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¡Tu mamá recibe diez mil al mes y la mía solo mil! — La verdad que Roberto ocultaba iba a destruir a su familia
Capítulo 4 / 10

Capítulo 4

Mi suegra llegó con una carpeta idéntica

1508 palabras

Patricia no tocó el timbre.

Abrió la puerta principal con su propia llave, entró como si la casa le perteneciera y dejó su bolso de diseñador sobre la consola del vestíbulo.

Yasmin se quedó junto a la isla de mármol, con el teléfono todavía en la mano.

—¿Qué haces aquí, Patricia?

Su suegra llevaba un vestido color crema, tacones impecables y unos aretes de oro que Yasmin reconoció inmediatamente. Roberto se los había regalado por su cumpleaños, asegurándole que habían costado apenas unos cientos de dólares.

Ahora Yasmin se preguntaba si también los había comprado con el dinero de Elena.

Patricia levantó la carpeta.

—Vengo a evitar que cometas un error del que te vas a arrepentir toda tu vida.

—¿Entrar en mi casa sin permiso es tu manera de ayudarme?

La mujer apretó los labios.

—Esta casa también es de mi hijo.

—La escritura dice otra cosa.

Por primera vez, Patricia perdió su sonrisa.

Después cerró la puerta con cuidado y caminó hacia la cocina.

—Roberto me llamó. Está destrozado por lo que hiciste.

Yasmin soltó una risa seca.

—¿Lo que hice? ¿Descubrir que le envía diez mil dólares mensuales a su madre mientras le dice a su esposa que su propia madre no merece recibir la misma ayuda?

—No sabes nada de nuestras circunstancias.

—Entonces explícame las circunstancias.

Patricia dejó la carpeta sobre el mármol.

—Mi hijo tiene responsabilidades. Ha trabajado toda su vida para llegar a donde está. ¿Crees que un negocio se mantiene solo? ¿Crees que el dinero aparece mágicamente en una cuenta bancaria?

—No. Creo que el dinero desaparece cuando alguien lo usa para comprar una casa que no puede pagar.

Patricia palideció.

Yasmin observó aquel cambio con atención.

Había mencionado la casa deliberadamente.

Su suegra acababa de confirmar, sin pronunciar una palabra, que sabía exactamente de qué estaba hablando.

—¿Roberto te dijo que Elena descubrió las transferencias? —preguntó Yasmin.

—Tu madre no debería haberse metido en asuntos que no le corresponden.

—¡El dinero era suyo!

—Y mi hijo se lo iba a devolver.

—¿Cuándo?

Patricia levantó la barbilla.

—Cuando pudiera.

—¿Después de comprar tu casa? ¿Después de pagar tus viajes? ¿Después de regalarte joyas?

—¡Basta!

El grito resonó en la cocina.

Patricia se acercó hasta quedar frente a Yasmin.

—Te voy a decir algo que Roberto nunca se ha atrevido a decirte. Mi hijo se casó contigo porque te amaba, pero también porque creyó que tu familia tenía estabilidad económica. Tu padre dejó propiedades, inversiones, dinero. Roberto pensó que ustedes construirían algo juntos.

Yasmin sintió una punzada en el pecho.

—¿Estás diciendo que se casó conmigo por dinero?

Patricia no respondió inmediatamente.

Ese silencio bastó.

—No —dijo finalmente—. Estoy diciendo que un hombre inteligente piensa en el futuro.

—¿Y

una mujer inteligente qué debe hacer? ¿Aceptar que su marido la engañe porque alguna vez la quiso?

Patricia recogió la carpeta.

—Debes firmar estos documentos.

Yasmin no extendió la mano.

—¿Qué documentos?

—Una autorización para que Roberto pueda administrar la propiedad mientras resuelve sus problemas financieros. Es algo temporal. Después todo volverá a la normalidad.

—¿Administrar mi propiedad?

—No seas dramática.

—Mi nombre está en la escritura. No voy a firmar nada.

Patricia abrió la carpeta y sacó varias hojas.

—Si no firmas, el banco puede iniciar un procedimiento que afectará a todos. Roberto podría perder su negocio. Tus sobrinos podrían perder el apoyo económico que reciben. Tu madre podría quedarse sin los pagos que él le ha estado haciendo.

Yasmin la miró con incredulidad.

—¿Ahora te preocupa mi madre?

—Me preocupa la familia.

—No. Te preocupa que se cierre la llave del dinero.

Patricia golpeó los documentos contra el mármol.

—¡Eres una malagradecida! Roberto ha hecho más por ti que cualquier otro hombre habría hecho.

Yasmin sintió que las manos le temblaban, pero mantuvo la voz firme.

—Entonces no debería tener problemas para demostrar que todo lo que ha hecho es legal.

Patricia recogió las hojas y las guardó lentamente.

—Te arrepentirás de esto.

—Puede ser. Pero no voy a firmar nada que no entienda.

Su suegra se inclinó hacia ella.

—Roberto no te va a perdonar que lo humilles.

—Yo ya no estoy esperando su perdón.

Patricia la observó durante varios segundos.

Luego tomó su bolso.

—Tu madre siempre ha sido una mujer egoísta. Tu padre trabajó toda su vida para dejarles algo a sus hijos, y ella convirtió ese legado en una herramienta para controlarte.

Yasmin señaló la puerta.

—Sal de mi casa.

Patricia soltó una carcajada.

—¿Tu casa? Mi hijo pagó por esta cocina. Pagó por los muebles.

Pagó por el jardín. Pagó por cada lujo que tienes.

—Y aun así no te voy a dejar entrar aquí para amenazarme.

Patricia caminó hacia el vestíbulo.

Antes de salir, se volvió.

—Cuando Roberto te quite todo, no vengas a pedirme ayuda.

La puerta se cerró de golpe.

Yasmin permaneció inmóvil, escuchando cómo los tacones de su suegra se alejaban por el sendero.

Después corrió hacia la mesa y abrió la carpeta que Patricia había dejado olvidada.

No estaba vacía.

Entre varias copias de contratos había una hoja con el logotipo de un banco, una cantidad escrita en números y una fecha programada para el día siguiente.

*Transferencia: $285,000.*

En el apartado de beneficiario aparecía una empresa que Yasmin nunca había visto.

En el apartado de autorización figuraba su nombre completo.

Y al lado de su nombre había una firma.

Una firma que se parecía muchísimo a la suya.

Pero que ella nunca había hecho.

A la mañana siguiente, Yasmin se sentó en una cafetería cerca del centro de San Antonio. Tenía los documentos originales dentro de una carpeta y el teléfono apoyado junto a una taza de café que llevaba veinte minutos enfriándose.

A las nueve en punto, un hombre de unos cuarenta años entró y miró alrededor.

—¿Señora Morales?

—¿Daniel?

El hombre asintió y se sentó frente a ella.

—Gracias por venir.

—Me escribió que mi esposo estaba preparando algo para culparme. Quiero saber qué significa eso.

Daniel miró hacia la ventana antes de responder.

—Trabajo como contador externo de Roberto desde hace seis años. Durante mucho tiempo pensé que sus problemas financieros eran temporales. Pero hace tres meses encontré transferencias que no coincidían con los registros de la empresa.

Sacó una libreta.

—Dinero que salía de cuentas comerciales y terminaba en cuentas personales. Pagos a proveedores que nunca recibieron nada. Préstamos respaldados por propiedades cuya titularidad no estaba clara.

Yasmin colocó sobre la mesa la hoja que Patricia había dejado.

—¿Reconoce esta empresa?

Daniel la miró y se quedó rígido.

—¿De dónde sacó esto?

—De la carpeta de mi suegra.

Él leyó el nombre de la empresa otra vez.

—Esta es la compañía que iba a recibir los doscientos ochenta y cinco mil dólares.

—¿Qué hace?

Daniel respiró profundamente.

—En los documentos, presta servicios de consultoría inmobiliaria. En realidad, no he podido verificar que tenga empleados, oficinas ni operaciones comerciales legítimas.

—¿Quién es el dueño?

Daniel levantó los ojos.

—Su esposo.

Yasmin sintió un escalofrío.

—¿Está intentando sacar dinero de su propia empresa?

—De varias cuentas. Y, si la transferencia se procesa con la autorización que aparece aquí, usted podría quedar involucrada en la operación.

—Pero yo no firmé esto.

—Lo sé. Por eso la busqué.

Daniel abrió su computadora y giró la pantalla hacia ella.

Aparecía una lista de movimientos bancarios, fechas y cantidades.

Yasmin reconoció el patrón: diez mil dólares, mes tras mes, enviados a la cuenta de Elena y después transferidos a Patricia.

Pero había algo más.

Una serie de pagos más pequeños salía de una cuenta que Yasmin creía cerrada desde hacía años.

La cuenta que había abierto con Roberto cuando se comprometieron.

—Esa cuenta ya no existe —murmuró.

Daniel negó lentamente con la cabeza.

—Existe. Y sigue a su nombre.

Yasmin se llevó una mano al pecho.

—¿Cuánto dinero hay ahí?

Él señaló la última línea.

*Saldo disponible: $413,760.*

Ella dejó de respirar durante un instante.

—¿De dónde salió todo ese dinero?

Daniel cerró la computadora.

—Esa es la pregunta que debe hacerle a Roberto.

—¿Y si no me lo dice?

El contador la miró con seriedad.

—Entonces tendrá que averiguar quién ha estado depositando dinero en esa cuenta desde que usted se casó.

En ese momento, el teléfono de Yasmin vibró.

Un mensaje de Roberto apareció en la pantalla.

«Necesito que vengas a casa. Mamá está aquí. Tenemos que resolver esto antes de que el banco revise los documentos».

Daniel leyó el mensaje por encima de la mesa.

—No vaya sola.

Yasmin guardó el teléfono.

—No voy a permitir que me conviertan en la culpable de algo que no hice.

Daniel recogió su computadora.

—Entonces hay algo más que necesita saber.

Se inclinó hacia ella y bajó la voz.

—Anoche alguien solicitó una copia certificada de su identificación y de su acta de matrimonio. La solicitud se hizo desde la oficina de Roberto.

Yasmin sintió que el café frío le revolvía el estómago.

—¿Para qué necesitarían esos documentos?

Daniel no apartó los ojos de ella.

—Para demostrar que usted autorizó la transferencia.

Capítulo completado

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