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Antes de echar a su esposo de casa, Sofía olvidó que él conocía el secreto que podía destruirla
Capítulo 5 / 11

Capítulo 5

La llamada que Sofía no debía contestar

1653 palabras

Chapter 5: La llamada que Sofía no debía contestar

Mateo no necesitó escuchar nada más para saber que su cuñado había cometido un error.

Gabriel creía que podía controlar la conversación porque Sofía estaba acostumbrada a obedecerlo. Creía que, mientras mantuviera a Mateo confundido y avergonzado por la quiebra, nadie revisaría los documentos con suficiente atención.

Pero acababa de pronunciar una frase que no podía retirar.

La firma del testigo es la de su propia madre.

Mateo se acercó a Sofía.

Ella todavía sostenía el teléfono junto al oído.

—Gabriel —dijo con voz temblorosa—, Mateo está aquí.

El silencio al otro lado de la línea fue inmediato.

—¿Qué?

—Está aquí. Puede escucharte.

Mateo extendió la mano.

—Ponlo en altavoz.

Sofía negó desesperadamente con la cabeza.

—No hagas esto.

Él no levantó la voz.

—Ponlo en altavoz.

Durante unos segundos, ella pareció debatirse entre obedecer a su hermano y obedecer al hombre al que acababa de traicionar. Finalmente tocó la pantalla.

—Ya está —susurró.

Mateo se inclinó hacia el teléfono.

—Buenas noches, Gabriel.

Su cuñado

tardó en responder.

—Mateo. Qué sorpresa.

—No tanta como la mía. Hace dos años me dijiste que el dinero había desaparecido por culpa de un proveedor. Esta noche descubrí que terminó en una cuenta de Sofía.

—No sabes lo que estás diciendo.

—También encontré un acuerdo que preparaste cuatro meses antes de mi quiebra.

Gabriel soltó una respiración larga.

—Ese documento no significa lo que crees.

—Entonces explícame por qué mi casa aparece como garantía de tus deudas.

—Porque Sofía y yo intentábamos proteger a la familia.

Mateo miró a su esposa.

Ella tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no se atrevía a mirarlo.

—¿De qué familia hablas, Gabriel? ¿De la que dejaste sin negocio? ¿De las niñas que ahora creen que su papá es un fracasado?

—No dramatices. Tú tomaste malas decisiones comerciales. Yo solamente intenté evitar que todos termináramos en la calle.

—¿Y por eso necesitabas ciento

ochenta y seis mil dólares?

—Era una inversión.

—¿Y los trescientos veinte mil del préstamo?

Silencio.

Mateo sintió que había dado con algo importante.

—Eso pensé —dijo.

Gabriel cambió de tono.

—Escúchame con cuidado. Mañana hay una reunión. Vas a presentarte, vas a firmar los documentos pendientes y después podremos hablar de cómo compensarte.

Mateo miró la carpeta que sostenía.

—¿Quieres que firme otra cosa?

—Quiero que dejes de destruir a tu esposa.

—Ella se destruyó sola cuando firmó una declaración acusándome de fraude.

Sofía cerró los ojos.

Gabriel respondió con frialdad.

—Si haces pública esa acusación, también saldrá a la luz que tu empresa estaba insolvente. Los acreedores van a perseguirte durante años. ¿Crees que eso te ayudará a conseguir trabajo? ¿Crees que algún banco volverá a prestarte dinero?

Mateo apretó el teléfono.

Era la misma amenaza que había escuchado en su cabeza durante dos años. El miedo a

que nadie volviera a confiar en él. El miedo a que su reputación quedara destruida.

Pero ahora entendía algo.

Gabriel no estaba intentando demostrar que Mateo había cometido un error.

Estaba intentando impedir que Mateo descubriera quién se había beneficiado de él.

—Mañana no voy a firmar nada —dijo Mateo.

—Entonces perderás la casa.

—Si la casa se utilizó sin mi consentimiento, lo resolveré legalmente.

Gabriel soltó una carcajada.

—¿Con qué dinero vas a pagar a un abogado? ¿Con los pocos dólares que ganas instalando gabinetes?

Mateo sintió el golpe, pero no respondió de inmediato.

Miró sus manos. Las mismas manos que habían construido cocinas, levantado paredes y sostenido a sus hijas cuando aprendieron a caminar.

—Con el dinero que gane trabajando —contestó—. Algo que tú podrías intentar hacer algún día.

La risa desapareció.

—Vas a arrepentirte de esto.

—Puede ser. Pero no voy a firmar nada más.

Mateo terminó la llamada.

Sofía lo miró como si acabara de encender un incendio en medio de la habitación.

—¿Estás loco? —preguntó—. ¡Acabas de amenazar a mi hermano!

—No. Le dije que no voy a firmar documentos que no entiendo.

—No entiendes cómo funcionan estas cosas. Gabriel conoce a los abogados, a los bancos, a todo el mundo. Si se enfurece, puede quitarnos lo poco que nos queda.

—¿Todavía crees que él está intentando protegernos?

Sofía caminó hasta la cama y se sentó.

—No sabes cómo era todo antes.

Mateo permaneció de pie.

—Entonces cuéntamelo.

Ella tardó en responder.

—Cuando tu empresa empezó a crecer, Gabriel me dijo que tú ibas a cambiar. Que un día ganarías tanto dinero que dejarías de necesitarnos. Decía que los hombres que construyen empresas grandes siempre terminan buscando una vida nueva.

Mateo frunció el ceño.

—¿Y tú le creíste?

—No al principio. Pero después empezaste a llegar tarde. Cancelabas cenas.

Te ibas los fines de semana a revisar obras. Yo estaba sola con las niñas.

—Estaba construyendo nuestro futuro.

—Lo sé ahora.

—No, Sofía. Lo sabías entonces. Te llevaba a las obras.

Te enseñaba los planos. Te contaba cuánto habíamos ganado y cuánto faltaba para terminar de pagar la casa.

Ella empezó a llorar.

—Gabriel me dijo que debía asegurarme de tener algo a mi nombre. Que si algún día tú te marchabas, yo no terminaría dependiendo de nadie.

Mateo sintió que el dolor se mezclaba con una ira profunda.

—¿Así empezó todo?

Sofía asintió lentamente.

—Me pidió que abriera una cuenta. Dijo que era para emergencias. Después me presentó a un abogado.

Me explicó que podíamos crear una compañía para comprar propiedades comerciales. Yo pensé que sería una forma de invertir el dinero que ganábamos.

—¿Y cuándo decidiste utilizar mi empresa como garantía?

—Cuando Gabriel me dijo que necesitaba una firma para cerrar el préstamo.

—¿Mi firma?

—Él tenía copias de tus documentos.

Mateo recordó que, durante una reunión familiar, Gabriel le había pedido prestada una carpeta con papeles de la empresa para ayudarle a preparar una solicitud de financiación. Mateo se la había entregado sin pensarlo.

—¿Falsificó mi firma?

Sofía no contestó.

Aquello fue peor que cualquier confesión.

Mateo caminó hacia la ventana y apoyó una mano en el marco.

—¿Por qué no me lo dijiste cuando descubriste lo que estaba haciendo?

—Porque ya era demasiado tarde.

—Nunca es demasiado tarde para decir la verdad.

—Sí lo era para mí. Gabriel tenía los documentos de la casa, de la cuenta y del seguro. Me dijo que, si hablaba, presentaría las pruebas de que yo había participado en las transferencias. Dijo que podría perder a las niñas.

Mateo se volvió.

—¿Y pensaste que acusándome a mí las protegerías?

Sofía se cubrió el rostro.

—Tenía miedo.

Él la miró durante un largo momento.

La explicación no la convertía en inocente. Pero le permitía comprender la forma en que el miedo se había transformado en crueldad. Sofía había intentado proteger su posición, su dinero y su apariencia. Para hacerlo, había dejado que Mateo cargara con toda la culpa.

Y luego había comenzado a despreciarlo por la misma pobreza que ella había ayudado a provocar.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? —preguntó él.

Sofía levantó la mirada.

—Que me odiaste por perder algo que tú ayudaste a quitarme.

Ella comenzó a sollozar.

Mateo no la abrazó.

No porque ya no sintiera nada por ella, sino porque no sabía qué parte de aquel matrimonio seguía siendo real.

En el pasillo se escucharon pasos pequeños.

Valentina apareció en la puerta, con Lucía detrás de ella.

—¿Papi? —preguntó la mayor—. ¿Podemos bajar?

Mateo guardó los documentos en la carpeta y se agachó frente a sus hijas.

—Claro, mis amores.

Lucía miró a su madre.

—¿Mamá está triste?

Sofía intentó sonreír.

—Estoy bien, mi vida.

La pequeña se acercó y le acarició el brazo.

—No llores, mami.

Sofía rompió a llorar de nuevo y abrazó a su hija.

Mateo apartó la mirada.

No quería que sus niñas pagaran por los errores de sus padres. Tampoco iba a permitir que crecieran pensando que amar a alguien significaba aceptar cualquier mentira.

—Vamos a hacer algo —dijo—. Esta noche cenaremos algo sencillo, terminaremos de prepararnos para dormir y mañana resolveremos las cosas de los adultos.

—¿Te vas a quedar? —preguntó Valentina.

Mateo miró a Sofía.

—Voy a dormir en el sofá esta noche. Necesito hablar con un abogado por la mañana.

Sofía se puso de pie.

—Mateo, podemos arreglar esto entre nosotros.

Él negó con la cabeza.

—Llevamos dos años intentando arreglarlo entre nosotros. Y cada vez descubro algo peor.

Las niñas bajaron las escaleras con él.

Mientras preparaba unos sándwiches, Mateo escuchó a sus hijas discutir suavemente sobre qué película querían ver. Lucía se rio cuando Valentina le puso una aceituna en la nariz. Durante unos minutos, la cocina volvió a parecer un lugar familiar.

Pero el teléfono de Mateo vibró sobre la encimera.

Un correo nuevo.

El remitente era una dirección desconocida. El asunto decía:

*Prueba de la firma falsificada — No asista solo a la reunión de mañana.*

Mateo abrió el mensaje.

Había una fotografía adjunta de un contrato fechado cuatro meses antes de la quiebra. En la parte inferior aparecía su firma.

Pero aquella vez reconoció inmediatamente que no era suya.

La inclinación de la M era distinta. La última letra de su apellido estaba trazada de una manera que él jamás utilizaba.

Debajo de la imagen, el remitente había escrito:

Gabriel no solamente utilizó su firma. Alguien de su propia familia certificó que usted firmó personalmente el documento. Si quiere descubrir quién, revise el nombre del notario en la segunda página.

Mateo amplió la imagen.

El nombre apareció en la pantalla.

*Elena Reyes.*

Su madre.

La mujer que le había enseñado a trabajar desde niño. La mujer que había vendido sus propias joyas para ayudarlo a comprar su primera camioneta comercial. La mujer que había llorado cuando él le contó que su empresa estaba cerrando.

Mateo sintió que las manos le temblaban.

Valentina lo observó desde la mesa.

—Papi, ¿qué pasó?

Él bloqueó la pantalla.

—Nada, princesa. Termina de comer.

Pero ya no podía probar su comida.

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