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BEATRIZ ABOFETEÓ A UNA EMPLEADA DE LIMPIEZA Y LE REVISÓ EL BOLSO FRENTE A TODOS… PERO LA JOVEN VENDEDORA SABÍA ALGO QUE PODÍA CAMBIARLO TODO
Capítulo 2 / 5

Capítulo 2

PARTE 2: LA ACUSACIÓN QUE COMENZÓ CON UN SILENCIO

865 palabras

Sara llevaba menos de un año trabajando en aquella joyería.

Era su primer empleo estable y le preocupaba cometer errores, especialmente cuando Beatriz estaba presente.

La encargada era conocida por su carácter exigente. Revisaba los escaparates varias veces al día, corregía a las empleadas delante de los clientes y se molestaba cuando alguna tardaba demasiado en atender.

Mercedes conocía bien aquel ambiente.

Por eso procuraba hacer su trabajo temprano, antes de que comenzara el movimiento de compradores. Entraba cuando las vitrinas todavía estaban cubiertas, limpiaba los pisos y evitaba acercarse a las piezas de exhibición.

Aquella mañana había llegado a la hora acostumbrada.

Sara estaba preparando los mostradores cuando Mercedes pasó con su carrito de limpieza.

—Buenos días, hija.

—Buenos días, señora Mercedes.

La joven estaba acomodando varias bandejas de joyería que Beatriz había pedido revisar antes de abrir. Había anillos, collares y pulseras distribuidos sobre paños oscuros.

Mercedes notó que Sara parecía preocupada.

—¿Todo bien?

—Sí, nada más estoy

un poco atrasada.

—Bueno, yo empiezo por el baño para no estorbarte.

Sara asintió y continuó con su trabajo.

Un rato después, Mercedes salió del baño y comenzó a limpiar el pasillo cercano a los mostradores. Mientras pasaba el trapeador, Sara le pidió que tuviera cuidado con una caja colocada junto a una silla.

—Claro, hija. No te preocupes.

Mercedes rodeó la caja sin tocarla.

Aquella escena, tan insignificante, terminaría convirtiéndose en el principio del problema.

Poco antes de la apertura, Sara descubrió que faltaba una pulsera de una de las bandejas.

Revisó el mostrador, levantó los paños y volvió a contar las piezas.

La pulsera no aparecía.

Sintió que se le helaba el cuerpo.

Sabía que tenía que reportar la ausencia, pero también sabía que Beatriz se enfurecería al enterarse de que no podía explicar dónde estaba una pieza bajo su responsabilidad.

Buscó nuevamente.

Nada.

Entonces recordó que Mercedes

había limpiado cerca de la caja y de los mostradores.

Al principio no pensó seriamente que la mujer hubiera tomado algo. La conocía desde que había comenzado a trabajar allí y nunca había tenido problemas con ella.

Pero el miedo comenzó a cambiar su manera de pensar.

Cuando Beatriz llegó, Sara le informó que una pulsera no estaba en su bandeja.

—¿Quién estuvo aquí esta mañana? —preguntó la encargada.

Sara enumeró las personas que habían entrado.

Al mencionar a Mercedes, Beatriz levantó inmediatamente la cabeza.

—¿La señora de limpieza?

—Sí, pero ella no tocó las vitrinas.

—¿Estás segura?

Sara dudó.

No porque hubiera visto algo sospechoso, sino porque no podía demostrar qué había ocurrido mientras ella estaba ocupada.

—No la estuve mirando todo el tiempo.

Beatriz entrecerró los ojos.

—Entonces pudo haberla agarrado.

—No dije eso.

—Pero tampoco puedes asegurar que no.

Sara guardó silencio.

Y ese silencio fue suficiente

para que Beatriz comenzara a tratar una posibilidad como si fuera un hecho.

—Cuando regrese, tenemos que revisar esto —dijo la encargada.

Mercedes, sin enterarse de aquella conversación, terminó de trabajar. Guardó sus artículos de limpieza, se lavó las manos y pasó a despedirse.

—Hasta mañana.

Sara intentó sonreír.

—Hasta mañana, señora Mercedes.

La mujer salió de la joyería convencida de que había sido un día normal.

Minutos después, Sara continuó organizando los materiales y retiró la caja que había dejado junto al mostrador.

Al mover los paños que había colocado allí durante la preparación de las vitrinas, vio un pequeño destello.

Era la pulsera.

Había quedado entre dos telas dobladas que ella misma había apartado apresuradamente al comenzar la mañana.

Sara la reconoció de inmediato.

La tomó con ambas manos, revisó que no tuviera daños y comprobó que correspondía a la pieza que había estado buscando.

Sintió alivio.

Pero después recordó la conversación con Beatriz.

Recordó el momento en que había mencionado a Mercedes.

Y, sobre todo, recordó que no había defendido a la mujer cuando su jefa comenzó a sospechar de ella.

Fue a buscar a Beatriz para informarle, pero la encargada estaba atendiendo una conversación comercial y le indicó que no la interrumpiera.

Sara regresó al mostrador y dejó la pulsera en su lugar.

Pensó en esperar a que Beatriz terminara.

Sin embargo, el paso de los minutos hizo que le costara cada vez más reconocer que había permitido una sospecha injusta.

Finalmente tomó el teléfono y llamó a Mercedes.

—Señora, ¿puede regresar un momento antes de irse a su casa?

—¿Pasó algo, hija?

Sara apretó los labios.

—Necesito hablar con usted.

—¿No puedes decirme por aquí?

—Preferiría hacerlo en persona.

Mercedes aceptó.

Lo que Sara no hizo fue decirle a Beatriz que la pulsera había aparecido antes de que Mercedes cruzara nuevamente la puerta.

Cuando vio entrar a la mujer con su bolso al hombro, supo que había cometido un segundo error.

Beatriz la reconoció y se dirigió hacia ella.

Sara abrió la boca para intervenir.

Pero la acusación llegó primero.

Después vino la bofetada.

Y Sara se quedó paralizada mientras la mujer que había regresado por una simple llamada era tratada como una delincuente.

Ahora, frente a Mercedes y a los clientes que habían presenciado aquella escena, la joven tuvo que admitir algo mucho más difícil que haber extraviado una pulsera.

Había permitido que otra persona pagara por su miedo.

Capítulo completado

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