—Yo encontré la pulsera antes de que Mercedes regresara —confesó Sara.
Capítulo 3
—Yo encontré la pulsera antes de que Mercedes regresara —confesó Sara.
Beatriz la miró con incredulidad.
—¿Y por qué no me avisaste?
—Intenté hacerlo, pero usted me dijo que no la interrumpiera. Después pensé que podría explicárselo cuando terminara.
—¡Debiste insistir!
Sara bajó la cabeza.
—Sí. Debí hacerlo.
Mercedes escuchó sin moverse.
La confesión aclaraba dónde había estado la pulsera, pero todavía no explicaba por qué Sara la había hecho regresar.
—¿Para qué me llamaste, hija? —preguntó.
Sara respiró hondo.
—Porque cuando no encontraba la pulsera, Beatriz me preguntó quién había estado cerca del mostrador. Le dije que usted había limpiado por ahí.
Mercedes asintió lentamente.
—Eso es verdad. Limpié el piso.
—Pero también dije que no la había estado vigilando todo el tiempo.
El rostro de Mercedes cambió.
—¿Y eso qué significaba?
Sara comenzó a llorar otra vez.
—Que dejé que pensara que usted podía haberla tomado.
Las palabras quedaron suspendidas entre las tres mujeres.
Mercedes sintió una tristeza distinta
a la que le había provocado la bofetada.
Había tratado a Sara con cariño desde que llegó a trabajar. Cuando la muchacha se quedaba a cubrir turnos largos, Mercedes le ofrecía parte de su comida. Cuando tenía dificultades para limpiar una vitrina sin dejar marcas, le enseñaba a usar los paños adecuados.
Nunca le había pedido nada a cambio.
—Sara, mírame.
La joven levantó los ojos.
—¿Tú creías que yo había robado esa pulsera?
—No estaba segura de lo que había pasado.
—No te pregunté eso.
Sara apretó los labios.
—No quería creerlo.
Mercedes sostuvo su mirada.
—Pero permitiste que alguien más lo creyera.
La muchacha asintió.
—Sí.
Mercedes miró a Beatriz.
—Y usted ni siquiera me preguntó qué había pasado antes de pegarme.
La encargada intentó recuperar el control.
—Aquí manejamos mercancía muy costosa. No podemos permitirnos pérdidas.
—Yo tampoco puedo permitirme perder mi trabajo —respondió Mercedes—. Pero eso
no me da derecho a pegarle a nadie cuando tengo miedo.
Uno de los clientes bajó la mirada.
Beatriz endureció la expresión.
—Entienda que fue un malentendido.
Mercedes señaló su mejilla.
—Un malentendido es confundir una fecha o entregar una bolsa equivocada. Usted me golpeó.
Beatriz no respondió.
Mercedes tomó aire.
—Y después abrió mis pertenencias sin mi permiso.
La encargada miró los objetos desparramados.
Por primera vez pareció darse cuenta de que seguían allí.
Se acercó al mostrador, tomó el monedero y comenzó a guardar las monedas dentro.
Luego levantó las llaves.
Mercedes no se movió.
Beatriz recogió el pañuelo, pero lo dejó arrugado sobre el recipiente.
—Ya está —murmuró.
—Todavía falta una moneda —dijo Mercedes.
La encargada miró alrededor.
La moneda seguía en el piso, junto a la vitrina.
Beatriz dudó.
Mercedes permaneció de pie.
Finalmente, Beatriz se agachó para recogerla.
Nadie se rio. Nadie aplaudió.
Aquello no
era un espectáculo.
Era una mujer obligada a hacerse responsable, aunque fuera por unos segundos, de lo que había hecho.
Cuando Beatriz colocó la moneda sobre el mostrador, Mercedes abrió su bolso y comenzó a guardar sus pertenencias.
Lo hizo despacio.
Revisó su monedero, acomodó las llaves y dobló el pañuelo antes de meterlo.
Sara dio un paso hacia ella.
—Señora Mercedes, perdóneme.
Mercedes levantó la mirada.
—¿Sabes qué fue lo peor, hija?
Sara negó.
—Que regresé porque tú me lo pediste. Pensé que necesitabas ayuda.
La joven se tapó la boca para contener el llanto.
—Lo sé.
—Y cuando me acusaron, tú ya sabías que la pulsera había aparecido.
—Sí.
—¿Por qué no hablaste desde el principio?
Sara tardó varios segundos en responder.
—Me dio miedo perder el trabajo.
Mercedes cerró el bolso.
—A mí también me da miedo perderlo.
La sencillez de aquella respuesta hizo que Sara bajara la cabeza.
Mercedes continuó:
—Tengo 61 años. No es fácil encontrar quién quiera contratarte a esta edad. He pasado muchos años trabajando, y jamás había tenido que defenderme de una acusación así.
Se tocó ligeramente la mejilla.
—Pero que necesite este sueldo no significa que tenga que aceptar cualquier trato.
Beatriz se cruzó de brazos.
—Nadie está diciendo que deba aceptar nada. Ya apareció la joya. Podemos dejar el asunto aquí.
Mercedes la miró.
—Para usted sería muy cómodo.
—¿Qué pretende entonces?
Mercedes observó la puerta de la tienda y después el mostrador.
—Quiero que quede claro que la pulsera apareció donde una empleada la había dejado por error. Y que usted me acusó sin tener pruebas.
Beatriz miró a los clientes.
—No hace falta seguir hablando de esto.
—Sí hace falta —respondió Mercedes—. Porque si mañana alguien pregunta por qué dejé de venir, no quiero que usted diga que fue por la desaparición de una joya.
Aquella frase cambió la conversación.
Hasta ese momento, Beatriz había intentado cerrar el incidente como una discusión incómoda.
Mercedes acababa de dejar claro que no permitiría que aquella acusación la siguiera fuera de la tienda.
Capítulo completado
Has llegado al final de este capítulo.
Seguir leyendo
Más mundos en los que perderte después de este capítulo.