"¿Cómo que no se han solicitado donativos?", preguntó Jonathan.
Capítulo 3
"¿Cómo que no se han solicitado donativos?", preguntó Jonathan.
Su dedo permanecía sobre la última línea de la portada.
Dejé de sonreír.
Aquella pregunta no formaba parte de lo que había preparado.
El encabezado decía: "Bienvenidos a mi hogar. Jornada voluntaria de libros para las bibliotecas comunitarias".
Debajo había aclarado que la actividad era gratuita y que mi casa no ofrecía hospedaje.
Mi intención había sido sencilla.
Si Brenda quería presentarme como una mujer dispuesta a servir a veintidós personas, conocerían el trabajo al que yo sí estaba dispuesta a dedicar mi tiempo.
Durante tres horas, quienes quisieran podrían ayudar a clasificar libros para dos bibliotecas de la zona.
Quienes no quisieran participar encontrarían en la segunda página una lista de hoteles y restaurantes cercanos.
Nadie estaba obligado a quedarse.
Y yo no iba a cocinar ni a ceder mi recámara.
Greta había preparado cajas limpias, etiquetas y agua.
Marshall había llevado mesas plegables y una lona para dar
sombra a la terraza.
Los tres automóviles transportaban libros y a los empleados municipales que habían aceptado entregarlos y recogerlos al terminar.
Todo lo había explicado en el correo que les envié aquella mañana.
Todo, salvo una donación de dinero.
"Yo no he solicitado ninguna", respondí.
Jonathan miró a Brenda.
Ella cerró la carpeta.
"Es una manera de decir que no hay que aportar nada adicional."
"No", dije. "Significa exactamente lo que está escrito."
Mercedes bajó del primer automóvil con una caja entre los brazos.
Al verme, dejó de caminar.
Me conocía lo suficiente para advertir que algo acababa de cambiar.
Diana Westfield abrió su bolso y sacó el teléfono.
"Brenda, tú nos enviaste una invitación distinta."
Bernardo se acercó a su esposa.
"Podemos aclararlo adentro."
"Antes quisiera saber qué les prometieron", respondí.
Diana me mostró una imagen.
La fotografía era de mi casa.
La misma que había mandado a
Bernardo cuando el vendedor aceptó mi oferta.
Pero sobre las contraventanas azules habían colocado un nombre que yo jamás había visto.
"Casa de Lectura Dorotea. Fin de semana de benefactores."
Sentí que la llave se me clavaba en la palma.
Más abajo aparecía mi nombre completo.
Directora fundadora.
La invitación ofrecía alojamiento, comidas y una presentación del programa educativo que comenzaría próximamente.
"Yo no escribí esto."
Brenda se quitó los lentes de sol.
"Usamos tu experiencia para explicar el proyecto."
"¿Qué proyecto?"
"El que siempre has querido hacer. Ayudar a los niños con los libros."
La observé durante unos segundos.
Había trabajado treinta y dos años para acercar a las personas a la lectura.
Aquello no les daba derecho a convertir mi jubilación en una obligación que pudieran vender.
Ricardo Thompson se aclaró la garganta.
"Brenda nos dijo que estabas emocionadísima."
"Estoy emocionada por mi casa", respondí. "La compré ayer."
La madre de Brenda miró hacia las dos pequeñas ventanas de la planta alta.
Por primera vez pareció preguntarse dónde iban a dormir todos.
Jonathan abrió una aplicación en su teléfono.
"Hicimos una aportación para el arranque del programa."
"¿Cuándo?"
"El martes."
Yo había firmado la compra el viernes.
Todavía ni siquiera era propietaria cuando habían comenzado a recaudar dinero usando mi dirección.
"¿Cuánto?", pregunté.
"Sesenta mil pesos."
Uno de los socios de Bernardo levantó la cabeza.
"Nosotros también hicimos una transferencia."
Brenda miró rápidamente hacia los tres vehículos.
Los empleados municipales se habían detenido junto a las cajas de libros.
Mercedes les pidió que esperaran bajo la sombra.
Yo extendí la mano hacia Diana.
"¿Me permite ver a nombre de quién hicieron el pago?"
Brenda intentó interponerse.
"Esto no tiene por qué hacerse frente a todo el mundo."
"No fui yo quien los invitó con información falsa."
Diana me entregó el teléfono.
Leí el comprobante.
Después acerqué la pantalla porque creí haberme equivocado.
El dinero no había sido enviado a una biblioteca.
Tampoco al ayuntamiento.
Ni siquiera a una cuenta de Brenda.
El beneficiario era mi exesposo.
Héctor.
"¿Por qué mi exmarido está cobrando dinero por un proyecto que lleva mi nombre?"
Bernardo dejó de mirar a Brenda.
Aquello me dolió antes de que dijera una sola palabra.
La sorpresa estaba en mi rostro.
No en el suyo.
"Papá estaba ayudándonos con la organización."
"¿Desde cuándo?"
Mi hijo pasó la lengua por sus labios.
"Hace unas semanas."
Una brisa levantó la esquina de la invitación que Diana acababa de imprimir desde su correo y traía entre sus documentos.
La sujeté sobre una de las mesas plegables.
Necesitaba ver algo quieto.
"Anoche me dijiste que esto se decidió después de cerrar la cuenta."
Bernardo miró a sus socios.
"La celebración sí."
"Pero llevaban semanas preparando lo demás."
No respondió.
Brenda se adelantó.
"La cuenta de Westfield es un contrato de la empresa. Esto era una iniciativa aparte. Nadie está diciendo que sean lo mismo."
Jonathan la miró fijamente.
"Entonces debiste presentarlas por separado desde el principio."
Uno de los socios pidió a Bernardo que le entregara la invitación completa.
Mi hijo buscó el archivo sin levantar la cabeza.
Yo me volví hacia los empleados municipales.
"Necesito aclarar algo antes de descargar los libros. ¿Alguien les había presentado un proyecto con mi nombre?"
La mujer que coordinaba la entrega negó.
"Nosotros recibimos hoy su invitación para clasificar donaciones. Nada más."
Señaló las cajas.
"Los libros siguen destinados a las bibliotecas que usted indicó."
Aquella respuesta me sostuvo.
Al menos una parte de lo que estaba ocurriendo era exactamente lo que yo había organizado.
Pedí que dejaran los materiales bajo la lona mientras resolvíamos la confusión.
Después miré a Brenda.
"Llama a Héctor."
"No hace falta."
"Entonces lo llamaré yo."
Mi exesposo contestó al segundo intento.
Se escuchaba música en el fondo.
"Dorotea. ¿Qué tal la inauguración?"
Hubo un pequeño movimiento entre quienes estaban más cerca.
Puse el altavoz.
"¿La inauguración de qué, Héctor?"
La música bajó.
"Del centro. No empieces con tus precisiones."
"Estoy frente a personas que te entregaron dinero para un centro que no existe."
Guardó silencio.
Conocía aquel silencio.
Era el que utilizaba durante nuestro matrimonio cuando calculaba si convenía negarlo todo o hacerme sentir ridícula.
"Existe una propuesta", respondió finalmente.
"Con mi nombre."
"Para aprovechar tu experiencia."
"Y mi casa."
"Tu casa necesita mantenimiento. No puedes sostenerla solamente con ilusiones."
Miré las contraventanas azules.
Había pasado ocho años escuchando versiones de aquella misma frase.
"Eso no responde por qué recibiste dinero."
Héctor suspiró.
"Porque alguien tenía que administrar las aportaciones mientras tú terminabas la compra."
Jonathan se acercó a la mesa.
"Soy Jonathan Westfield. Necesitamos un desglose de lo recibido y de los gastos."
La voz de mi exesposo cambió.
De pronto se volvió cordial.
"Por supuesto. Todo está documentado."
"Envíelo ahora", respondí.
Héctor dijo que lo haría y terminó la llamada.
Brenda se apartó para revisar su teléfono.
Bernardo permaneció frente a mí.
"Mamá, yo pensé que te gustaría."
Aquella frase estuvo a punto de desarmarme.
Porque años atrás yo le había dicho que soñaba con leer cuentos frente al mar.
Con invitar a los hijos de mis vecinas alguna tarde.
Con tener tiempo.
Pero no le había prometido mis habitaciones, mis ahorros ni mi trabajo.
"Si lo pensabas, podías preguntarme."
Mi hijo miró hacia el sendero de arena.
El correo de Héctor llegó unos minutos después.
Había comprobantes, un presupuesto y un documento titulado "Programa anual".
Abrí el archivo.
Las actividades no se limitaban al fin de semana.
Había fechas, cuotas y jornadas de cinco días.
Y en la última página aparecía el nombre de Bernardo como coordinador de inscripciones.
Levanté la mirada hacia mi hijo.
"No estabas organizando una fiesta."
Brenda cerró los ojos.
Bernardo apenas pudo sostenerme la mirada.
Entonces, entre sus manos, el teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla se leía: "Familias inscritas — grupo 1".
Capítulo completado
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