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Antes de echar a su esposo de casa, Sofía olvidó que él conocía el secreto que podía destruirla
Capítulo 6 / 11

Capítulo 6

La madre que juró que nunca lo traicionaría

1989 palabras

Chapter 6: La madre que juró que nunca lo traicionaría

A las seis y doce de la mañana, Mateo estaba sentado en el sofá con la chaqueta puesta y los documentos repartidos sobre la mesa de centro.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la firma de su madre al pie de aquel contrato. Recordaba sus manos arrugadas sujetando una taza de café en la cocina de la casa donde él había crecido. Recordaba cómo Elena le había enseñado a contar el cambio cuando era niño y cómo le había dicho, cuando abrió su empresa, que ningún hombre podía quitarle lo que había construido con trabajo honesto.

Ahora su nombre aparecía en un documento que podía haber contribuido a destruirlo.

Mateo marcó su número.

Elena contestó después del cuarto tono.

—¿Bueno, mijo? ¿Por qué llamas tan temprano?

La voz de su madre sonaba adormilada, pero no sorprendida.

Mateo se quedó callado un instante.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Estás bien?

—Encontré un documento con tu nombre.

Hubo una pausa.

—¿Qué documento?

—Uno relacionado con mi empresa. Está fechado hace dos años. Aparece tu firma como notaria

del testimonio de que yo firmé personalmente un contrato.

El silencio al otro lado de la línea se prolongó.

—Mijo, no sé de qué estás hablando.

Mateo cerró los ojos.

Aquella respuesta le dolió más de lo que esperaba.

—Mamá, tengo una copia delante de mí.

—¿Quién te dio eso?

—Eso no importa.

—Claro que importa. ¿Fue Sofía?

Mateo se incorporó.

—¿Por qué mencionas a Sofía?

Elena suspiró.

—Porque esa mujer siempre ha tenido problemas con mi hijo. Desde que empezaste a ganar dinero, nunca le pareció suficiente.

Mateo sintió una punzada de incredulidad.

Su madre estaba cambiando de tema.

—No estamos hablando de Sofía. Estamos hablando de tu firma en un documento.

—Yo nunca falsificaría nada tuyo, Mateo.

—Entonces dime por qué apareces como testigo.

—Tendría que verlo.

—¿Fuiste a una oficina con Gabriel hace dos años?

Elena no respondió inmediatamente.

Mateo apretó el teléfono.

—Mamá.

—Sí —admitió ella

finalmente—. Fui a una oficina con tu cuñado. Me dijo que necesitaba ayuda con unos papeles comerciales.

Mateo sintió que el estómago se le contraía.

—¿Qué papeles?

—No lo recuerdo exactamente.

—¿Viste mi firma?

—Gabriel me dijo que tú ya habías firmado.

—¿Y tú certificaste que lo hice delante de ti?

Elena comenzó a hablar más rápido.

—Mijo, él me aseguró que todo estaba en orden. Yo confiaba en él. Era familia.

Mateo miró los documentos sobre la mesa.

—Yo también confiaba en él.

—No me hables así.

—¿Cómo quieres que te hable? ¿Como si no estuvieras involucrada?

Elena respiró entrecortadamente.

—No entiendes lo que pasó.

Mateo sintió que estaba escuchando las mismas palabras por tercera vez en una sola noche.

—Entonces explícamelo.

—No puedo por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que no sabes.

Mateo se levantó y caminó hasta la ventana.

El sol comenzaba a iluminar los tejados.

En la casa de enfrente, un hombre sacaba la basura antes de ir al trabajo. La vida continuaba para todos los demás.

—Voy a ir a verte —dijo Mateo.

—No, mijo.

—Necesito hablar contigo en persona.

—Dame unas horas.

—¿Para qué?

Elena tardó en responder.

—Necesito encontrar algo.

La llamada terminó poco después.

Mateo permaneció con el teléfono en la mano.

Su madre le había pedido tiempo.

No para explicar su firma, sino para encontrar algo.

Aquello solo podía significar una cosa: sabía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

A las siete, Mateo se duchó, se puso una camiseta limpia y preparó café. Sofía apareció en la cocina con los ojos hinchados y el cabello recogido de cualquier manera.

—¿Adónde vas? —preguntó.

—A ver a mi madre.

Sofía dejó su taza sobre la encimera.

—¿Por qué?

Mateo la miró.

—Su nombre aparece en uno de los contratos.

La taza quedó inmóvil entre sus manos.

—¿Qué contrato?

—El que tiene mi firma falsificada.

Sofía se apoyó contra la encimera.

—Mateo, no involucres a tu madre.

Él soltó una risa breve.

—¿Ahora te preocupa involucrar a la familia?

—Ella no tuvo nada que ver con lo que hizo Gabriel.

Mateo se quedó mirándola.

—¿Cómo sabes que Gabriel falsificó mi firma?

Sofía abrió la boca, pero no contestó.

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

Mateo dio un paso hacia ella.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Gabriel me lo dijo.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

Mateo sintió que el cansancio se transformaba en algo más oscuro.

—¿Y nunca pensaste que debía saberlo?

—Me dijo que tenía una solución.

—¿Qué solución?

Sofía comenzó a llorar.

—Quería que firmaras un acuerdo para asumir la deuda y cerrar el asunto. Dijo que, si aceptabas la responsabilidad, el banco dejaría de perseguirnos.

Mateo la miró con incredulidad.

—¿Querías que confesara un fraude que no cometí?

—¡Quería que las niñas conservaran su casa!

—¿A costa de mi libertad?

Sofía se cubrió el rostro.

—No pensé que llegaría tan lejos.

Mateo recogió la carpeta.

—Ya no sé qué pensaste, Sofía. Solo sé lo que hiciste.

Salió de la casa sin desayunar.

La vivienda de Elena estaba a veinte minutos, en un vecindario donde las casas tenían pequeños jardines y banderas estadounidenses junto a las puertas. Mateo conocía cada curva del camino. Había recorrido aquella ruta cientos de veces para visitar a su madre después del trabajo, llevarle medicamentos cuando se enfermaba o reparar algo que se había descompuesto.

Aparcó frente a la casa y tocó el timbre.

Elena abrió casi de inmediato.

Llevaba una bata azul y tenía el cabello recogido. Al verlo, lo abrazó con fuerza.

—Ay, mijo.

Mateo se quedó rígido durante un segundo antes de devolverle el abrazo.

—Necesito la verdad, mamá.

Ella lo condujo a la cocina.

Sobre la mesa había una carpeta amarilla, una taza de café y un pequeño estuche de cuero. Elena cerró las persianas antes de sentarse.

—Lo que voy a contarte no va a gustarte.

Mateo se sentó frente a ella.

—Últimamente nada me gusta.

Elena se estremeció.

—Gabriel vino a verme hace dos años. Me dijo que tu empresa estaba a punto de quebrar y que necesitaba reorganizar los documentos para proteger a las niñas.

—Mi empresa no estaba a punto de quebrar.

—Eso me dijo él.

—¿Y le creíste?

—Era tu cuñado. Me enseñó estados de cuenta, facturas y una lista de deudas. Parecía que sabía exactamente de lo que hablaba.

Mateo recordó que, durante aquella época, Gabriel había visitado a su madre varias veces. Siempre llevaba algo: un pastel, una botella de vino, una bolsa de frutas. Se comportaba como el hijo que Elena nunca había tenido.

—¿Qué hiciste?

Elena abrió el estuche de cuero y sacó un sello profesional.

—Me pidió que certificara unos documentos. Dijo que tú habías firmado todo en su presencia, pero que necesitaba una segunda confirmación para completar el expediente.

Mateo observó el sello.

—¿Viste cómo firmaba yo?

Elena bajó la cabeza.

—No.

—¿Entonces por qué certificaste que lo había hecho?

—Porque pensé que los documentos eran auténticos.

—Eso no es lo mismo que verme firmar.

Elena empezó a llorar.

—Lo sé, mijo.

Mateo apartó la silla y se levantó.

—¿Entiendes lo que significa? Si ese documento se utilizó para conseguir un préstamo, podría parecer que yo autoricé la deuda.

—Gabriel dijo que nunca llegarían a utilizarlo contra ti.

—Pero lo utilizaron.

Elena asintió, incapaz de mirarlo.

Mateo caminó hasta la ventana. La misma mujer que le había enseñado a no firmar nada sin leerlo había certificado una firma que ni siquiera había visto realizar.

—¿Por qué no me llamaste cuando tuviste dudas?

—Porque después descubrí que Gabriel había utilizado mi nombre en otra operación.

Mateo se volvió.

—¿Qué operación?

Elena abrió la carpeta amarilla.

Dentro había copias de transferencias, correos electrónicos impresos y una carta con el membrete de un banco.

En la primera página aparecía el nombre de Elena Reyes.

En la segunda, una cifra que hizo que Mateo se sentara de nuevo.

Cuarenta y cinco mil dólares.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Elena se secó las lágrimas.

—Hace tres meses descubrí que había un préstamo a mi nombre. Yo nunca recibí ese dinero.

Mateo levantó la vista.

—¿Gabriel también utilizó tus documentos?

Ella asintió.

—Me dijo que era una inversión familiar. Que el dinero se devolvería antes de que llegara el primer pago. Cuando intenté preguntarle, me aseguró que todo estaba resuelto.

—¿Y por qué no denunciaste lo ocurrido?

Elena señaló la carta.

—Porque recibí esto. Si no pagaba, podrían reclamar contra mi casa.

Mateo leyó el documento.

El préstamo había sido respaldado por una garantía sobre la vivienda de su madre.

La misma casa donde había crecido.

La misma casa que Elena había comprado después de trabajar durante años limpiando oficinas y cuidando niños.

Gabriel no solo había utilizado la empresa de Mateo.

También había comprometido la vivienda de Elena.

—¿Sofía sabía esto? —preguntó.

Elena tardó demasiado en contestar.

Mateo sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Mamá, mírame.

Elena levantó los ojos.

—Sí. Sofía vino conmigo al banco cuando descubrí el préstamo.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Y qué hicieron?

—Ella dijo que hablaría con Gabriel. Me prometió que no perdería mi casa.

—¿Y después?

Elena apretó las manos sobre la mesa.

—Me pidió que no te contara nada. Dijo que ya estabas pasando por suficiente y que, si descubrías lo del préstamo, podrías enfrentarte a Gabriel y empeorar las cosas.

Mateo sintió que las piezas empezaban a encajar.

Sofía había sabido que Gabriel estaba utilizando documentos ajenos. Había sabido que Elena estaba endeudada. Había visto las transferencias y, aun así, había permitido que Mateo creyera que toda la catástrofe era consecuencia de sus propias decisiones.

Pero había algo que todavía no comprendía.

—¿Por qué Gabriel necesitaba tanto dinero? —preguntó.

Elena abrió la última página de la carpeta amarilla.

Era una copia de un contrato de compraventa de una propiedad comercial. La dirección coincidía con la del edificio adquirido por la empresa de Gabriel y Sofía.

Pero esta vez aparecía una anotación adicional.

El precio de compra era mucho mayor que el valor estimado del inmueble.

Y la diferencia había sido financiada mediante préstamos respaldados por las propiedades familiares.

Mateo pasó la página.

Allí había una lista de nombres y cantidades.

Su nombre.

El de Sofía.

El de Elena.

Y un cuarto nombre que no reconoció al principio.

*Daniel Reyes.*

Su hermano menor, que vivía en otro estado y llevaba casi un año sin visitar a la familia.

—¿Qué tiene que ver Daniel con esto? —preguntó Mateo.

Elena se levantó y cerró la carpeta de golpe.

—No deberías llamarlo.

Mateo la miró con incredulidad.

—¿Por qué?

—Porque fue él quien presentó a Gabriel al hombre que organizó todos estos préstamos.

Mateo sintió que la habitación se inclinaba.

Daniel había sido el primero en felicitarlo cuando abrió su empresa. El primero en ofrecerse a trabajar con él durante los fines de semana. El primero en decirle que la familia siempre debía permanecer unida.

Y ahora su nombre aparecía en los documentos que habían destruido el negocio.

El teléfono de Mateo vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

*Ya sabes lo de Elena. Ahora pregúntale por qué recibió dinero seis días antes de que tu empresa quebrara.*

Mateo levantó lentamente la mirada hacia su madre.

Elena estaba pálida.

—¿Recibiste dinero de mi empresa? —preguntó él.

Ella empezó a negar con la cabeza, pero se detuvo.

Después abrió el cajón de la mesa, sacó un sobre bancario y lo colocó frente a su hijo.

—Sí, mijo —susurró—. Recibí dinero.

Mateo no tocó el sobre.

—¿Cuánto?

Elena comenzó a llorar.

—Veinticinco mil dólares.

—¿Para qué?

Ella lo miró con una mezcla de vergüenza y terror.

—Para salvar a tu hermano.

Mateo sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Y cuando Elena le explicó por qué Daniel necesitaba aquel dinero, comprendió que la caída de su empresa no había sido el principio de la traición.

Había sido el final de un plan que llevaba meses preparándose.

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