Chapter 4: El documento que podía quitarle a sus hijas
Mateo volvió a leer la fecha.
Capítulo 4
Chapter 4: El documento que podía quitarle a sus hijas
Mateo volvió a leer la fecha.
Cuatro meses antes de que su negocio quebrara.
Cuatro meses antes de que el banco comenzara a llamarlo. Antes de vender sus herramientas. Antes de pasar noches enteras calculando cómo pagaría la hipoteca. Antes de que Sofía empezara a mirarlo como si fuera un extraño que se había instalado en su casa.
La carpeta contenía un documento titulado Acuerdo de protección patrimonial y custodia familiar.
Debajo del título aparecían los nombres de Mateo Reyes y sus dos hijas.
Valentina Reyes.
Lucía Reyes.
Mateo sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué es esto, Sofía?
Su esposa no respondió.
Valentina seguía parada en la puerta, abrazada a su almohada. La niña miraba los papeles con una confusión que ningún niño de ocho años debería experimentar.
Mateo cerró la carpeta.
—Princesa, regresa con tu hermana un momento. Necesito hablar con mamá.
—¿Van a pelear otra vez?
La pregunta lo golpeó directamente en el
pecho.
—No, mi amor. Voy a tratar de resolver algo.
—¿Me lo prometes?
Mateo se acercó y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Te lo prometo.
Cuando la niña regresó a su habitación, él cerró parcialmente la puerta del dormitorio y volvió hacia Sofía.
—Quiero que me expliques cada página.
Sofía se secó las lágrimas con las mangas de su blusa color crema.
—No sabes lo que estás leyendo.
—Entonces ayúdame a entenderlo.
Mateo abrió el documento por la primera página. El acuerdo establecía que, si él era declarado responsable de determinadas deudas comerciales o perdía la capacidad de mantener a sus hijas, Sofía podría solicitar la custodia principal y administrar ciertos bienes familiares.
Pero había una cláusula adicional.
Una que autorizaba la transferencia de los derechos sobre una póliza de seguro de vida a una estructura financiera controlada por un tercero.
Mateo leyó el nombre del beneficiario.
Gabriel Reyes.
—¿Por qué mi cuñado aparece aquí?
Sofía apretó los dedos.
—Era una medida de protección.
—¿Protección para quién?
—Para las niñas.
Mateo dejó el documento sobre la cama.
—No uses a nuestras hijas para justificar esto.
—¡No las estoy usando!
—Entonces dime por qué mi seguro iba a terminar bajo el control de Gabriel.
Sofía miró hacia la ventana. Las luces de las casas vecinas iluminaban tenuemente el jardín. Una familia cenaba al otro lado de la calle; se distinguían sombras moviéndose alrededor de una mesa.
Aquella normalidad le pareció cruel a Mateo.
En otra casa, alguien estaría ayudando a su hija con la tarea. Alguien estaría riéndose por una película. Mientras tanto, él intentaba descubrir por qué la mujer con quien había construido una vida había firmado documentos capaces de poner en peligro a sus propias hijas.
—Gabriel me dijo que necesitábamos proteger los bienes familiares antes
de que los acreedores pudieran reclamarlos —admitió Sofía.
—¿Y por qué necesitábamos hacerlo cuatro meses antes de que yo perdiera el negocio?
Ella guardó silencio.
Mateo pasó a la siguiente página.
Allí aparecía una lista de activos: la casa, una cuenta de ahorros, una póliza de seguro y los derechos sobre cualquier empresa futura registrada a nombre de Mateo.
Al margen, alguien había escrito una frase con tinta azul:
Una vez que la empresa quede insolvente, la administración podrá pasar a la parte designada.
Mateo reconoció la letra.
Era la de Gabriel.
—¿Qué significa esto?
—No lo sé.
—¡Deja de mentirme!
Su voz salió más fuerte de lo que pretendía.
Sofía retrocedió.
Mateo cerró los ojos y respiró profundamente. No quería gritar. No quería que sus hijas escucharan otra discusión. Pero cada respuesta de su esposa parecía revelar una mentira nueva.
—Mírame —dijo finalmente—. Necesito saber si Gabriel planeó quedarse con mi empresa desde el principio.
Sofía levantó la vista.
—Él dijo que tu negocio estaba creciendo demasiado rápido. Que tenías demasiadas deudas y que, si algo salía mal, todos terminaríamos perdiéndolo todo.
—Mi empresa no tenía deudas impagables cuando firmé ese contrato.
—Yo no sabía eso.
—Tú estabas en la oficina conmigo. Escuchaste al contador explicarlo.
Ella bajó la mirada.
Mateo recordó aquella tarde. Gabriel había llegado con una botella de tequila para celebrar el nuevo contrato. Había abrazado a Mateo y le había dicho que por fin estaba construyendo algo que sus hijas podrían heredar.
Después puso una carpeta sobre el escritorio.
Dijo que eran documentos rutinarios para facilitar la financiación de materiales.
Mateo había firmado confiando en su cuñado.
Y Sofía había estado sentada a su lado, sonriendo.
—¿Cuándo empezaste a trabajar con Gabriel? —preguntó Mateo.
—No estaba trabajando con él.
—Tienes una empresa con su nombre, una cuenta bancaria con el dinero que desapareció y documentos firmados antes de mi quiebra. ¿Qué más necesitas que encuentre?
Sofía se dejó caer en una silla.
—Él me dijo que, si las cosas salían bien, tú podrías recuperar tu negocio. Que compraríamos el edificio, te daríamos una parte y empezarías de nuevo.
Mateo soltó una risa amarga.
—¿Con mi propio dinero?
—Era temporal.
—¡Todo era temporal contigo! El dinero, las mentiras, las firmas. ¿Y mi vida? ¿También era temporal?
Ella empezó a llorar.
—Yo creía que te estaba ayudando.
Mateo señaló el documento de custodia.
—¿Y esto también era ayudarme?
Sofía no respondió.
En ese momento, su teléfono vibró sobre la cómoda.
La pantalla mostró el nombre de Gabriel.
Ella lo agarró de inmediato.
Mateo alcanzó a ver el mensaje antes de que lo ocultara.
*¿Encontró la carpeta azul? Si la vio, no lo dejes salir con los originales.*
Mateo extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—No.
—Sofía, tu hermano acaba de decirte que no me dejes salir con documentos que llevan mi nombre.
—No sabes qué quiso decir.
—Entonces contéstale y pregúntaselo.
Ella negó con la cabeza.
Mateo tomó su chaqueta de la cama y guardó las copias más importantes en el bolsillo interior. Después fotografió cada página del acuerdo con su teléfono.
Sofía se levantó.
—¿Qué haces?
—Protegiendo a mis hijas.
—¡No puedes llevarte esos documentos!
—Mi nombre está en ellos.
—Gabriel dijo que los originales debían quedarse aquí.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Sofía se tapó la boca.
Acababa de revelar algo que no había querido decir.
Mateo guardó el teléfono y se acercó a ella.
—¿Qué piensa hacer Gabriel con estos documentos?
—No lo sé.
—¿Por qué quiere que me quede aquí?
—Mateo, por favor...
—¿Por qué?
Ella rompió a llorar.
—Porque mañana hay una reunión con el abogado. Gabriel dijo que, si llevabas los documentos originales, todo podía venirse abajo.
Mateo miró el reloj.
Eran casi las nueve de la noche.
—¿Qué reunión?
Sofía se limpió las mejillas.
—La reunión para transferir la propiedad de la casa.
Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué propiedad?
Ella no respondió.
—Sofía, ¿qué hiciste con nuestra casa?
La mujer que llevaba quince años compartiendo su vida bajó la cabeza y pronunció las palabras que él nunca habría imaginado escuchar.
—La casa ya no está solamente a nuestro nombre.
Mateo se quedó mirando el documento.
En la última página había una referencia registral y una fecha de inscripción.
La vivienda familiar había sido utilizada como garantía para una obligación financiera relacionada con la empresa de Gabriel.
Y la reunión del día siguiente no era para resolver la deuda.
Era para ejecutar la transferencia.
Mateo recogió la carpeta, guardó los papeles y caminó hacia la puerta.
Sofía lo siguió.
—¿Adónde vas?
—A hablar con un abogado.
Ella le agarró la manga.
—No puedes hacer eso. Si Gabriel pierde la casa, nos quedaremos sin nada.
Mateo se soltó con cuidado.
—¿Nos quedaremos sin nada? ¿O tú tienes miedo de perder lo que compraste con mi dinero?
Sofía no contestó.
Mateo abrió la puerta del dormitorio.
Antes de salir, miró una última vez a su esposa.
—Mañana voy a descubrir quién puso su firma en la transferencia de nuestra casa. Y si tú participaste, también voy a descubrir por qué.
El teléfono de Sofía volvió a vibrar.
Esta vez no era un mensaje.
Era una llamada.
Gabriel.
Ella contestó con manos temblorosas.
—¿Bueno?
La voz de su hermano se escuchó con tanta claridad que Mateo alcanzó a oír las primeras palabras.
—¿Está todavía ahí?
Sofía miró a Mateo.
—Sí.
Hubo una pausa.
Entonces Gabriel dijo:
—Pues asegúrate de que no encuentre el segundo contrato. Si descubre quién aparece como testigo, no solamente perderemos la casa. Podríamos perder a las niñas.
Mateo se volvió lentamente.
Sofía palideció.
Capítulo completado
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