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Antes de echar a su esposo de casa, Sofía olvidó que él conocía el secreto que podía destruirla
Capítulo 2 / 11

Capítulo 2

El dinero que desapareció

1683 palabras

Chapter 2: El dinero que desapareció

—No metas a mi hermano en esto —dijo Sofía.

Su voz había perdido la fuerza de unos minutos antes. Ahora sonaba apretada, casi suplicante, aunque sus ojos seguían desafiando a Mateo.

Él recogió un pedazo de cerámica del suelo y lo dejó sobre la encimera.

—Tú fuiste quien me pidió que firmara aquellos documentos.

—¡Eso no significa que tengas derecho a destruir a mi familia!

Mateo soltó una risa sin humor.

—¿Destruir a tu familia? Sofía, yo he estado intentando mantenerla unida desde que descubrí lo que hicieron.

Valentina seguía junto a su padre. Lucía se había sentado en una silla, con las manos tapándole los oídos, aunque escuchaba cada palabra.

Sofía miró a las niñas.

—Vayan a su habitación.

Ninguna se movió.

—¡Ahora! —ordenó.

Mateo se agachó para quedar a la altura de sus hijas.

—Princesas, suban un momento. Quédense juntas y dejen la puerta abierta. Voy a estar aquí.

—¿Prometes que no te vas a ir? —preguntó

Valentina.

Él tardó un segundo en contestar.

—Prometo que no voy a desaparecer de sus vidas.

La niña lo abrazó una vez más y tomó la mano de su hermana. Las dos subieron lentamente las escaleras, volviendo la cabeza a cada pocos pasos.

Cuando sus voces desaparecieron en el piso superior, Sofía se acercó a Mateo.

—¿Qué quieres conseguir con esto?

—La verdad.

—¿Después de tanto tiempo? ¿Ahora decides que quieres hablar de la verdad?

—No. Hace dos años que quiero hablar de ella. Tú eres quien siempre cambia de tema.

Sofía tomó una servilleta y comenzó a limpiar el jugo de naranja derramado sobre la mesa. Frotó el mismo lugar una y otra vez, aunque la superficie ya estaba seca.

—Tu negocio fracasó, Mateo. Eso es todo.

—Mi negocio no fracasó por sí solo.

Él sacó su teléfono del bolsillo.

Sofía dejó de limpiar.

—¿Qué estás haciendo?

—Buscando algo

que debí mostrarte hace mucho tiempo.

Abrió una carpeta protegida por una contraseña y desplazó varios archivos. Había fotografías de facturas, correos electrónicos impresos y copias de transferencias bancarias.

Finalmente encontró una imagen.

Era una copia de un documento firmado dos años atrás, cuando su empresa recibió el contrato más grande de su historia.

Mateo colocó el teléfono sobre la mesa.

—¿Recuerdas esto?

Sofía miró la pantalla y negó con la cabeza demasiado rápido.

—No.

—Míralo bien.

—No sé qué quieres que vea.

—La autorización para transferir ciento ochenta y seis mil dólares de la cuenta de mi empresa.

Sofía apretó la servilleta entre los dedos.

—Tú autorizaste esa transferencia.

—Porque me dijiste que Gabriel había encontrado una oportunidad para comprar materiales a mitad de precio. Me dijiste que el dinero volvería en tres semanas.

—¡Y yo creí que era verdad!

—Entonces explícame por qué la transferencia terminó en una

empresa que no tenía ningún empleado, ningún almacén y ninguna licencia comercial.

Ella apartó el teléfono.

—No sé nada de eso.

Mateo se quedó mirándola.

No había dormido bien desde que descubrió aquella transferencia. Durante meses había llamado a Gabriel, visitado sus oficinas y contratado a un abogado para recuperar el dinero. Gabriel siempre tenía una excusa.

Un proveedor había fallado. Un pago estaba retenido. Un socio había desaparecido.

Después dejó de contestar.

Cuando Mateo finalmente encontró la dirección registrada de aquella empresa, descubrió que se trataba de una oficina postal alquilada.

El dinero se había esfumado.

Y, para cuando pudo reconstruir el recorrido de las transferencias, su empresa ya estaba hundida en deudas.

—Yo confiaba en ti —dijo Mateo.

Sofía levantó los ojos.

—Yo también confiaba en mi hermano.

—Pero cuando perdí todo, me dejaste creer que había sido culpa mía.

—¡Porque estabas desesperado! ¡Porque te negabas a aceptar que el negocio se había terminado!

Mateo apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Vendí mis herramientas, Sofía. Vendí las máquinas que había comprado con el dinero de mi primer contrato. Trabajé hasta sangrarme las manos. ¿Y sabes qué me dijiste cuando tuve que vender la camioneta?

Ella no contestó.

—Me dijiste que te daba vergüenza que los vecinos me vieran llegar en un vehículo viejo.

Sofía bajó la mirada.

—Estaba frustrada.

—Yo también. Pero nunca te culpé por necesitar dinero. Nunca te humillé por ganar más que yo.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

Ella levantó la cabeza.

—¡Porque yo tuve que hacerme cargo de todo! ¡De la hipoteca, de las niñas, de los gastos, de cada emergencia! ¿Tienes idea de lo que se siente ver cómo desaparece la vida que imaginaste?

Mateo guardó silencio.

Por primera vez aquella noche, la rabia de Sofía parecía esconder algo más profundo.

No era solamente el dinero.

Era el miedo a perder la vida que había aprendido a mostrarles a los demás.

Pero Mateo también había perdido algo. Había perdido la confianza en su esposa y, durante mucho tiempo, hasta la confianza en sí mismo.

—Pudiste decirme que estabas asustada —respondió—. Pudiste sentarte conmigo y decirme que ya no sabías cómo seguir. Yo habría escuchado.

—¿Y qué habrías hecho? ¿Con qué dinero?

—Habríamos empezado otra vez.

Sofía se cubrió la boca.

Mateo creyó que iba a llorar.

En cambio, ella se enderezó y tomó su teléfono de la mesa.

—No vuelvas a mencionar esto delante de las niñas.

—Entonces deja de usar a las niñas para justificar lo que me estás haciendo.

—No sabes de lo que hablas.

—Sé exactamente de lo que hablo.

El teléfono de Sofía vibró.

Ella miró la pantalla.

Un mensaje de Gabriel.

Mateo alcanzó a leerlo antes de que ella girara el aparato.

*¿Ya se fue Mateo? Necesito saber si encontraste los documentos.*

El aire pareció abandonar la habitación.

Sofía bloqueó la pantalla.

Mateo no se movió.

—¿Qué documentos? —preguntó.

—No es asunto tuyo.

—¿Por qué tu hermano necesita saber si me fui de mi propia casa?

—Mateo, por favor...

Él extendió la mano.

—Enséñame el mensaje.

—No.

—Sofía.

—¡Dije que no!

Su grito retumbó por el comedor.

Arriba, una puerta se abrió.

—¿Mami? —llamó Lucía desde la escalera.

Sofía cerró los ojos y respiró hondo. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado por completo.

—Todo está bien, mi amor. Vuelve con tu hermana.

La niña no respondió.

Mateo recogió su chaqueta.

—Voy a salir un momento.

Sofía lo agarró del brazo.

—No puedes irte ahora.

Él miró la mano de ella y luego su rostro.

—Hace cinco minutos me ordenaste que me fuera.

—Eso era diferente.

—¿Diferente a qué?

Sofía lo soltó.

Por primera vez, Mateo vio que tenía las manos temblorosas.

—Si encuentras esos documentos —susurró ella—, ya no habrá forma de arreglarlo.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Arreglar qué?

Sofía miró hacia las escaleras, comprobó que las niñas no estuvieran bajando y se acercó a él.

—Gabriel no fue el único que firmó.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Ella abrió la boca.

Pero el timbre de la puerta sonó antes de que pudiera responder.

Ambos se volvieron hacia la entrada.

Una segunda llamada, más larga, atravesó la casa.

Mateo caminó hasta la puerta y miró por la mirilla.

Un hombre de traje oscuro esperaba en el porche, sosteniendo un sobre grueso bajo el brazo.

Mateo abrió.

—¿Señor Mateo Reyes? —preguntó el desconocido.

—Sí.

El hombre le entregó el sobre.

—Soy el mensajero de su abogado. Me pidió que se lo entregara personalmente si usted seguía viviendo en esta dirección.

Mateo miró la etiqueta.

Era una copia de una demanda civil, acompañada por varios documentos financieros.

En la primera página aparecía el nombre de su antigua empresa.

En la segunda, el nombre de Gabriel.

Y en la tercera había una firma que reconoció de inmediato.

La de Sofía.

Mateo levantó lentamente la mirada hacia su esposa.

Ella estaba al pie de las escaleras, pálida, con una mano apoyada en la barandilla.

—Dime que no firmaste esto —dijo él.

Sofía no contestó.

El mensajero se marchó.

Mateo cerró la puerta y regresó al comedor. Dejó el sobre sobre la mesa y abrió la primera hoja con los dedos rígidos.

No era solamente una demanda por el dinero perdido.

Era una reclamación por fraude, respaldada por una declaración en la que alguien afirmaba que Mateo había desviado deliberadamente los fondos de su propia empresa.

Y aquella declaración llevaba la firma de su esposa.

—¿Me acusaste de robar mi propio dinero? —preguntó.

Sofía dio un paso hacia él.

—No entiendes lo que pasó.

—Entonces explícame.

—No podía dejar que Gabriel fuera a la cárcel.

Mateo la miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Y por eso decidiste que yo debía cargar con todo?

Ella empezó a llorar.

—Yo pensé que podríamos resolverlo antes de que llegara tan lejos.

—¿Antes de que me quitaran mi negocio? ¿Antes de que perdiera los ahorros de nuestras hijas? ¿Antes de que me miraras a los ojos durante dos años y me dijeras que yo era un fracaso?

—¡No sabía que terminaría así!

Mateo señaló el documento.

—Tu firma está aquí.

Sofía se cubrió el rostro.

Durante unos segundos, el único sonido fue el reloj de la cocina.

Entonces Mateo notó algo extraño.

En la última página había una anotación escrita a mano por el abogado: El documento original contiene un anexo no incluido en la copia digital.

Debajo figuraba una fecha.

La misma noche en que su negocio perdió el dinero.

Mateo pasó el pulgar por el borde del papel.

—¿Dónde está el original?

Sofía dejó de llorar.

Su silencio fue suficiente para darle miedo.

—Sofía, ¿dónde está?

Ella miró hacia el pasillo que conducía al dormitorio.

—En un lugar donde no deberías buscar.

Mateo siguió la dirección de sus ojos.

Durante dos años había creído que su esposa le había ocultado una traición.

Ahora comprendía que había algo más grande escondido en aquella casa.

Algo que ella temía mucho más que perder su matrimonio.

Y mientras Mateo comenzaba a caminar hacia el dormitorio, su teléfono vibró con un mensaje de un número desconocido.

*Si quieres saber quién se quedó realmente con los ciento ochenta y seis mil dólares, no confrontes a Sofía. Busca la caja azul detrás del espejo del armario.*

Mateo levantó la vista.

Capítulo completado

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