Beatriz llevó una mano al mostrador y miró a Mercedes con una mezcla de molestia y preocupación.
Capítulo 4
Beatriz llevó una mano al mostrador y miró a Mercedes con una mezcla de molestia y preocupación.
—¿Está diciendo que va a presentar una queja?
—Estoy diciendo que voy a contar lo que pasó —respondió Mercedes—. No tengo por qué esconderlo.
Sara intervino.
—Yo puedo explicar dónde encontré la pulsera.
Beatriz se volvió de inmediato.
—Tú ya has hablado suficiente.
La joven se quedó quieta.
Por un instante pareció dispuesta a retroceder, como había hecho aquella mañana. Después levantó la cabeza.
—No, señora. No he hablado suficiente.
La encargada frunció el ceño.
—Sara, recuerda que estás trabajando.
—Precisamente porque estoy trabajando tengo que decir la verdad. La pulsera estaba entre los paños que yo había guardado. Mercedes no tuvo nada que ver.
Beatriz miró hacia la entrada.
Los clientes que habían presenciado el incidente seguían allí. Una mujer de cabello canoso se acercó discretamente al mostrador.
—Yo vi cuando usted le quitó el bolso —dijo, dirigiéndose a Beatriz—. También vi cuando le pegó.
La encargada se puso
rígida.
—Señora, es un asunto interno.
—La golpeó delante de nosotros —respondió la clienta—. No fue algo privado.
Mercedes sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
No conocía a aquella mujer. Tampoco necesitaba que alguien hablara por ella.
Pero escuchar que otra persona estaba dispuesta a reconocer lo ocurrido le dio fuerzas para continuar.
—Gracias —le dijo en voz baja.
La clienta asintió y retrocedió.
Beatriz tomó aire.
—Mercedes, reconozco que actué precipitadamente. Estaba preocupada por la mercancía.
Mercedes esperó.
—Lamento lo que pasó —añadió Beatriz.
La mujer de limpieza no respondió inmediatamente.
Había pasado buena parte de su vida escuchando disculpas pronunciadas con la intención de terminar una conversación incómoda.
Conocía la diferencia entre reconocer un daño y tratar de evitar sus consecuencias.
—¿Qué es exactamente lo que lamenta? —preguntó.
Beatriz parpadeó.
—¿Cómo dice?
—Quiero saber qué está reconociendo.
La encargada miró a Sara y luego
a Mercedes.
—No debí acusarla sin tener toda la información.
Mercedes asintió.
—¿Y la bofetada?
Beatriz bajó los ojos.
—Tampoco debí pegarle.
—¿Y revisar mis pertenencias?
Hubo otra pausa.
—Tampoco.
Mercedes respiró profundamente.
—Eso era lo que necesitaba escuchar.
Beatriz pareció relajarse.
—Entonces podemos resolverlo entre nosotras.
—No he dicho eso.
La encargada volvió a tensarse.
Mercedes sacó su teléfono del bolso.
Sus dedos todavía temblaban un poco mientras buscaba la aplicación de notas.
—Voy a escribir lo que ocurrió antes de que se me olvide algún detalle.
Beatriz se acercó.
—No creo que sea necesario llegar a esos extremos.
Mercedes levantó la mirada.
—Usted decidió que podía registrarme sin pruebas. Yo estoy decidiendo dejar constancia de lo que hizo.
Sara se aproximó al otro lado del mostrador.
—Señora Mercedes, yo puedo darle mi versión por escrito.
Mercedes la observó durante unos segundos.
—¿Estás dispuesta a decir también que encontraste
la pulsera antes de que yo llegara?
—Sí.
—¿Y que no avisaste a tiempo?
Sara asintió.
—También.
La mujer de limpieza guardó silencio.
Durante toda la tarde, Sara había intentado pedirle perdón. Pero ahora estaba comenzando a hacer algo diferente: asumir las consecuencias de su propio comportamiento.
—Entonces escríbelo con calma —dijo Mercedes—. No pongas nada que no hayas visto ni escuchado.
Sara fue por una hoja de papel.
Beatriz no intervino.
Mercedes anotó la hora aproximada de su regreso a la joyería, las palabras que recordaba y los objetos que habían caído de su bolso. Escribió que Beatriz la golpeó en la cara antes de exigirle que abriera sus pertenencias.
También registró que la pulsera ya había sido encontrada cuando ella llegó.
Cuando terminó, guardó el teléfono.
—Voy a informar de esto a la empresa que me contrató para limpiar aquí.
Beatriz se acomodó el saco.
—Eso podría complicar nuestra relación comercial.
Mercedes sostuvo su mirada.
—Lo que complicó las cosas fue lo que usted hizo.
La encargada no tuvo respuesta.
Sara terminó su declaración, la leyó y se la mostró a Mercedes.
La mujer revisó las líneas despacio.
Allí estaba la explicación de la pulsera, los paños doblados, la conversación de la mañana y el momento en que Sara descubrió la joya.
No era una declaración perfecta. La muchacha había tenido que tachar algunas palabras y corregir la hora en que hizo la llamada.
Pero decía la verdad.
—Gracias —respondió Mercedes.
Sara se secó las lágrimas.
—¿Podrá perdonarme algún día?
Mercedes dobló la hoja.
—No lo sé, hija.
La respuesta hizo que Sara levantara la mirada.
—Necesito tiempo. Lo que pasó hoy no se arregla solo porque las dos estemos tristes.
Sara asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Mercedes tomó su bolso y se dirigió hacia la salida.
Pero antes de cruzar la puerta, Beatriz volvió a hablar.
—Mercedes, espere un momento.
La mujer se detuvo.
—¿Ahora qué?
Beatriz miró la mejilla enrojecida de la trabajadora y luego bajó la vista.
—Quiero saber si piensa volver a limpiar aquí mañana.
Mercedes permaneció en silencio.
Era la pregunta que había temido escuchar desde el momento de la bofetada.
Porque necesitaba trabajar.
Pero también sabía que su respuesta determinaría cómo iba a tratarse a sí misma de allí en adelante.
Capítulo completado
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