.
—Entonces explícame.
Roberto recogió una de las carpetas.
—Tu padre hizo inversiones que salieron mal. Cuando murió, había pagos pendientes. Tu madre no sabía cómo manejar todo aquello. Yo negocié con los bancos, mantuve la propiedad y evité que la familia terminara en la calle.
Por primera vez, Yasmin vaciló.
¿Y si parte de aquello era cierto?
¿Y si Roberto había hecho sacrificios que nunca le había contado?
Él pareció notar su duda.
Su voz se suavizó.
—Yo te amaba, Yasmin. Todavía te amo. Quería que tuvieras una vida mejor que la que tuvieron tus padres.
Ella bajó la mirada.
Por un segundo recordó al hombre que había conocido en una fiesta de cumpleaños, cuando él le había llevado un vaso de agua porque la vio mareada. Recordó sus mensajes durante el noviazgo, sus promesas, la forma en que le había sostenido la mano en el funeral de su padre.
Entonces vio la pluma negra sobre la mesa.
Y recordó el mensaje de Daniel.
Todas las pruebas apuntarían hacia ti.
Yasmin levantó la cabeza.
—Si realmente querías ayudarme, ¿por qué necesitabas mi firma falsa?
La ternura desapareció del rostro de Roberto.
—No tienes idea de lo que cuesta mantener un negocio.
—Y tú no tienes idea de lo que cuesta confiar en alguien que te miente todos los días.
Patricia se acercó a la mesa y deslizó un documento hacia ella.
—Firma la autorización. Después podrán resolver sus problemas matrimoniales con calma.
Yasmin leyó la primera página.
El documento le otorgaba a Roberto facultades para gestionar determinadas cuentas y realizar operaciones financieras en su nombre.
La redacción era amplia.
Demasiado amplia.
—No voy a firmar esto.
Roberto apretó los dientes.
—Si no firmas, la transferencia se retrasará y podríamos perder un contrato importante.
—Entonces que se retrase.
—Podrías provocar el cierre de la empresa.
—No voy a asumir la responsabilidad por un negocio que no controlo.
Él se inclinó hacia ella.
—¿Y qué crees que pasará cuando los bancos descubran que tú también apareces en los registros?
Yasmin sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy diciendo que estamos juntos en esto.
—No. Tú hiciste esto. Yo acabo de descubrirlo.
Roberto agarró la pluma y la colocó en su mano.
—Firma.
Yasmin dejó la pluma sobre la mesa.
—No.
El golpe llegó de inmediato.
Roberto no la golpeó a ella. Golpeó la mesa con tanta fuerza que la pluma cayó al suelo.
—¡Después de todo lo que he hecho por ti!
Yasmin se quedó inmóvil.
Patricia se llevó una mano al pecho, fingiendo sorpresa.
—Roberto, cálmate. Así no vas a conseguir nada.
Yasmin miró a su suegra.
—¿De verdad viniste aquí para ayudarme o viniste porque necesitas que firme para que recibas el dinero?
Patricia se puso rígida.
—No tienes derecho a acusarme.
—Entonces responde.
—¡Ese dinero me corresponde!
El silencio cayó de golpe.
Roberto giró hacia su madre.
—Mamá, cállate.
Pero ya era demasiado tarde.
Yasmin sintió que algo encajaba.
—¿Por qué te corresponde?
Patricia cerró los ojos un instante.
Después miró a su hijo con furia.
—Porque fui yo quien convenció a Elena de entregar el dinero.
Roberto palideció.
—¿Qué acabas de decir?
Patricia se volvió hacia Yasmin.
—Tu madre no era tan inocente como crees. Cuando tu padre murió, ella me pidió ayuda para encontrar una manera de proteger el dinero de la familia. Yo la puse en contacto con personas que podían invertirlo.
Yasmin la observó sin parpadear.
—¿Y esas personas eran empresas de Roberto?
Patricia no contestó.
Roberto agarró la carpeta y la cerró de golpe.
—Se acabó esta conversación.
—No —dijo Yasmin—. Apenas está empezando.
Ella sacó su teléfono y mostró una fotografía de la transferencia.
—Quiero saber por qué mi nombre aparece aquí.
Roberto miró la pantalla.
Después miró a su madre.
Por primera vez, no parecían estar del mismo lado.
—¿Qué hiciste, mamá? —preguntó él.
Patricia retrocedió.
—Yo hice lo que tenía que hacer para protegerte.
—¿Usaste el dinero de Elena para financiar mis negocios sin decírmelo?
—¡Tú me pediste que lo hiciera!
Yasmin observó cómo Roberto se quedaba sin palabras.
Aquella discusión acababa de revelar algo que ninguno de los dos había querido admitir.
Patricia no era solamente la beneficiaria de las transferencias.
Había participado en su organización.
Pero antes de que Yasmin pudiera preguntar más, el timbre sonó.
Roberto miró la puerta.
Patricia se llevó una mano a la boca.
Yasmin caminó hacia el vestíbulo y abrió.
Un hombre de traje oscuro mostró una identificación.
—¿La señora Yasmin Morales?
—Sí.
—Soy el abogado que representa a la señora Elena Morales. Necesito entregarle estos documentos y hablar con usted sobre una solicitud presentada esta mañana.
Le entregó un sobre sellado.
Yasmin lo abrió.
En la primera página aparecía el nombre de Roberto.
En la segunda, el de Patricia.
Y en la tercera había una declaración firmada que afirmaba que Yasmin había autorizado voluntariamente la transferencia de los doscientos ochenta y cinco mil dólares.
Debajo de la declaración aparecía una copia de su identificación.
Pero la firma no era lo único que habían falsificado.
También habían cambiado una fecha.
Una fecha que demostraba que Yasmin supuestamente había aprobado la operación dos días antes de que su madre descubriera el dinero desaparecido.
El abogado la miró con seriedad.
—Señora Morales, necesito preguntarle algo antes de continuar. ¿Estaba usted en Texas el día que supuestamente firmó esta autorización?
Yasmin recordó exactamente dónde había estado aquel día.
En un hospital.
Capítulo completado
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