Aquella noche, el teléfono de Charles vibró más de treinta veces.
Capítulo 4
Aquella noche, el teléfono de Charles vibró más de treinta veces.
Isabella.
Victoria.
Amigos.
Familiares.
No respondió hasta pasadas las diez.
El mensaje de Isabella era breve.
**Necesito hablar contigo. Sin mis padres. Sin los tuyos. Solo nosotros.**
Charles lo leyó dos veces.
Eleanor entró a la cocina.
—¿Ella?
Él asintió.
—¿Vas a verla?
Charles observó el mensaje.
—Sí.
Eleanor no intentó detenerlo.
Al día siguiente, Isabella llegó a la granja.
No llevaba maquillaje.
No llevaba ropa elegante.
Tampoco llevaba la expresión desafiante de la iglesia.
Se quedó junto a su automóvil mirando la casa, los corrales y la tierra.
Charles salió.
Isabella respiró profundamente.
—No vine para convencerte de casarte conmigo.
—Bien.
—Vine porque necesito decirte la verdad.
Charles no respondió.
Ella miró hacia el potrero.
—Y hay algo que tu mamá no sabe.
Charles endureció el rostro.
—¿Qué?
Isabella sacó una carpeta de su bolso.
—La verdadera razón por la que insistí tanto en esa casa.
Charles no tomó
la carpeta.
—Si esto es otra excusa…
—No lo es.
Isabella la dejó sobre el cofre de su automóvil.
—Mis padres no podían ayudarnos.
Charles soltó una risa amarga.
—Eso ya lo descubrí.
—No. No entiendes.
Ella miró hacia la casa de Eleanor.
—Yo sabía desde el principio que no podían.
Charles permaneció en silencio.
Isabella explicó que su padre había tenido problemas financieros durante casi dos años. No estaba en la ruina, pero varios negocios habían salido mal y la familia seguía gastando como antes para evitar que sus conocidos lo notaran.
Por eso Isabella había querido demostrar que todo seguía bien.
La casa.
La boda.
El vestido.
Las fotografías.
No eran solo cosas que deseaba.
Eran pruebas.
Pruebas de que su familia seguía perteneciendo al mundo que ella había construido alrededor de sí misma.
—Cuando encontramos la casa —dijo—, sabía que mis papás no podían pagar el enganche.
—Entonces debiste decírmelo.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De que pensaras que yo no era quien creías.
Charles negó con la cabeza.
—Así que mentiste hasta convertirte exactamente en alguien que no conocía.
Isabella cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta directa lo sorprendió.
—¿Cómo convenciste a mi mamá?
—Fui a verla.
Charles sintió rabia.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Qué le dijiste?
Isabella tardó un momento.
—Que quería darte una vida estable. Que aquella casa era perfecta para formar una familia. Que mis padres pondrían una parte después, cuando pudieran.
Charles abrió la carpeta.
Había copias de mensajes.
Correos.
Comprobantes.
Entre ellos aparecía una transferencia de Victoria a Isabella por cinco mil dólares.
Nada cercano a los ciento cuarenta mil que Isabella había insinuado.
—¿Por qué tienes esto?
—Porque quiero que sepas exactamente qué hice.
Charles pasó las páginas.
—¿Y el catering?
Isabella bajó la cabeza.
—También fui yo.
—¿Mis doce mil?
—Los de
tu mamá.
Charles cerró la carpeta con fuerza.
—¿Y luego te atreviste a tratarla así?
Isabella comenzó a llorar.
—Eso es lo que no puedo justificar.
Charles permaneció inmóvil.
—Entonces no lo hagas.
Ella asintió.
—Durante mucho tiempo me convencí de que Eleanor me juzgaba.
—Mi mamá apenas habla cuando está contigo.
—Lo sé.
Isabella se secó las lágrimas.
—Ahora lo sé.
Durante años había interpretado la tranquilidad de Eleanor como superioridad. Cada vez que la mujer reparaba algo sola, trabajaba sin quejarse o rechazaba comprar cosas que no necesitaba, Isabella sentía que estaba siendo comparada.
Pero Eleanor nunca la había comparado.
Isabella se comparaba sola.
—Ayer, cuando se acercó a abrazarme —continuó—, vi tierra en uno de sus zapatos.
Charles no dijo nada.
—Había fotógrafos. Mis amigas. Personas que llevo años tratando de impresionar.
Su voz se quebró.
—Y pensé en cómo se vería.
Charles la observó.
—Eso dice mucho.
—Sí.
—Más de lo que quizá querías que yo supiera.
—Sí.
El silencio duró varios segundos.
Isabella empujó la carpeta hacia él.
—No espero que regreses conmigo.
Charles levantó la vista.
—Entonces ¿por qué viniste?
—Porque ayer perdí una boda.
Respiró profundamente.
—Pero si salgo de aquí diciendo que todo ocurrió porque tu mamá olía a granja, no voy a aprender nada.
Charles no esperaba esa respuesta.
Isabella miró la propiedad.
—Vine a pedirle perdón.
—Ella está trabajando.
—Esperaré.
Eleanor apareció casi una hora después conduciendo un pequeño tractor.
Se detuvo al ver el automóvil de Isabella.
Bajó lentamente.
Isabella caminó hacia ella.
Charles permaneció lejos.
Aquello no le pertenecía.
Isabella se detuvo a varios pasos.
—Señora Eleanor.
—Isabella.
—No vengo a pedirle que convenza a Charles de regresar conmigo.
Eleanor se quitó los guantes.
—Está bien.
—Tampoco quiero decirle que estaba nerviosa o estresada.
Eleanor esperó.
Isabella tragó saliva.
—La humillé porque me avergonzaba que mis amigos supieran de dónde había salido realmente el dinero que yo presumía.
Eleanor no cambió de expresión.
—Y eso fue cruel.
—Sí.
—¿Y mentiste sobre la casa?
—Sí.
—¿Sobre la boda?
—También.
Eleanor miró a Charles a lo lejos.
Después volvió hacia Isabella.
—Me debes una disculpa.
—Lo sé.
—Pero le debes algo más grande a él.
Isabella asintió.
—La verdad.
—Exacto.
Isabella extendió las manos.
—Perdón.
Eleanor permaneció quieta.
—Te perdono.
Isabella comenzó a llorar.
Pero Eleanor continuó.
—Eso no significa que confíe en ti.
La joven levantó la mirada.
—Lo entiendo.
—Ni significa que Charles deba volver contigo.
—Lo entiendo.
—Perdonar no borra consecuencias.
Isabella asintió lentamente.
—Lo sé.
Eleanor se puso nuevamente los guantes.
—Entonces tal vez aprendiste algo.
No hubo abrazo.
No hubo reconciliación repentina.
Isabella regresó a su automóvil.
Antes de entrar, miró a Charles.
—Voy a devolver todo lo que pueda.
—¿Cómo?
—Vendiendo cosas.
—¿Qué cosas?
Isabella soltó una sonrisa triste.
—Empezando por ese vestido ridículo.
Charles casi sonrió.
Casi.
Ella abrió la puerta.
—Te mandaré cada comprobante.
—No necesito…
—Yo sí.
Las mismas palabras que Charles había dicho a Eleanor.
Él lo notó.
Isabella también.
Se fue.
Durante las semanas siguientes, la casa salió a la venta.
Charles consultó a un abogado sobre las obligaciones de ambos porque todavía no estaban casados, pero algunas compras y contratos se habían hecho conjuntamente. No hubo soluciones mágicas.
Hubo papeleo.
Pérdidas.
Penalizaciones.
Conversaciones incómodas.
La casa terminó vendiéndose por un poco menos de lo que habían pagado.
Después de cubrir gastos y obligaciones, Charles devolvió a Eleanor buena parte del dinero que había aportado.
Ella protestó.
Él insistió.
Isabella vendió joyas, bolsas de diseñador y el vestido de novia.
Pagó directamente a Eleanor el dinero del catering.
No pidió nada a cambio.
Pasaron cuatro meses.
Charles no volvió con ella.
Tampoco inició otra relación.
Una tarde, mientras reparaba una cerca junto a su madre, Eleanor señaló un automóvil que avanzaba por el camino.
Capítulo completado
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