Las personas comenzaron a levantarse lentamente.
Capítulo 3
Las personas comenzaron a levantarse lentamente.
Algunos miraban hacia otro lado para no aumentar la humillación.
Otros susurraban.
Pero Eleanor solo miraba a su hijo.
Cuando Charles pasó junto a ella, Eleanor tomó su brazo.
—No tenías que hacer esto por mí.
Él se detuvo.
—No lo hice solamente por ti.
—¿Entonces?
Charles miró a Isabella.
—Lo hice porque estaba a punto de prometerle toda mi vida a alguien a quien ya no conozco.
Salieron juntos de la iglesia.
En el estacionamiento, Eleanor vio la vieja camioneta azul con la que había llegado.
Junto a ella había automóviles de lujo, camionetas nuevas y el vehículo alquilado que Isabella había elegido para abandonar la ceremonia.
De pronto Charles comenzó a reír.
Eleanor lo miró sorprendida.
—¿Qué pasa?
—El olor.
—¿Qué?
Charles negó con la cabeza.
—Te pusiste el perfume que te regalé.
Eleanor sonrió con tristeza.
—Sí.
—No hueles a granja.
Ella miró sus zapatos.
Todavía tenían
una pequeña mancha de tierra seca junto al tacón.
—Tal vez un poquito.
Charles la abrazó.
Esta vez Eleanor no intentó contener las lágrimas.
Pero mientras la abrazaba, Charles vio algo dentro de la camioneta de su madre.
Un sobre amarillo.
En una esquina estaba escrito el nombre de la empresa inmobiliaria que había gestionado la venta de los dieciocho acres.
Charles se separó.
—¿Qué es eso?
Eleanor miró hacia el asiento.
Su expresión cambió.
—Nada.
Charles conocía demasiado bien a su madre.
—Mamá.
Ella suspiró.
—La segunda parte del pago de la tierra.
Charles frunció el ceño.
—¿Segunda parte?
Eleanor abrió la puerta de la camioneta.
Sacó el sobre.
Y entonces Charles descubrió que su madre todavía estaba sacrificando mucho más de lo que él imaginaba.
Dentro del sobre había documentos de la venta.
Charles los revisó en silencio.
El acuerdo no había sido tan sencillo como Eleanor había
hecho parecer.
El comprador había pagado una parte al firmar y debía completar el resto semanas después.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—No importa.
—Mamá.
—Veintiocho mil.
Charles pasó otra hoja.
Entonces encontró algo más.
Una copia de una cotización.
No tenía relación con la casa.
Era del servicio de catering de la boda.
Charles levantó la vista.
—¿Qué es esto?
Eleanor cerró los ojos.
—No quería que lo supieras hoy.
—¿Pagaste también parte de la boda?
—Solo el depósito del catering.
—¿Cuánto?
—Charles…
—¿Cuánto?
—Doce mil.
Él dejó caer los brazos.
—¿Por qué?
—Porque tuvieron un problema con el presupuesto.
Charles sintió un nudo en el estómago.
Recordaba esa conversación.
Isabella le había dicho que su padre había sufrido un retraso temporal con una inversión y que Eleanor había “prestado un poco”.
Nunca mencionó cantidad.
Nunca mencionó que provenía de la venta.
—¿Ella te lo pidió?
Eleanor tardó demasiado en contestar.
—Sí.
Charles apretó la mandíbula.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses.
—¿Y qué te dijo?
—Que no quería preocuparte.
—Eso siempre dice cuando no quiere que yo sepa algo.
Eleanor guardó los documentos.
—No quiero convertir esto en una lista de pecados.
—No estoy haciendo una lista.
—Sí la estás haciendo.
Charles la miró.
Ella tocó su brazo.
—Y entiendo por qué. Pero si empiezas a revisar cada conversación de los últimos dos años buscando algo terrible, vas a terminar destruyéndote tú también.
Charles guardó silencio.
Su madre tenía razón.
Pero también sabía que ya no podía volver a mirar su relación como antes.
—¿Por qué aceptaste?
Eleanor respiró profundamente.
—Porque estabas feliz.
—Eso no es suficiente.
—Para una madre a veces parece suficiente.
—No debió serlo.
Eleanor lo miró sorprendida.
Charles continuó.
—No quiero que vendas cosas que amas para sostener una vida que yo no puedo pagar.
—No hiciste nada malo.
—Permití cosas.
—No sabías.
—No quise saber.
Esa frase quedó entre los dos.
Charles recordó momentos que había apartado porque resultaba más fácil.
La vez que Isabella criticó la ropa de Eleanor durante una cena.
La vez que dijo que prefería no invitarla a una fiesta porque “sus amigos eran diferentes”.
La Navidad en que Isabella rechazó quedarse en la granja y Charles decidió acompañarla a un hotel para evitar una discusión.
Cada vez había encontrado una explicación.
Cansancio.
Estrés.
Diferencias de personalidad.
Ahora comprendía que la ceremonia no había creado el problema.
Solo lo había vuelto imposible de ignorar.
Durante las siguientes horas, Charles y Eleanor regresaron a la granja.
No fueron a la recepción.
No respondieron llamadas.
Eleanor se quitó el vestido azul, guardó cuidadosamente los zapatos y volvió a ponerse sus pantalones de trabajo.
Charles se quedó sentado en la cocina.
Sobre la mesa había una fotografía antigua de Thomas.
—Papá me habría golpeado en la cabeza —dijo.
Eleanor sirvió café.
—Tu padre nunca te golpeó.
—Metafóricamente.
—Ah. Entonces sí.
Charles sonrió por primera vez.
Eleanor se sentó frente a él.
—¿La amas?
La pregunta lo sorprendió.
—Sí.
—Entonces esto va a doler.
Charles miró la taza.
—Pensé que me dirías que me olvidara de ella.
—No funciona así.
—Después de lo que hizo…
—Lo que hizo estuvo mal.
Eleanor colocó ambas manos alrededor de su café.
—Pero no tienes que fingir que dejaste de quererla solo porque descubriste algo terrible sobre ella.
Charles sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—No sé qué hacer con eso.
—Nada hoy.
—Cancelé nuestra boda.
—Sí.
—Frente a doscientas personas.
—También.
—¿Y me dices que no haga nada?
—Te digo que no tomes otras diez decisiones mientras todavía estás tratando de entender la primera.
Charles soltó aire.
Afuera, el sol comenzaba a caer sobre el campo.
Los dieciocho acres vendidos ya no pertenecían a Eleanor.
Desde la ventana todavía podían verse a lo lejos.
Una nueva cerca dividía la propiedad.
Charles la señaló.
—Voy a devolverte el dinero.
—No.
—Mamá.
—Fue un regalo.
—Uno que no debiste hacer.
—Eso podemos discutirlo durante los próximos veinte años.
Charles negó con la cabeza.
—Voy a vender la casa.
Eleanor lo miró.
—Esa decisión es tuya.
—No quiero vivir ahí.
—Entonces no vivas.
—Con lo que recupere, te devolveré los ciento cuarenta mil.
—No necesito…
—Yo sí.
Eleanor guardó silencio.
Charles sostuvo su mirada.
—Necesito hacerlo.
Ella comprendió.
No era solo dinero.
Era una forma de reparar algo dentro de él.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero primero revisa qué obligaciones tienes con Isabella. No hagas tonterías.
Charles sonrió.
—Eso sonó muy poco maternal.
—Tengo una granja. No tiempo para dramas.
Capítulo completado
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