La bofetada resonó en toda la joyería.
Capítulo 1
La bofetada resonó en toda la joyería.
Mercedes, una mujer de 61 años que llevaba varios años trabajando en labores de limpieza, apenas alcanzó a sostenerse del mostrador cuando Beatriz le gritó que devolviera una pulsera desaparecida.
—¡Devuélveme la pulsera, ladrona! —exigió Beatriz, señalándola frente a los clientes.
Mercedes se llevó lentamente una mano a la mejilla. El golpe le había dejado la piel ardiendo, pero lo que más le dolía era la forma en que varias personas comenzaron a mirarla como si ya hubieran decidido que era culpable.
—¿Qué pulsera? —preguntó, todavía confundida—. Yo no me he llevado nada.
—¡La que desapareció después de que limpiaras aquí! ¡No te hagas la inocente!
Mercedes había terminado su turno hacía más de una hora. Ya iba camino a casa cuando Sara, una de las empleadas más jóvenes de la joyería, la llamó para pedirle que regresara antes de irse.
La muchacha sonaba nerviosa. Le dijo que necesitaba hablar
con ella personalmente, que era importante y que no quería explicárselo por teléfono.
Mercedes pensó que quizá había olvidado alguna herramienta o que necesitaban que limpiara algo más. Aunque estaba cansada y todavía tenía que preparar la cena, decidió regresar.
Jamás imaginó que terminaría siendo humillada frente a los clientes.
—Señora Beatriz, yo limpié los pisos, los cristales y el baño —explicó, tratando de mantener la calma—. No toqué las joyas. Ni siquiera tengo autorización para abrir las vitrinas.
Beatriz soltó una carcajada despectiva.
—¿Y crees que voy a confiar en tu palabra? Mira nada más cómo vienes vestida.
Mercedes bajó la mirada hacia su uniforme azul, cuidadosamente lavado aunque desgastado por los años. Sus zapatos negros tenían las suelas reparadas y el bolso que llevaba colgado del hombro mostraba señales de mucho uso.
Nada de eso le había parecido motivo de vergüenza hasta aquel momento.
—Mi ropa no tiene
nada que ver con lo que usted me está diciendo.
—Entonces abre el bolso.
Mercedes lo sujetó contra su cuerpo.
—No. Usted acaba de pegarme. No tiene derecho a tratarme así.
Aquella negativa enfureció todavía más a Beatriz.
—¡Así que escondes algo!
Antes de que Mercedes pudiera reaccionar, Beatriz le arrancó el bolso de las manos y lo vació sobre el mostrador de cristal.
Las llaves cayeron primero, produciendo un tintineo metálico. Después aparecieron un monedero viejo, un pañuelo doblado, unas monedas y un recipiente de plástico vacío donde Mercedes había llevado su comida.
Una moneda rodó hasta el borde del mostrador y terminó en el piso.
No había ninguna pulsera.
Beatriz comenzó a revisar las pertenencias con movimientos bruscos. Abrió el monedero, sacudió el pañuelo y levantó el recipiente de comida como si esperara encontrar una joya escondida debajo.
Mercedes permaneció inmóvil.
No podía apartar los ojos de sus
cosas esparcidas sobre el cristal.
Aquel monedero lo había comprado años atrás, cuando todavía vivía su esposo. El recipiente tenía la tapa ligeramente quemada porque una vez lo había acercado demasiado a la estufa.
Eran objetos sencillos. Objetos personales que nadie tenía derecho a exhibir como pruebas de un delito.
—¡¿Dónde está?! —volvió a gritar Beatriz.
Mercedes levantó la cabeza.
—No sé de qué está hablando.
—¡Alguien se llevó esa pulsera y tú estuviste aquí esta mañana!
Fue entonces cuando una voz temblorosa interrumpió la discusión.
—¡Basta, señora Beatriz!
Sara salió de detrás del mostrador. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las manos tan tensas que apenas podía sostenerse.
—Fui yo quien llamó a Mercedes.
Beatriz giró hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
—Yo le pedí que regresara. Ella no vino porque quisiera. Vino porque necesitaba hablar con ella.
—¿Y eso qué tiene que ver con la pulsera?
Sara tragó saliva.
—Que la pulsera ya apareció.
El silencio fue inmediato.
Una clienta que observaba desde la entrada dejó de acomodarse el bolso. El hombre que estaba esperando junto a una vitrina se volvió hacia Sara.
Beatriz abrió y cerró la boca sin encontrar palabras.
—¿Cómo que apareció?
—La encontré después de que Mercedes terminó su turno —respondió la joven—. Ella no se llevó nada.
Mercedes sintió que las piernas le temblaban.
Durante varios segundos solo pudo mirar a Sara.
—Entonces… ¿por qué me hiciste regresar?
La muchacha comenzó a llorar.
—Porque necesitaba pedirle perdón.
Mercedes frunció el ceño.
—¿Perdón por qué, hija?
Sara miró hacia Beatriz, luego hacia sus propias manos.
—Porque esta mañana hice algo que no debí hacer.
Mercedes volvió la mirada al mostrador.
Allí seguían sus llaves, sus monedas y el recipiente vacío de su comida.
Beatriz intentó acercarse.
—Mercedes, podemos aclarar…
—No —la interrumpió.
La mujer de 61 años habló con una firmeza que ni ella misma esperaba.
—Me pegó, me llamó ladrona y revisó mis cosas delante de todos.
Beatriz se quedó quieta.
Mercedes señaló el mostrador.
—Ahora recoja usted todo lo que tiró.
Nadie dijo una palabra.
Y Sara comprendió que había llegado el momento de contar lo que realmente ocurrió aquella mañana, antes de que la pulsera desapareciera.
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