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¡Tu mamá recibe diez mil al mes y la mía solo mil! — La verdad que Roberto ocultaba iba a destruir a su familia
Capítulo 3 / 10

Capítulo 3

El nombre en la escritura

1419 palabras

Yasmin amplió la fotografía con los dedos temblorosos.

La pantalla iluminó su rostro mientras Roberto permanecía junto a la puerta, sosteniendo la bolsa negra.

En la última página del documento aparecía una cláusula de titularidad. Debajo, un nombre completo.

*Yasmin Elena Morales.*

Su propio nombre.

—¿Qué significa esto? —preguntó, levantando el teléfono.

Roberto no respondió.

—¡Roberto, te estoy hablando!

Él dejó la bolsa en el suelo.

—Significa que tu madre hizo algo sin explicártelo.

—¿Que puso la casa a mi nombre?

—No sabes leer esos documentos.

Yasmin soltó una carcajada incrédula.

—¡Mi nombre está escrito en letras enormes! No necesito ser abogada para reconocerlo.

Roberto caminó hacia la isla de mármol y recogió los estados de cuenta.

—Esto no cambia nada. Yo he pagado la hipoteca. Yo he pagado los impuestos. Yo he mantenido esta casa.

—¿Y por eso falsificaste documentos?

Él se quedó inmóvil.

Yasmin notó el cambio en su expresión.

Había dicho exactamente lo que él

no quería escuchar.

—Ten cuidado con las palabras que usas —advirtió Roberto.

—¿Por qué? ¿Porque la verdad te molesta?

—Porque puedes destruir nuestro matrimonio por una acusación que ni siquiera entiendes.

Yasmin dejó el teléfono sobre la isla.

—Nuestro matrimonio empezó a destruirse cuando decidiste que yo no merecía conocer la verdad.

Roberto se quitó el saco azul y lo colocó sobre una silla.

Era un gesto cotidiano. Casi doméstico.

Pero Yasmin comprendió que estaba intentando ganar tiempo.

—Siéntate —ordenó él—. Voy a explicártelo.

—No me des órdenes.

—¡Yasmin!

—¡No me grites!

El silencio que siguió fue tan repentino que ambos escucharon el zumbido del refrigerador.

Roberto respiró hondo.

—Hace siete años, tu madre necesitaba ayuda financiera. La casa estaba en riesgo porque el fideicomiso tenía obligaciones pendientes. Yo me encargué de resolverlas. Si no hubiera intervenido, ustedes habrían perdido la propiedad.

Yasmin lo observó.

—¿Y por qué está a

mi nombre?

—Porque tu madre quiso protegerte.

—¿De qué?

—De los problemas económicos de la familia.

—Entonces, ¿por qué intentaste cambiar la escritura?

Roberto recogió su saco.

—Porque necesitaba refinanciar la propiedad.

—¿Para qué?

—Para expandir mi negocio.

—¿Con una casa que no te pertenece?

Él golpeó la mesa con el puño.

—¡He invertido cientos de miles de dólares en esa propiedad!

—¿Y eso te convierte en dueño?

Roberto apretó los labios.

Por primera vez desde que Yasmin lo conocía, parecía incapaz de encontrar una respuesta que pudiera controlar la conversación.

Ella tomó el teléfono y volvió a llamar a su madre.

Esta vez, Elena contestó inmediatamente.

—¿Ya viste el documento? —preguntó.

—Sí. Mamá, ¿por qué la casa está a mi nombre?

—Porque tu papá quería asegurarse de que siempre tuvieras un lugar donde vivir.

Yasmin cerró los ojos.

Recordó las manos de su padre, ásperas por décadas de trabajo,

colocando una pequeña caja de madera sobre la mesa de la cocina cuando ella tenía dieciocho años.

«La familia no se demuestra con lo que promete, mija. Se demuestra con lo que protege cuando nadie está mirando».

Entonces no había entendido aquellas palabras.

Ahora le dolían.

—¿Por qué nunca me lo contaste? —preguntó.

—Porque tu padre me pidió que no lo hiciera hasta que estuvieras preparada. Y después de su muerte, Roberto insistió en que hablar del fideicomiso solo te causaría problemas.

Yasmin miró a su esposo.

—¿Me convenciste de que mi propia madre era una carga?

Roberto negó con la cabeza.

—Eso es ridículo.

Elena escuchó su voz.

—No, Roberto. Lo ridículo fue que me pidieras dinero para pagar los medicamentos de tu madre mientras le decías a mi hija que yo no merecía recibir ni un dólar más.

Yasmin se quedó helada.

—¿Qué tiene que ver su mamá con esto?

Elena respondió con voz firme.

—Patricia me llamó hace tres meses. Me dijo que estaba preocupada porque Roberto le había prometido que compraría una casa a su nombre. Me pidió que siguiera enviándole dinero para completar el pago inicial.

Roberto cerró los ojos.

—Mamá no tenía por qué llamarte.

—¿Entonces es verdad? —preguntó Yasmin—. ¿Estabas comprándole una casa a Patricia con el dinero de mi mamá?

Él miró hacia el techo.

—No era tan sencillo.

—¡Explícamelo!

Roberto se acercó y bajó la voz.

—Mi negocio tuvo problemas. Un contrato importante se canceló. Tenía empleados que pagar, préstamos que cubrir y compromisos con inversionistas.

Tu madre tenía dinero disponible. Yo iba a devolvérselo.

—¿Ciento veinte mil dólares?

—Era temporal.

—¿Y los diez mil mensuales?

—Parte de eso era para cubrir los gastos que había asumido por tu familia.

Yasmin lo miró con incredulidad.

—¡Acabas de decir que tu mamá necesitaba ese dinero!

—¡Porque lo necesitaba!

—¿Para vivir o para comprar una casa?

Roberto no contestó.

Yasmin sintió que la rabia se le convertía en una claridad fría.

No se trataba solamente de una transferencia.

Se trataba de que Roberto había usado la necesidad de su madre para justificar el dinero que entregaba a la suya. Había convertido cada favor en una deuda, cada sacrificio en una herramienta y cada discusión en una manera de hacerla sentir culpable.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo ella—. Que yo te creí.

Roberto se acercó.

—Yasmin, podemos arreglar esto.

—¿Cómo?

—Puedo devolverte el dinero.

—No te estoy preguntando por el dinero.

Él se detuvo.

—Entonces, ¿qué quieres?

Yasmin señaló los papeles.

—Quiero saber cuántas veces me mentiste.

Roberto desvió la mirada.

—No puedo recordar cada detalle.

Ella sintió náuseas.

—Eso significa que fueron demasiadas.

—No hagas esto más difícil de lo que tiene que ser.

Yasmin recogió los documentos y los guardó en la carpeta azul.

—Lo difícil fue escuchar a mi mamá decir que no podía comprar sus medicamentos mientras yo defendía a un hombre que estaba usando su dinero para comprarle una casa a su propia madre.

Roberto agarró su bolsa negra.

—Me voy a quedar con mi hermano esta noche.

—Haz lo que quieras.

Él pareció sorprendido por la respuesta.

—¿No vas a pedirme que me quede?

Yasmin lo miró directamente a los ojos.

—No.

Roberto esperó unos segundos, como si creyera que ella iba a cambiar de opinión.

Cuando no lo hizo, tomó el saco y caminó hacia la puerta.

Pero antes de salir, se volvió.

—Si empiezas a revisar mis cuentas, vas a descubrir cosas que no te van a gustar.

Yasmin sintió que se le erizaba la piel.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una advertencia.

—Entonces te daré una advertencia yo también. A partir de ahora, no vuelvas a tocar un solo documento de esta casa sin mi autorización.

Roberto abrió la puerta.

—Todavía no sabes de quién es realmente esa casa.

Y salió.

Yasmin permaneció inmóvil hasta escuchar el motor de su camioneta alejándose.

Entonces se dejó caer en una silla y se cubrió el rostro con las manos.

No lloró de inmediato.

Primero sintió el vacío.

Después, la vergüenza de recordar cuántas veces había defendido a Roberto frente a sus amigas. Cuántas veces había convencido a su madre de que él era un buen hombre que simplemente tenía una personalidad difícil.

Y finalmente, lloró por la mujer que había sido durante siete años: una esposa que confundía el control con amor.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

«Señora Morales, soy Daniel, el contador de Roberto. Necesito hablar con usted antes de que él se entere de que me puse en contacto con usted».

Yasmin leyó el mensaje dos veces.

Respondió:

«¿De qué se trata?»

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«De los diez mil dólares mensuales. Usted no es la única persona a la que Roberto le ha estado mintiendo. Y hay una transferencia programada para mañana que podría dejarla sin casa y sin dinero».

Yasmin se puso de pie.

Miró la puerta por la que Roberto acababa de salir.

Después miró su nombre en la escritura.

Por primera vez en toda la noche, sintió miedo de lo que podía descubrir.

Pero contestó de todos modos.

«Dígame dónde y a qué hora».

Daniel respondió con una dirección y una hora.

Debajo añadió una última frase.

«Y traiga los documentos originales. Porque, si mi sospecha es correcta, su esposo no está intentando salvar su negocio. Está preparando la manera de culparla a usted por todo».

Yasmin dejó caer el teléfono sobre la mesa.

Afuera, los faros de un automóvil iluminaron brevemente las ventanas de la cocina.

Una camioneta negra se detuvo frente a la casa.

La puerta del conductor se abrió.

Y cuando Yasmin reconoció a la mujer que bajó del vehículo, comprendió que la siguiente conversación no sería con el contador de Roberto.

Capítulo completado

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