Chapter 7: Los veinticinco mil dólares de mi propia madre
—¿Qué hiciste con mi dinero, mamá?
Capítulo 7
Chapter 7: Los veinticinco mil dólares de mi propia madre
—¿Qué hiciste con mi dinero, mamá?
Mateo no reconoció su propia voz.
Elena permanecía sentada frente a él, con el sobre bancario entre las manos. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no intentaba limpiárselas. Parecía una mujer que había pasado meses ensayando una confesión y que, aun así, no encontraba palabras suficientes para pronunciarla.
—Mijo, yo quería ayudarte.
Mateo soltó una risa amarga.
—¿Ayudarme? Mi negocio se hundió. Perdí mis herramientas.
Pasé noches sin dormir porque no sabía cómo iba a pagar la comida de mis hijas. Y tú recibiste veinticinco mil dólares de una operación relacionada con mi empresa.
—¡No sabía que te estaban haciendo eso!
—Entonces, ¿por qué aceptaste el dinero?
Elena bajó la cabeza.
—Daniel estaba en problemas.
Mateo se levantó de la silla.
Su hermano menor.
El muchacho al que había llevado al trabajo cuando tenía dieciséis años, al que había enseñado a usar herramientas eléctricas y al que había
prestado dinero tantas veces que dejó de llevar la cuenta.
Daniel había abandonado dos empleos, acumulado deudas y desaparecido durante semanas cuando los cobradores empezaron a llamar. Mateo siempre lo había defendido ante la familia.
Es joven. Está buscando su camino. Todos cometemos errores.
Ahora descubría que, mientras él intentaba salvar su empresa, su hermano había recibido dinero procedente de aquella misma catástrofe.
—¿Qué clase de problemas tenía? —preguntó.
Elena se llevó una mano al pecho.
—Había pedido préstamos. Le debía dinero a varias personas. Gabriel dijo que podía ayudarlo a salir de esa situación.
—¿Con el dinero de mi empresa?
—Me dijo que sería temporal.
—¡Todo el mundo dice lo mismo!
Su voz retumbó en la cocina.
Elena se estremeció.
Mateo respiró hondo y miró hacia la ventana. No quería asustarla, pero la paciencia que había sostenido durante dos años se estaba agotando.
—Necesito que me cuentes todo. Sin
proteger a Daniel. Sin proteger a Gabriel.
Sin proteger a Sofía. Esta vez, mamá, necesito que me protejas a mí.
Elena abrió el sobre.
Dentro había un comprobante de transferencia y una hoja con anotaciones manuscritas. El dinero había llegado a su cuenta seis días antes de la quiebra de la empresa. Después, Elena había transferido una parte a una cuenta de Daniel.
El resto se había utilizado para pagar una deuda hipotecaria.
—Gabriel me dijo que, si aceptaba el dinero, podría ayudar a Daniel y proteger mi casa —explicó—. Yo pensé que era una oportunidad para evitar que tu hermano terminara en la calle.
Mateo señaló el comprobante.
—¿Y no preguntaste de dónde salió?
—Sí pregunté.
—¿Qué te dijo?
Elena cerró los ojos.
—Que tú habías autorizado la operación.
Mateo sintió una punzada en el pecho.
—¿Y me llamaste para confirmarlo?
Ella negó lentamente.
—No.
La respuesta lo dejó
sin palabras.
Durante toda su vida había creído que su madre podía cometer errores, pero que jamás aceptaría algo importante sin preguntarle. Aquella confianza se había roto con una sencillez devastadora.
—¿Sabes qué habría hecho yo si Daniel me hubiera llamado? —preguntó.
—Lo habrías ayudado.
—Exactamente. Lo habría ayudado. Pero no necesitaba robarle el futuro a mis hijas para hacerlo.
Elena empezó a llorar con más fuerza.
—No sabía que el dinero venía de una cuenta que iba a dejarte sin negocio.
Mateo volvió a sentarse.
Por primera vez desde que había llegado, sintió algo parecido a la tristeza en lugar de la rabia.
—¿Dónde está Daniel?
—En San Antonio, creo.
—¿Crees?
—Cambió de número. La última vez que hablé con él me dijo que pronto todo estaría resuelto.
Mateo miró la lista de nombres que había encontrado en la carpeta.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace tres semanas.
—¿Y qué te dijo exactamente?
Elena se secó la cara con un pañuelo.
—Que no debíamos preocuparnos. Que Gabriel había encontrado una manera de recuperar el dinero y que tú no tardarías en tener una nueva empresa.
Mateo sintió que se le erizaba la piel.
—¿Una nueva empresa?
—Sí.
—¿Te dijo cómo?
Elena negó con la cabeza.
Mateo sacó su teléfono y abrió la fotografía del contrato de compraventa del edificio. La compañía que había adquirido la propiedad estaba vinculada a Gabriel y Sofía. Sin embargo, en una de las páginas aparecía una cláusula que no había visto antes.
La empresa podía transferir los derechos de administración a un tercero cuando se resolviera la deuda principal.
El nombre de ese tercero era Daniel Reyes.
—Mamá, ¿sabías que mi hermano iba a quedarse con el edificio que compraron con mi dinero?
Elena se llevó una mano a la boca.
—No.
Mateo le mostró el documento.
Ella lo leyó lentamente. Al llegar al nombre de Daniel, dejó caer el papel sobre la mesa.
—Dios mío.
—¿Qué te pasa?
Elena se levantó y caminó hasta un armario. Sacó una caja de fotografías antiguas, la apartó y extrajo un teléfono móvil viejo.
—Daniel me pidió que guardara esto hace unos meses —dijo—. Me dijo que no debía entregárselo a nadie.
Mateo tomó el aparato.
—¿Qué contiene?
—No lo sé. Nunca pude desbloquearlo.
El teléfono estaba apagado. Mateo encontró un cargador compatible en un cajón de la cocina y lo conectó a una toma de corriente.
Mientras esperaban, Elena se sentó de nuevo.
—Mijo, hay algo más.
Mateo la miró sin expresión.
—Por supuesto que lo hay.
—Gabriel vino a verme hace dos semanas. Me pidió que firmara una declaración.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu comportamiento durante los últimos meses de la empresa.
Mateo apretó los dientes.
—¿Qué querían que dijeras?
Elena comenzó a retorcer el pañuelo entre los dedos.
—Que estabas desesperado. Que habías hablado de cerrar el negocio y desaparecer. Que yo temía que pudieras hacer algo imprudente.
Mateo sintió náuseas.
—Querían utilizarte para demostrar que yo no estaba en condiciones de administrar mis propios bienes.
Ella asintió.
—No firmé.
Mateo se quedó quieto.
—¿Por qué?
Elena lo miró directamente.
—Porque recordé cómo llegabas a casa cada noche. Porque sabía que estabas trabajando para mantener a tus hijas. Y porque Gabriel me pidió que mintiera sobre algo que yo había visto con mis propios ojos.
—¿Qué viste?
—Vi a tu hermano salir de la oficina de Gabriel con una carpeta que llevaba el logotipo de tu empresa. Era la semana antes de que desapareciera el dinero.
Mateo sintió que las piezas encajaban de una forma nueva.
—¿Y por qué no me lo contaste?
Elena bajó la mirada.
—Porque tenía miedo de perder a mis dos hijos.
—Ya me habías perdido a mí cuando decidiste callarte.
Elena empezó a sollozar.
Mateo no la consoló. Todavía no podía.
El teléfono viejo vibró al conectarse. La pantalla se encendió y mostró una lista de mensajes guardados.
Mateo abrió la aplicación.
El último mensaje recibido era de Gabriel.
*La transferencia se completó. Asegúrate de que mamá no hable con Mateo hasta que Daniel tenga los documentos.*
El mensaje anterior era de Daniel.
*Cuando termine, Mateo no podrá reclamar nada. Todo quedará a nombre de la nueva compañía.*
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.
Elena se cubrió la boca.
—Yo no sabía que estaban planeando quitarte todo.
—Pero sabías que estaban moviendo dinero.
—Sí.
—Y aun así guardaste silencio.
Ella asintió, destrozada.
Mateo fotografió los mensajes y los envió a una dirección de correo nueva que había creado para reunir las pruebas. Después guardó el teléfono viejo en su mochila.
—Necesito llevarme esto.
—Llévatelo, mijo.
Se levantó para marcharse.
Elena lo siguió hasta la puerta.
—Mateo, ¿algún día podrás perdonarme?
Él se detuvo con la mano sobre el picaporte.
Miró a la mujer que lo había criado, que había trabajado turnos dobles para pagar sus estudios y que le había enseñado a no robar ni un centavo de nadie.
—No lo sé, mamá.
Ella cerró los ojos.
—Lo siento.
Mateo abrió la puerta.
—Yo también.
Salió sin abrazarla.
En el carro, llamó a una abogada cuyo nombre había encontrado en una recomendación de un antiguo cliente. Le explicó brevemente la situación y pidió una cita urgente.
La abogada, la licenciada Andrea Morales, escuchó sin interrumpirlo.
—Señor Reyes —dijo finalmente—, no borre nada. No confronte a su cuñado a solas y no firme ningún documento mañana. Necesito ver los originales y las fechas exactas de las transferencias.
—¿Cree que puedo recuperar mi empresa?
—Todavía no puedo prometerle eso. Pero si hay firmas falsificadas, movimientos de dinero documentados y personas dispuestas a declarar, tenemos motivos para investigar.
Mateo sintió que, por primera vez en mucho tiempo, alguien no estaba diciéndole que todo era culpa suya.
—¿Qué hago ahora?
—Venga a mi oficina. Traiga todo lo que tenga.
Mateo encendió el motor.
Antes de arrancar, recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Mateo Reyes? —preguntó una voz masculina.
—Sí.
—Soy Daniel.
Mateo apretó el volante.
—¿Dónde estás?
—Eso no importa. Tenemos que hablar.
—Llevas meses escondiéndote mientras yo intento averiguar qué hicieron con mi dinero.
—No sabes toda la historia.
Mateo soltó una risa seca.
—Estoy empezando a cansarme de esa frase.
Daniel respiró profundamente.
—Gabriel te ha mentido. Sofía también. Pero hay algo que ninguno de los dos te ha contado.
—¿Qué?
—La empresa que compró el edificio no se creó para quedarse con tu negocio.
Mateo miró la carretera.
—¿Entonces para qué?
Daniel tardó en responder.
—Para comprar algo que tú construiste mucho antes de abrir tu empresa.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Qué cosa?
—El terreno de nuestro padre.
La llamada se cortó.
Mateo permaneció inmóvil dentro del carro.
Su padre había muerto cuando él tenía veinticuatro años, dejando a la familia una pequeña parcela industrial que Mateo había utilizado como primer taller. Años después, vendieron la propiedad para financiar el crecimiento del negocio. O eso había creído siempre.
Pero si Daniel estaba diciendo la verdad, alguien había encontrado una manera de reclamar aquel terreno.
Capítulo completado
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